OMPRESS-PERÚ (19-04-21) El pasado jueves fallecía a causa del covid Fray Domingo, el primer dominico indígena del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado. Bautizado por el conocido misionero Apaktone, como llamaban al dominico asturiano que dedicó toda su vida al Evangelio en las selvas de Madre de Dios. Apaktone era uno de los muchos misioneros dominicos que han dedicado su vida a las gentes y pueblos de este vicariato amazónico, confiado por la Iglesia a la Orden de Santo Domingo, y enclavado en el departamento peruano de Madre de Dios.

Como explica radio Madre de Dios, la radio del vicariato, fray Domingo nació el 29 de junio de 1935 en la Misión del Lago Valencia y fue bautizado ese mismo día por el padre José Álvarez, Apaktone. Tuvo como padrino a otro gran misionero dominico, el padre José Arnaldo Alba. Hasta 1945 permaneció junto a sus padres, Antonio Sapaa y Rosa Gechije, del pueblo Ese Eja, en la misma Misión de Lago Valencia para luego trasladarse a la Misión del Pilar, fundada poco antes, donde como interno tenía la oportunidad de estudiar. Antes de ser religioso, en su juventud, ya en la Misión de Caichue, acompañaba a los padres Apaktone y Antonio Martín en sus visitas pastorales al pueblo Harakbut. Tras su servicio militar y hacer de guía durante dos años a comerciantes en la ruta Puerto Maldonado-Riberalta, en 1963, ingresó como novicio en el convento de Santo Domingo en la ciudad de Lima, donde tuvo como maestro al padre Jesús Calderón futuro obispo de Puno. Terminado el año de noviciado, hizo su profesión simple el 25 de junio de 1964.

Fray Domingo destacaba por su diálogo fácil con todos los pueblos originarios que habitan el vicariato. En su vida de religioso, trabajó en distintos conventos y puestos de misión, entre los que destacan la misión de Purús (1968-1969), Kirigueti (1970-1971), Chirumbia (1972-1975), Shintuya (1975-1980), Timpia (1981-1985), Sepahua (1985-1987), Convento de Santa Rosa de Lima (1987-1990) y nuevamente Sepahua (1992-2011). Ya anciano y para sentirse más cerca de los suyos, pasó a Puerto Maldonado donde fue un ejemplo de observancia de la vida religiosa y común.

Él mismo una vocación misionera, en sus últimos días en el Hospital Santa Rosa de Puerto Maldonado, con el rosario en la mano, pedía que se rezara por las vocaciones de aquellos destinados a las misiones y alzaba los brazos al cielo, con ansias de reunirse con Dios Padre.

Apaktone, “papá anciano”, el misionero dominico asturiano José Álvarez Fernández (1890-1970), pasó 53 años de su vida en el Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado. El nombre de Apaktone, según cuentan, se lo puso una belicosa tribu que casi lo martiriza, pero que fue “vencida” por la amabilidad y cariño de este misionero. Apaktone se hizo un hermano para cada indígena. Aprendió sus lenguas de viva voz. Realizó cientos de expediciones en canoa y a pie, visitando los innumerables ríos cuyas aguas se vierten en el gran Amazonas. Poblado a poblado, choza a choza, familia a familia. Los conocía a todos y los quería con todo su corazón. Gracias a él y a otros misioneros se defendió a todas las tribus que habitaban aquellas selvas, para que ni el estado ni los caucheros se aprovecharan de ellos y de sus tierras ancestrales. Pasó cincuenta años con ellos, sin saber nadar – a pesar de recorrer algunos de los ríos más caudalosos de la tierra – siempre tan pequeño y endeble, con su poblada barba, y con una sonrisa en los labios que les conquistaba. En su lápida, en Perú, está cincelado en piedra su nombre misionero: “Apaktone”. El padre anciano, uno de cuyos hijos acaba de fallecer, tras una vida como la suya, dedicada a los demás.