OMPRESS-GAUTEMALA (4-05-21) Estas son las palabras que decía, mirando el crucifijo, el misionero Juan Alonso, uno de los 10 mártires de El Quiché, Guatemala, beatificados el pasado 23 de abril. El padre Joaquín Herrera, postulador de la causa de estos los siete laicos guatemaltecos y los tres misioneros españoles habla sobre su fe y entrega. Esta beatificación es la más numerosa de la historia en Centroamérica y también es la primera vez que se beatifica a siete catequistas de las etnias originales de Guatemala, descendientes de los mayas. El padre Joaquín cuenta en esta entrevista rasgos de los nuevos beatos y de la realidad que vivieron que él conoció de primera mano.

¿Cuándo llegó usted y cuál era la situación del país en ese momento?

Yo llegué aquí en el año 1968, como dicen algunos, “recién salido del cascarón”; recién ordenado sacerdote fui destinado, por petición propia, al Departamento del Quiché. Por el trabajo conjunto entre sacerdotes y catequistas, un trabajo muy unido y de mucha colaboración, el departamento de Quiché se convirtió en diócesis en el año 1967, o sea cuando yo llegué ya llevaba casi un año de diócesis. En esa época todo estaba centralizado en la capital; había una actitud fuertemente racista; una pobreza rayando a la miseria en muchos departamentos, especialmente en los departamentos indígenas; una explotación de los mismos (sobre todo en tiempo de las cosechas de algodón en aquella época, de caña de azúcar, de café, etc.). Esa era una realidad de suma pobreza. Empezaba entonces con el trabajo de catequistas y sacerdotes unidos, a notarse la labor de la Iglesia en la fase de ayudar a tomar conciencia sobre la dignidad de la persona humana, sobre sus derechos y sus obligaciones; y como consecuencia, fueron surgiendo organizaciones para defender la dignidad del indígena, y eso representaba un peligro para los que ostentaban el poder, tanto político, como económico. Así empezó, en mis tiempos, la situación que estábamos viviendo en Guatemala.

¿Conoció usted a los padres José Mª, Faustino y Juan? ¿Cómo eran?

Conocí al padre Villanueva cuando era joven, era compañero de formación de alguno de los misioneros aquí presentes; y al padre Gran lo conocí ya más de cerca, es de Barcelona, su casa y la mía están a unos 150 metros en El Eixample, y fuimos al mismo colegio de los Misioneros del Sagrado Corazón; entonces, cuando ingresó a la congregación, había una empatía especial entre los dos. Y al padre Juan Alonso lo conocí más tarde, porque no coincidimos sino cuando ya estábamos en Guatemala. Del padre Villanueva yo puedo decirles que era un hombre pacífico, que era un hombre muy responsable, fiel al deber, con constancia admirable; un hombre de oración y que da empuje, sobre todo en su trabajo pastoral, a la formación de catequistas y a la educación de las futuras generaciones. Quizás este punto fue uno de los que más molestó en su trabajo pastoral, la formación de las futuras generaciones, no solamente bajo el punto de vista académico, sino de la dignidad de la persona humana. Juan, asturiano, era “una joya en bruto”, un hombre muy trabajador, muy entusiasta, muy amante de las aventuras, un trabajador incansable, siempre dispuesto a lo más difícil, y con un gran espíritu de oración. Bajo ese punto era un hombre admirable. Ciertamente él había estado también unos años de misionero en Indonesia, pero su vida se forjó en Guatemala en concreto.

El padre Villanueva, navarro; el padre Juan, asturiano; y el padre José María Gran Cirera, pues como los apellidos demuestran catalán. Era el más joven de esta generación de misioneros españoles en Centroamérica; un hombre de mucha oración, de un compromiso grande con el pobre; paciente, era admirable como atendía la gente, con mucha paciencia, los atendía siempre sin prisa y con una sonrisa; valiente en la denuncia; siempre dispuesto a atender y caminar con los jóvenes de un modo especial; era un hombre que amaba la verdad, que estudió en la Escuela Industrial de Barcelona y que sus conocimientos los pudo poner en práctica cuando el terremoto de Guatemala; esos estudios le sirvieron para ayudar a la gente que se quedó sin nada en ese terremoto enorme que hubo en Guatemala hace años. Pero sobre todo, Gran era un hombre de una sinceridad absoluta, de un espíritu religioso muy fuerte, y de un amor al Señor que se demostraba en el amor al hermano, jugándose la vida por ellos. Yo creo que era verdad lo que decía de él el obispo que murió asesinado unos años más tarde en Guatemala: “ese hombre es un santo”.

¿Cómo vivieron su fe en la realidad concreta de la Guatemala de ese momento?

