OMPRESS-NAVARRA (10-12-21) Obispo emérito de Marajó, Brasil, el misionero agustino recoleto ha sido galardonado con este premio a la promoción de los Derechos Humanos, que otorga la Universidad Pública de Navarra, que reconoce la labor de defensa activa de los mismos, sobre todo de menores y víctimas de explotación sexual.

El fallo ha sido dado a conocer ayer jueves. El jurado, que ha concedido el premio a José Luis Azcona por unanimidad, ha destacado su “lucha incansable por la promoción y por la defensa de los derechos humanos en Brasil, muy en particular por su firme actitud contra la explotación sexual y trata de menores y mujeres durante casi tres décadas”, desde 1987 hasta 2016. La lucha de este obispo navarro, añadía el jurado, “se ha dirigido también contra la destrucción del medio ambiente y la sobreexplotación de los recursos naturales y la pesca en la región”. Su “defensa activa por los derechos humanos ha puesto su vida en peligro”, recordando las amenazas de muerte que recibió de las mafias locales. “Este esfuerzo a favor de los derechos humanos, especialmente de los más desfavorecidos, el respeto de la dignidad de la mujer y de los más débiles, son precisamente valores cuya consecución ha inspirado desde sus inicios a la fundación Jaime Brunet”, finalizaba la exposición de motivos.

El galardonado tiene previsto destinar la dotación del premio a desarrollar distintos programas de apoyo y protección de víctimas de trata llevados a cabo por diversas instituciones, entre ellas Arcores, la red solidaria internacional que da respaldo a la misión de los Agustinos Recoletos.

José Luis Azcona nació el 28 de marzo de 1940 en Pamplona. Tras hacer su profesión religiosa en la Orden de los Agustinos Recoletos en 1961, fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1963 en Roma. En 1965 completó su doctorado en Teología Moral en la Universidad Lateranense de Roma en el Instituto de Teología Moral de los Redentoristas. Fue capellán de inmigrantes españoles en Alemania (1966-1970), profesor de Teología Moral y Espiritualidad en Monachil, Granada (1971-1975), Prior Provincial de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva (1975-1981), vice-maestro de novicios en el Desierto de la Candelaria, Colombia (1982), maestro de novicios en Los Negrales, Madrid (1983), para, finalmente, en 1985 llegar a la misión de los Agustinos Recoletos en Marajó, Brasil, en la desembocadura del Amazonas. El 25 de febrero de 1987, fue nombrado obispo por el Papa Juan Pablo II y asumió la Prelatura de Marajó el 12 de abril de aquel mismo año. Fue el 1 de junio de 2016, tras casi 30 años al frente de esta prelatura, cuando el Papa Francisco aceptó su renuncia.

En una carta dirigida a las Obras Misionales Pontificias en 2014, Mons. Azcona explicaba lo que había significado para él la defensa de los oprimidos: “Mi trabajo misionero se concreta en la evangelización de los pobres de nuestra Prelatura, con los Índices de Desarrollo Humano (IDH), según estadísticas de la ONU, más bajos del Brasil. Evangelización que me llevó, por ejemplo, a poder participar el pasado mes de junio en la ocupación pacífica, junto con el pueblo, del Ayuntamiento de Soure, donde estuve acampado dos días y una noche. Es la alegría de evangelizar al pueblo pobre en su reivindicación por la justicia, por la vida humana expuesta al peligro de muerte en el mismo momento de nacer, por la falta de asistencia médica, por la lucha por la dignidad, desde el amor a nuestro Señor Jesucristo… creo que no puede haber una alegría semejante en el mundo”, explicaba.

Y contaba también cómo tuvo que intervenir en la noche del 6 al 7 de junio de 2014, para evitar un baño de sangre, entre facciones rivales y la policía, y cómo tuvo que “hablar con la autoridad del misionero, que es la misma de Dios, para pacificar a personas desesperadas y hambrientas…”. Este y muchos momentos, decía, suponen “una alegría incomparable que solamente el Espíritu Santo nos puede proporcionar”. Es una alegría misionera “que te llamen subversivo, elemento desestabilizador de la paz social número uno, enemigo de la sociedad, sin autoridad ninguna… todo vivido por Jesús y por el Evangelio”. Una alegría, concluye, que “es la gran recompensa que Jesús promete y cumple en los perseguidos por causa de la justicia”.