OMPRESS-MÁLAGA (23-11-21) El día 3 de diciembre de 1986, fiesta de San Francisco Javier, patrono de las misiones, partían desde Málaga, con destino a Venezuela, los primeros misioneros de la diócesis andaluza para hacerse cargo de la que se convertiría en la misión diocesana de Caicara del Orinoco.

Las misiones diocesanas habían comenzado, en toda la Iglesia universal, con las misiones diocesanas vascas y su misión de los Ríos, en Ecuador. Una diócesis se volcaba con un territorio de misión, con el envío de misioneros, sacerdotes y laicos, con ayudas económicas y materiales, y con el objetivo de que dicho territorio pudiera, algún día, ser autónomo y convertirse él mismo en un apoyo para otras iglesias hermanas.

La creación de la misión diocesana de Málaga fue fruto de una larga colaboración con Venezuela por parte de la diócesis. En 1954, el entonces obispo de Málaga, Mons. Ángel Herrera Oria comenzó a enviar los primeros sacerdotes diocesanos. Desde aquel año hasta 1986 partieron sacerdotes con destino a Ciudad Bolívar, Cumaná, Maturín y Guarane. En enero de 1986 los sacerdotes mexicanos que atendían Caicara del Orinoco, en el centro de Venezuela y a orillas del caudaloso río, se despedían de la diócesis de Ciudad Bolívar, en la que está la misión. Fue la diócesis de Málaga la que tomó el testigo y, acogiendo la invitación del obispo de Ciudad Bolívar, se firmaba un acuerdo de cooperación ese mismo año. El 19 de octubre de 1986, día del Domund, los tres primeros sacerdotes que partirían, recibían el crucifijo misionero. Sus nombres, José Pulido, Agustín Zambrana y Manuel Lozano. Caicara era el nombre con el que los indígenas conocían lo que no era sino un puerto en el río Orinoco; de Kai, sol, y Kara, niña pequeña: “La Niña del Sol”. En esta misión diocesana hay tres Parroquias que se extienden por una superficie de 45.000 km2 y con una población de más de 100.000 habitantes. Por ella han pasado once sacerdotes malagueños. Además se colabora económicamente a su sostenimiento con una colecta anual a nivel diocesano.

Agustín Zambrana, uno de los sacerdotes de aquel primer equipo de 1986, dice que, “por todo lo vivido doy gracias a Dios, que me dio la oportunidad de conocer a muchos hermanos que aun siendo pobres nunca perdían la alegría y me enseñaron a vivir en esperanza”. Agustín recuerda la alegría de “poder celebrar la Eucaristía en esas comunidades de indígenas acompañado por las hermanas. Sitios que hacía nueve años que no veían a un sacerdote, nos recibían muy contentos, teníamos que enseñar a los más jóvenes qué era la Misa y como se tenían que preparar para ser bautizados al año siguiente”. Y añade: “Formábamos un buen equipo de trabajo, nos sobraba ilusión y muchas ganas de evangelizar”.