OMPRESS-FRANCIA (29-11-21) La hermana Ana Slivk, Franciscana Misionera de María, tras vivir la misión en Brasil, ejerce ahora su labor en los difíciles suburbios de París con una comunidad multicultural de su congregación, que se adapta al ambiente en que viven.

“Mi nombre es Ana, nací en una familia croata muy común”, cuenta la hermana Ana en una entrevista para las Obras Misionales Pontificias de Francia. “Al final de la universidad, Croacia todavía estaba en guerra por su independencia. Luego me fui a vivir a Liubliana en Eslovenia, donde estudié Geodesia. Fue durante estos cuatro años que nació mi vocación misionera”.

Después, “cuando tenía 16 años, fui a un campamento de verano con los jóvenes de mi parroquia. Nuestro párroco nos invitó a turnarnos para preparar la oración de la mañana. Para ayudarnos, puso a nuestra disposición algunos libros con oraciones. Una mañana tomé dos o tres libros y comencé a pasar sus hojas, para encontrar una oración adecuada y, sobre todo, no demasiado larga. De repente me llamó la atención un título: La oración de un misionero. Ya no recuerdo la oración, pero en ese mismo momento cambió mi vida por completo. ¡Sentí en mi corazón un inmenso amor por el Señor y un gozo incomparable! Una llamada resonó entonces en mi alma: la llamada misionera, grabada en mí con fuerza y ternura al mismo tiempo”.

A los 19 años Ana fue admitida por las Franciscanas Misioneras de María en Eslovenia. Luego pasaría unos meses en Bosnia e Italia y tres años en Lyon. “Allí me formé para convertirme en animadora pastoral de jóvenes y adolescentes. Desde entonces, ¡ha sido mi misión adonde quiera que he ido!”. Cuenta que su primer destino misionero fue Brasil: “Allí estuve 11 años y tuve la gracia de vivir experiencias increíbles. Pasé tres años en los suburbios de São Paulo, tres años en varias misiones en el sur del país y cinco años en la Amazonía”. En octubre de 2020, dejó Brasil para unirse a otra misión, esta vez en los suburbios parisinos. Son cinco hermanas de diferentes nacionalidades y, como siempre, trabaja con adolescentes y jóvenes, “con todos aquellos que quieren seguir a Jesucristo con alegría y pasión”.

La hermana Ana recuerda que “en toda vida misionera hay momentos de alegría y momentos de dificultad. Uno de los encuentros más difíciles para mí fue con los leprosos en el Amazonas. Tenía mucho miedo y ese miedo me hizo reflexionar sobre mi compromiso como religiosa y como misionera. Entonces recordé que en el momento de mis votos perpetuos había dicho: Ofrezco mi vida… Y solo unos años después, tengo miedo de acercarme a un hermano pobre, porque quiero conservar mi vida, conservarla. Es normal, es humano, pero me marcó profundamente”.

De su trabajo con jóvenes, destaca que “uno de los aspectos más hermosos de mi misión es presenciar su increíble crecimiento humano y espiritual”, aunque reconoce que “es cierto, los adolescentes a veces son insoportables. Pero también tienen momentos de gracia, donde pueden compartir su fe y su mirada a Dios, a la vida y a sí mismos. Lo hacen de tal manera que me quedo sin palabras y alabo al Señor por su presencia en mi vida”.