OMPRESS-ZAMBIA (8-03-22) La misionera Comboniana Omaira Martin comparte el testimonio de su vida en misión, precisamente en el jubileo de su congregación, fundada hace 150 años por San Daniel Comboni, que solía decir “donde hay religiosas la misión es sólida”, reconociendo el “genio femenino” sin el que es imposible la evangelización.

“Soy Omaira, Misionera Comboniana de Colombia y estoy en Zambia, en la diócesis de Mongu. Mi primera experiencia la realicé en la ‘Comisión Diocesana de Catequesis’. Trabajé con otra hermana Comboniana y nos encargábamos de la creación y preparación de material catequético en inglés y en lengua local. También de la implementación de programas formativos y el monitoreo de los programas de catequesis y formación de los catequistas en las parroquias. Fue un tiempo intenso y bonito porque tuve la oportunidad de encontrar a mucha gente en sus contextos y aprender de su forma de ver la vida y de cómo ellos viven su fe.

Más tarde me confiaron otro ministerio, la ‘Comisión Diocesana de Jóvenes’. Sentía un cierto miedo porque no me veía preparada para asumir una responsabilidad tan grande. Se trataba de administrar el centro juvenil de la diócesis y coordinar los programas de los jóvenes a nivel diocesano. Recé y lo asumí como un reto. Sentía en mi corazón que, siendo una hermana joven, podía de alguna manera conectar con los jóvenes fácilmente y caminar con ellos, compartiendo mi fe, lo que soy y permitiendo al mismo tiempo que ellos aportaran mucho a mi vida. Sentí resonar las palabras de Comboni: ‘Salvar África con África’ y en este caso ‘Salvar jóvenes con jóvenes’.

Una de las experiencias más bonitas e inolvidables fue la celebración del año de los jóvenes 2018-2019 en el que el Obispo me pidió que organizase una peregrinación con la cruz que pudiera involucrar a todas las parroquias. Fue para mí una oportunidad para compartir mi pasión misionera. Esta peregrinación juvenil diocesana con la ‘cruz misionera’ fue la actividad central de aquel año, que nos condujo a muchas actividades, como los campos formativos y las visitas a las parroquias, con el objetivo de profundizar la propia identidad a nivel humano y espiritual. El paso de la cruz misionera por cada parroquia fue un momento significativo y tocante no solo para los jóvenes, sino también para los sacerdotes, agentes de pastoral y demás fieles. Me encantó y conmovió mucho ver cómo toda la comunidad cristiana vivió este momento con entusiasmo, fe y alegría.

Otro evento significativo fue la creación del grupo de animadores misioneros, que empezó como un sueño y que hoy cuenta con más de 30 jóvenes que han vivido los talleres y se han comprometido de una u otra manera en las distintas actividades. Siento que ha sido como un encender la llama de los primeros 7 jóvenes y luego han sido y son aun ellos los que siguen compartiendo su luz y encendiendo la llama de otros jóvenes.

Actualmente, estoy en una zona rural donde las Combonianas llevamos adelante un proyecto llamado “Madre Tierra”. Es un centro agrícola, social y espiritual que tiene como objetivo crear conciencia en los habitantes de la zona sobre la importancia de relacionarnos con la creación, no como dueños sino como buenos administradores, abrir los ojos a las necesidades de los más débiles y vulnerables que están alrededor y profundizar nuestra identidad como cristianos.

Me siento llamada a ser puente de esperanza, de ternura y de reconciliación aquí y ahora. Y como decía Comboni, me encantaría tener mil vidas para ofrecerlas todas a la misión, porque cuando te involucras con todo tu ser en la misión encomendada, te das cuenta de que ¡una vida no basta!”.