OMPRESS-NÍGER (11-10-21) El misionero Rafael Marco escribía, a inicios de este mes misionero de octubre, desde Niamey, Níger, el destino de este sacerdote de la Sociedad de Misiones Africanas, expresando sus sentimientos en su día a día en la misión.

“Porque me da la gana. Puede parecer una bravuconada esta respuesta altisonante a la pregunta ‘¿Por qué te vas a África?’. Y seguramente lo es aunque no pretenda ir más allá de una gracieta para escapar de un discurso a lo gori-gori ante un público festivo que te pone entre la espada y la pared. Pero no deja de ser una voluntad sencilla y sin tapujos de seguir un camino trillado ya por los mil vericuetos de África. Así lo quiso Dios y yo encantado; a mi entender y que siga adelante mientras pueda. Resulta que Él estaba asomado a la ventana mientras yo me debatía ante la aduana cargado de papeles de vacunas y visados, que poco después me encontraba con Mauro que había venido a buscarme al aeropuerto, un buen hermano italiano al que le traía los últimos libros de los últimos pensadores españoles sobre el futuro, un frasco de perfume para Lucienne, la esposa del mayordomo de la casa, y un rompecabezas para su hijo Anselme para que se vaya haciendo a esas lides.

Es así como regreso al Níger, después de dos meses de ausencia, con el corazón un poco encogido, los proyectos más inciertos debajo del brazo y por ordenar en el ordenador, nervioso y el ánimo como penacho. Es como para no tomarse en serio. Estoy en casa, es mi casa, me digo y me repito, pero no hace falta que le dé muchas vueltas, la sonrisa de la gente me lo confirma, que me llaman por mi nombre, que me preguntan por las vacaciones, por mi familia y compañeros. ‘Se nota que vienes de vacaciones. Estás más guapo’. Va y me lo creo. Y enseguida tomo contacto con unos y con otros.

El primero de ellos Eric, responsable del centro de invidentes que creamos el curso pasado con un equipo de monitores, que se han estado ocupando de una decena de niños invidentes a los que se les ha brindado un hogar, una vida social y una formación, niños que la sociedad considera como malditos y, por lo general, confinados en sus chozas sin poder salir si no es como mendigos. Terminaron el curso felizmente manejándose con la lectura y escritura Braille y muy bien considerados en la escuela. Ahora se encuentran preparando el nuevo curso 15 de ellos en una casa renovada y equipada. Es una maravilla observar cómo se despiertan estos niños a sus juegos y trabajos con unas caritas de felicidad y curiosidad que conmueven al descubrir un mundo que les era vetado.

También me encontré con mi profesora de songay-dendi, tan locuaz y emprendedora, que me dice haber preparado ya toda una serie de leyendas y tradiciones de estos pueblos, a orillas del río Níger, que le había pedido para nuestra colección y que, poco a poco, voy traduciendo al español donde rompen todos los esquemas de fantasía, ingenio y astucia. Para que no se olviden y porque aprendo mucho de ellos, además de la lengua todo el imaginario de un pueblo, de una cultura, del ordenamiento de una sociedad y de sus caminos espirituales. Ya tendré ocasión de ofreceros algunos, los hay que son verdaderamente preciosos y mi profesora disfruta un montón estudiándolos conmigo, fisgoneando en el baúl de los recuerdos

El otro día se acercó a saludarme Ria, un encanto de mujer, hermanita de Carlos de Foucauld, que ha pasado toda su juventud por el desierto de Agadez trabajando con los tuareg de la región pastoreando un rebaño de cabras. Actualmente vive en la ciudad, dadas las circunstancias de inseguridad que vive el país, ofreciendo a los curiosos la mejor artesanía de estos hombres y mujeres; siempre solidaria. Hoy le acompaña Anktil, un tuareg de la región de Tillia, masacrada un día de mercado en el que murieron varios centenares de personas. Me dice que ha venido a Niamey a un encuentro con los representantes de otras regiones del país que viven situaciones similares, como Tillabery y Diffa, víctimas del terrorismo más ciego y violento. ‘¿Vais encontrando alguna solución?’, le pregunto. ‘El hecho de reunirnos y de estudiar juntos la situación, ya es una victoria’. Así voy entrando en materia. Esta es mi casa con todos sus encantos, sus sueños y sus dolores. Sin darme cuenta, hablando con unos y con otros, siento que me he relajado, que los proyectos ya no me tensionan, que me encuentro en paz y que al pasar un momento por la capilla compruebo que Él sigue parado en la ventana”.