OMPRESS-ROMA (14-01-22) Este domingo 16 de enero se cumplen los 150 años del nacimiento de Paolo Manna, fundador de la Pontificia Unión Misional, una de las cuatro Obras Misionales Pontificias. La enfermedad le llevó a tener que dejar su misión en Birmania, tras 10 años de entrega. A su vuelta se hizo misionero del amor a la misión, que es amor al que envía, Cristo. Gracias a su trabajo, las Obras Pontificias de la Propagación de la Fe y de la Infancia Misionera se difundieron en toda Italia, pero, sobre todo, luchó por concienciar de la necesidad del compromiso misionero en todos los bautizados, especialmente en los sacerdotes. Fue beatificado en 2001.

Paolo Manna nació en Avellino, a 40 km de Nápoles, en el seno de una familia religiosa y humilde el 16 de enero de 1872. A los 15 años ingresó en una congregación religiosa, pero su vocación se definió como más claramente misionera leyendo Le Missioni Cattoliche. A los 19 años, en 1891, entró en el seminario de las Misiones Extranjeras de Milán (PIME) y fue ordenado sacerdote en 1894. En 1895 partió a la misión de Toungoo (Birmania, actual Myanmar), donde permaneció diez años entre los ghekkú, pero el clima húmedo y extremo le hizo enfermar de tuberculosis y se vio obligado a regresar a Italia. Se veía como “un misionero fracasado”. En una peregrinación a Lourdes pidió a la Virgen recuperar la salud, pero, sobre todo, “enamorarse de Jesús y entregar su vida a la difusión del Reino de Dios”.

En 1909 fue nombrado director de Le Missioni Cattoliche. Su ardor misionero dio nuevo impulso a una publicación que tenía que “recordar a los católicos su deber de ser apóstoles de su propia fe, dar a conocer el progreso de la fe en el mundo y las necesidades del apostolado”. La revista se convirtió en una fuente de la que manaban continuamente ideas, iniciativas, libros…, para extender la pasión misionera.

Una de sus primeras iniciativas fueron las “celadoras misioneras” en las diócesis y parroquias, para promover en Italia las Obras de la Propagación de la Fe y de la Santa Infancia. En 1909 publicó Los obreros son pocos, libro que, curiosamente, fue prohibido en muchos seminarios diocesanos, porque encendía en los jóvenes el deseo de partir a las misiones. También se rechazó (antes de que el Papa la hiciera suya) su idea de abrir un seminario en el sur de Italia para candidatos a la vocación misionera.

El padre Manna veía clara la necesidad de una mayor participación de los sacerdotes en la obra misionera. Para ello fundó en 1916 —con la inestimable ayuda de Mons. Guido María Conforti, obispo de Parma y fundador de los misioneros javerianos— la Unión Misional del Clero. Benedicto XV la aprobó el 31 de octubre de 1916, y Pío XII la elevó a Pontificia en 1956. Hoy, abierta no solo a los sacerdotes, sino a religiosos, religiosas y agentes de pastoral, la Obra tiene el nombre de Pontificia Unión Misional.

El padre Manna dedicó todos sus esfuerzos a difundir la Unión, primero en Italia y luego en todo el mundo. El fin de la misma era eminentemente espiritual y formativo: dar a conocer los principales problemas de la misión y hacer conscientes a todos los cristianos ‒no solo obispos, sacerdotes y congregaciones religiosas‒ de la urgente necesidad de anunciar el Evangelio en toda la tierra.

De 1924 a 1934 Paolo Manna fue superior general del PIME. En 1927, y durante casi dos años, visitó una decena de países de Asia, Oceanía y Norteamérica y escribió sus reflexiones en un documento enviado a Propaganda Fide, Observaciones sobre el método moderno de evangelización, en el que subrayaba la necesidad de evitar el proteccionismo y de fortalecer las comunidades locales, suscitando vocaciones nativas.

El padre Manna murió en Nápoles en 1952. Su pensamiento misionero ha tenido gran influencia en la reflexión de la Iglesia, con huellas en las encíclicas Fidei donum (1957), de Pío XII, que abrió el camino de las misiones al clero diocesano, y Redemptoris missio (1990), de san Juan Pablo II (1990), que en el n. 84 cita la consigna del padre Manna “Todas las Iglesias para la conversión de todo el mundo”.

El mandato misionero del Señor, “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15), es una llamada para todos los bautizados, pero con un eco especial para los sacerdotes, en el sentido de que, en la medida en que el ardor evangelizador esté presente en el sacerdote, será capaz de transmitirlo a todos sus fieles. Esta fue la convicción que llevó al padre Paolo Manna, hoy beato, a entregar su vida a la animación misionera y a fundar la Pontificia Unión Misional (PUM).

Esta Obra Misional es la única de las cuatro Pontificias que no tiene una Jornada específica ni realiza colecta. Su objetivo es la formación teológico-misionera de todo el pueblo de Dios, según las diversas vocaciones de los bautizados, con la vista puesta en los territorios que dependen directamente de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

De forma transversal y continuada a lo largo del año, la tarea de la PUM incide directamente en la preparación de las grandes jornadas misioneras dependientes de OMP: las de la Propagación de la Fe (Domund), Infancia Misionera y San Pedro Apóstol (Vocaciones Nativas).