OMPRESS-EL SALVADOR (12-01-22) Este próximo 22 de enero, tendrá lugar la beatificación del jesuita salvadoreño Rutilio Grande, que tanto inspiró a Mons. Óscar Romero. Junto a él serán beatificados los laicos Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus y del misionero franciscano italiano Cosme Spessotto. Todos ellos asesinados por su compromiso por los últimos.

Rutilio Grande nació el 5 de julio de 1928, el más pequeño de 7 hijos, en una familia pobre de trabajadores del campo, en El Paisanal, El Salvador. Cursó sus primeros estudios en el Seminario Menor, en la capital, San Salvador. Entró en la Compañía de Jesús en Caracas a los 17 años de edad. Tras los estudios de Juniorado en Quito, Ecuador, fue destinado a enseñar historia durante tres años en el Seminario Menor, en el Salvador. Después se trasladaría a San José de la Montaña, España, para estudiar la Teología. Se ordenó sacerdote en 1959. En el Seminario de San Salvador, del que era formador, cambió el enfoque puramente académico hacia un sistema integral de oración, estudio y concienciación social, de manera que los seminaristas experimentaran la dura realidad de los sectores más desfavorecidos del país. Grande dejó el seminario en 1972, y fue nombrado párroco de Aguilares, una población al norte de la capital salvadoreña. Allí formó líderes, hombres y mujeres comprometidos, que eran reconocidos por sus comunidades y por la Iglesia, y los nombró Delegados de la Palabra. Estableció Comunidades Cristianas de Base que cubrían un conjunto de 12 poblados. Los Delegados enseñaban a los campesinos a leer la Biblia y, tomando inspiración de los textos sagrados, a suscitar interrogantes sobre los males sociales que los ahogaban, y a defender sus derechos humanos.

El 12 de marzo de 1977, el padre Rutilio, acompañado de Manuel Solórzano, de 72 años, y de Nelson Lemus, de 16, partieron de Aguilares hacia El Paisanal. En Los Mangos, su vehículo fue ametrallado en una emboscada. Los tres murieron en el acto. En El Salvador se vivía en aquellos años en un conflicto armado constante que arrebató la vida de miles de inocentes, y del que todavía hoy se sufren las consecuencias.

Su compañero de estudios y amigo, Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, sufriría el mismo destino tres años después, el 24 de marzo de 1980, cuando también fue asesinado mientras celebraba la Eucaristía. En la homilía que San Óscar Romero pronunció tras la muerte de su amigo Rutilio, decía: “¡Qué iluminado estaría el mundo si todos pusieran a la base de su acción social, a la base de su existencia, de sus compromisos concretos, en sus mismas atracciones políticas, en sus mismos quehaceres comerciales, la doctrina social de la Iglesia! Era eso lo que predicó el padre Rutilio Grande; y porque muchas veces es incomprendida hasta el asesinato, por eso murió el padre Rutilio Grande. Una doctrina social de la Iglesia que se le confundió con una doctrina política que estorba al mundo: una doctrina social de la Iglesia, que se le quiere calumniar, como subversión, como otras cosas que están muy lejos de la prudencia que la doctrina de la Iglesia pone a la base de la existencia”.

Y concluía: “El padre Rutilio, quizá por eso Dios lo escogió para este martirio, porque los que le conocimos, los que lo conocieron, saben que jamás de sus labios salió un llamado a la violencia, al odio, a la venganza. Murió amando, y sin duda que cuando sintió primeros impactos que le traían la muerte, pudo decir como Cristo también: Perdónalos, Padre, no saben, no han comprendido mi mensaje de amor”.