OMPRESS-REPÚBLICA CENTROAFRICANA (16-06-21) Así se titula el libro que un periodista francés, Laurence Desjoyaux, ha dedicado al arzobispo de Bangui, el cardenal Dieudonné Nzapalainga, cuya valentía – muchas veces le han apuntado con un arma a la cabeza – le convierten en una de las personas más escuchadas de África. Con 54 años es el cardenal más joven de la Iglesia, nacido en Bangassou, ciudad de la que es obispo el misionero comboniano español Juan José Aguirre. En 2013, cuando acababa de ser nombrado arzobispo de Bangui, el cardenal Dieudonné Nzapalainga tuvo que afrontar la guerra civil que estalló en el país, que incluso dividió por barrios, según las facciones, a la misma capital de Centroáfrica.

Fue entonces cuando se creó la Plataforma Interreligiosa por la Paz en la República Centroafricana, con la que los tres líderes de las principales comunidades religiosas de la capital se reunieron y decidieron trabajar juntos para lograr la reconciliación: el cardenal Dieudonné, el imán Omar Kobine Layama y el pastor Nicolas Gbangou. Con el tiempo, y tras recorrer sin descanso todo el país pidiendo paz, se les llegaría a conocer como los “tres santos de Bangui”. Gracias a esta plataforma y a la visita del Papa, todo cambió para mejor. Los tres se arriesgaron a enfrentarse a los grupos armados y lanzaron diversas iniciativas de sensibilización y compromiso con la paz. A lograr la paz ayudó también la sorprendente decisión del Papa Francisco de abrir desde Bangui el Año de la Misericordia el 30 de noviembre de 2015.

La revista Ação Missionária de los espiritanos ha recogido alguno de los recuerdos y de las reflexiones que hace el cardenal Dieudonné en el libro. Recuerda cómo el año 2017 estuvo marcado por un ataque masivo de los rebeldes a Bangassou, su ciudad natal. Las imágenes de su obispo, Juan José Aguirre, acogiendo en la misma catedral a las familias musulmanas perseguidas recorrieron el mundo. El cardenal elogia la enorme valentía de Mons. Aguirre que arriesgó su vida para salvar vidas, en su mayoría musulmanas, mostrando cómo es el diálogo interreligioso en la práctica. La violencia ha seguido en el país con los rebeldes haciéndose con el 75% del país, para volverlo a perder poco después y dejar hoy en manos del gobierno el 80%.

El cardenal cuenta en el libro que, en su misión de traer la paz, no está ni mucho menos solo: “católicos, musulmanes y protestantes, caminamos juntos y todos hablamos de paz al pueblo”. Está contento con los avances realizados, aunque es consciente de lo mucho que queda por hacer. Cuando ha tenido que enfrentarse con las manos vacías a los rebeldes, recuerda las llamadas telefónicas de su madre pidiéndole que no se arriesgara: “Madre, soy obispo, esta es mi misión. No me pidas que no corra riesgos, no agraves mis problemas. Más bien, reza. ¡Si muero, sé por qué dejé esta vida!”, le respondía.

Pero es consciente de que “soy pobre, vengo de un país pobre. No tengo chófer, nadie me abre y cierra puertas. No dejo que la vanidad se haga cargo. Si hubiera aceptado su oferta, el gobierno me habría dado un coche y un guardaespaldas. Lo rechacé. Me quedo cerca de la gente. A mi casa vienen ministros y gente pobre. Recibo a todos. Y salgo a conocerlos a todos, sin pensar nunca si es arriesgado o no. No le tengo miedo al desafío de salir a las periferias. Me gusta estar ahí. Como dice el Papa Francisco, somos la Iglesia que sale hacia los demás”.