Yo diría que, en primer lugar, con una actitud orante. Recuerdo que cuando nos comunicaron la muerte de José María Gran, que fue el primero en ser asesinado, aquí en la casa de formación, lo que hicimos fue ir a la capilla todos, orar por el padre José María, por los asesinos del padre José María, y para que fuésemos fuertes en ese momento de dificultad. Eso por parte nuestra, pero por parte de ellos, de los tres, yo creo que esa actitud orante estaba muy presente, tan presente que, ellos eran conscientes del peligro que corrían y que, estaban comprometidos con la defensa de los pobres, dispuestos a no ceder.

Hay tres frases, una de cada uno de estos mártires, que demuestran esa actitud de permanecer junto con aquellos que vivían con ellos. El padre Gran decía a su hermana: “¿Qué pensarías tú del amigo que en el momento difícil lo dejara a un lado?”; la hermana dijo que comprendía perfectamente lo que quería decir su hermano. El padre Villanueva escribía a su mamá: “Ahora es cuando más debemos estar con la gente, el buen pastor no abandona a los suyos”. Y el padre Juan Alonso, tomando su crucifijo, decía cuando estaba ya amenazado y con alguno de los que indirectamente colaboraron en su asesinato, agarrando el crucifijo decía: “Yo por éste me hice sacerdote, y si por éste he de morir, aquí estoy”. Creo que a buen entendedor, pocas palabras, y esas palabras demuestran cuál era la actitud que tenían ellos y era la actitud que también muchos de sus compañeros teníamos: permanecer junto al pueblo que sufría la persecución, el desprecio, y la muerte.

Junto a los sacerdotes fueron martirizados 7 laicos (entre ellos un niño, Juanito) ¿qué pueden aprender hoy los laicos mirándoles a ellos?

Una cosa bien clara en nuestro trabajo en Quiché era la unión profunda, íntima, entre laicos y sacerdotes, consagrados y fieles, entre pastores y ovejas, y cuando esta unión se produce fuertemente, es posible dar frutos abundantes; no solamente la creación de la diócesis, qué es una cosa jurídica, sino sobre toda la vivencia de una fe que conduce a una identificación con Cristo, hasta dar la vida como Él la dio por los demás. Hoy es posible vivir la fe hasta las últimas consecuencias, y si esta gente ‒muchos de ellos analfabetos‒ lo hicieron, también es posible que los no alfabetos lo puedan hacer. Si recordamos la frase de Jesús “que a quién mucho se le da, mucho se le pedirá”, yo creo que estamos más obligados a un compromiso con la historia, desde nuestra fe, desde nuestro amor a Dios y desde nuestro compromiso la historia.

Y entre esos diez mártires, pues hay un jovencito, de 12 años, que era el único que sabía leer de todos los catequistas mayores, él les acompañaba, era el lector de la Biblia, y cuando empezaban ellos a explicarla, él se reunía con sus compañeros de edad y les explicaba cosas de la Biblia, les preparaba para la primera comunión, a los 12 años. ¿Qué significa esto?, que el Espíritu Santo sopla dónde le da la realísima gana y que lo importante es encontrarnos abiertos para, como dice el Papa, salir a la calle y armar lío. Y me parece que muchas veces en el mundo de Europa, lo digo desde Latinoamérica y con pena, parece que muchos cristianos en Europa, tienen miedo a salir y armar lío.

¿Qué desafíos presenta a los cristianos y a los misioneros la realidad actual de Guatemala?

Yo creo que un cristiano no puede desentenderse de la realidad, tiene que ser un hombre que mira el cielo pero que tiene los pies en la tierra, y que todo lo que pisa, y todo lo que siente, y con lo que existe, tiene que ser un reclamo para él. Guatemala es un país pobre, violento, uno de los más violentos de Latinoamérica, con una corrupción enorme, con una pobreza mayor cada día, y más ahora en esta época de covid que estamos viviendo, con unas diferencias sociales enormes. Es, desde todos los sentidos, un país sumamente necesitado; bien, yo creo que desde las palabras de Jesús “todo lo que le hacen a un hermano me lo hacen a mí”, la fe en estos países se tiene que convertir en acción concreta y práctica, no se puede vivir la fe en el aire, la fe se vive en un amor comprometido, en un amor verdaderamente demostrable en obras. La salud, la educación, el desempleo, las áreas de pobreza, la corrupción que existe en muchos ambientes, el racismo, una juventud que ha perdido muchas veces los valores y que muchas veces es manejable por intereses de partido o intereses económicos, etc., son un reto para la Iglesia de hoy. Y es ahí donde todos, laicos y sacerdotes, que somos la Iglesia, tenemos que dar, no solamente una palabra, sino unos ejemplos prácticos, concretos, ante el grito de los pobres, y al oírlo, comprometernos con ellos para hacer un mundo mejor a los que nos siguen, y eso basado en nuestro amor al Señor Jesús. El amor Jesús se muestra en el amor el hermano.