OMPRESS-MÉXICO (21-04-21) Carlos Armando Ochoa Molina es uno de los miles de seminaristas que recibe apoyo de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, cuya Jornada de Vocaciones Nativas celebramos este domingo 25 de abril. Tiene 28 años, estudia Teología y pertenece a la diócesis de Tarahumara, el único “territorio de misión” de México. Estudia en el Seminario Archidiocesano de Chihuahua. Es el mayor de 3 hermanos y recibió la fe católica en su familia. Ahora, espera, confiando en Dios, el día de su ordenación.

Ayer, martes 20 de abril, presentó su testimonio en la rueda de prensa online de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y Jornada de Vocaciones Nativas, que se celebrará el próximo domingo 25 de abril, con el lema “¿Para quién soy yo?”, y agradeció la ayuda de Obras Misionales Pontificias para que los seminaristas de los territorios de misión puedan llegar a ser sacerdotes.

Carlos no pudo estudiar en la diócesis de Tarahumara, porque allí no había Seminario Mayor. Actualmente la Obra Pontificia San Pedro Apóstol (SPA) está apoyando la construcción de un Seminario filosófico, que permitirá a los jóvenes tarahumara iniciarse en la formación sacerdotal vinculados a sus tradiciones culturales de su comunidad indígena. La población local ya ha ofrecido el terreno, y está dispuesta a contribuir con la necesaria mano de obra. En 2019, SPA apoyó los estudios de 23 seminaristas de la Diócesis de Tarahumara, una región montañosa, donde la iglesia es aún naciente. Todos los años SPA no falta a su cita de apoyar las vocaciones de Tarahumara, como hace con los otros 1.116 territorios de misión. Es la respuesta generosa a la generosidad de estos jóvenes a la llamada de Dios a seguirle como sacerdotes.

“Muchas gracias por la invitación. Con mucha alegría y mucho entusiasmo les comparto mi vida. Hace 10 años empezó la experiencia y el momento fundante de esta aventura hermosa, a través del testimonio de un sacerdote que me daba clases en la preparatoria; me invitó a un preseminario, una introducción de la formación al sacerdocio; después de esa experiencia regresé muy conmocionado por la forma en que me presentaron a Jesús: Jesús, hombre-Dios, que se parte y se comparte para los demás. Regresando de esa experiencia me fui a trabajar con mi abuelo. Él se dedicaba a vender hierbas medicinales y cuando íbamos a esa experiencia de juntar hierbas me dice ‘qué quieres de comer’; le digo ‘pues lo que haya a dónde vamos’; y él me dice ‘pues donde vamos no hay nada que comer’. En mí resonó la frase: ‘Carlos, dales de comer’, y recordaba esa experiencia donde Jesús se parte se comparte. Toda esa semana comimos queso con tortilla y ante esa experiencia retumbó en mi vida: ‘Carlos, debes partirte y compartirte para los demás’.

Nunca me imaginé que más que saciar una necesidad física, era compartir palabras que llegaran al espíritu. Gracias a ello empezó esta aventura maravillosa en donde las mociones del Espíritu Santo fueron llegando a mi vida para ser un joven apasionado por el Reino. Jesús me atrapó, me llamó. Lo amo, y por ello quiero ser digno, vivo en medio de cerros y barrancos, en medio de indígenas y mestizos, que es la realidad de mi amada Diócesis de Tarahumara. Este signo nace a partir de 1 Corintios 15, 14, que es una frase muy personal en mi vida, y si no resucitó Cristo vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe; está fundamentada en este encuentro con Cristo resucitado y se ejemplifica en esta frase que a través de este discernimiento vocacional, el Espíritu Santo me ha ido iluminando, porque un hombre que siempre ora, nunca tiene miedo a la adversidad. Y aquí el Espíritu Santo me ilumina para compartir palabras de fe, de esperanza y de amor a las comunidades, estas comunidades de la sierra que están dolidas, agrietadas, ampolladas, por tres circunstancias específicas: el dolor la lejanía y la pobreza, que es propio de esta realidad.

Quisiera compartirles un momento que lo veo como místico, un momento místico de encuentro con Dios, en una experiencia de ir por un cerro dónde hay pinos, al atardecer, sale al encuentro un niño indígena con ‘huaraches’, con una playera, con frío; y te muestra una sonrisa y te pide un dulce, en medio de aquella soledad, un niño con una sonrisa. Esa experiencia marcó mi vida, y el sacerdocio se convirtió en un anhelo: ‘partirme y compartirme para los demás’.

Gracias a esa experiencia tengo claro ‘para quién soy yo’; a través del encuentro con esta realidad única de Tarahumara que me interpela, me anima, me motiva, he ido forjando tres virtudes esenciales, que yo en mi caminar las he llamado de las tres eses. Primero santidad. Quiero entregarme a todos por completo, a los últimos, a los que no salen en escena, es decir a los que están detrás, pero que son parte fundamental para que la obra de Dios se realice. Segundo sabiduría. Quiero seguir escuchando el clamor del pueblo, porque me gusta ser amigable, cercano, entusiasta, alegre, y siempre en una actitud de disposición, por ello he aprendido a leer la vida a través de mis hermanos, de mi familia, amigos, y fructificando cada momento. Tercero sensibilidad. Quiero ser misericordioso con el otro como Dios ha sido conmigo, y sigue siendo; reír con el otro pero también llorar, es una virtud que me llevará a estar más cercano del dolor y la alegría propia de esta realidad hermosa de Tarahumara.

También con mucho cariño y bendición quiero agradecer a las Obras Pontificias la colaboración económica que hacen para que los seminaristas de Tarahumara puedan llegar a ser sacerdotes; así apoyan a que el corazón de la Iglesia siga latiendo, que es el seminario; y así se da continuidad para que la semilla del Verbo siga dando fruto en las Vocaciones Nativas. Mi vida es para servicio de cerros y barrancos mestizos e indígenas dos realidades de nuestra Diócesis de Tarahumara. Muchas gracias”.

Su testimonio en vídeo aquí.