Una niña mártir china y Fulton J. Sheen

  • On 10 de febrero de 2026

OMPRESS-ESTADOS UNIDOS (10-02-26) Mons. Fulton J. Sheen, director nacional de las Obras Misionales Pontificias en Estados Unidos, obispo y por su influencia en los medios llamado el “micrófono de Dios”, dedicó una hora diaria a la adoración al Santísimo, desde que se ordenó sacerdote. 60 años con una hora diaria dedicada al Señor.

El actual director nacional de las Obras Misionales Pontificias en Estados Unidos, Mons. Roger J. Landry, ante el anuncio de la próxima beatificación de su antecesor, ha escrito que “el día de su ordenación sacerdotal, Sheen se comprometió a hacer una Hora Santa eucarística diaria durante todo su sacerdocio, y se mostró humildemente agradecido, como escribió en su autobiografía ‘Tesoro en vasijas de barro’, cuando su vida terrena estaba por terminar, de haber mantenido fielmente ese compromiso durante 60 años con la gracia de Dios. Es muy apropiado que él, que pasó gran parte de su vida de rodillas en adoración y dijo que ‘la mayor historia de amor de todos los tiempos está contenida en una pequeña hostia blanca’, muriera en presencia del Santísimo Sacramento el último día de su vida sacerdotal”.

De hecho, según cuentan, un día le preguntaron qué era lo que más le motivaba a ser un buen cristiano. Fulton Sheen contó entonces la historia de una niña china. Ocurrió en los años cincuenta del siglo pasado. Cuando se instauró el comunismo en China, un grupo de comunistas chinos llegó a una pequeña aldea donde vivía un misionero. Lo amenazaron, lo golpearon y acabaron encerrándolo en el depósito de carbón de la iglesia, donde una pequeña abertura le permitió ver el área del santuario. El misionero se horrorizó al ver cómo los soldados entraban en la Iglesia, rompían el sagrario y tiraban por el suelo las formas consagradas. El misionero, que las había guardado, sabía el número exacto de formas que allí se guardaban: exactamente 32. Por la noche, una pequeña niña llegó hasta la iglesia. El misionero desde la casa vio cómo se deslizaba por delante de los guardias que custodiaban la improvisada prisión del misionero y, sin que la vieran, entraba en la iglesia. La pequeña se arrodilló y comulgó una de las formas, luego estuvo un rato en silencio en oración.

La niña volvía cada noche y el misionero veía cómo comulgaba y luego rezaba en silencio. Desgraciadamente, una noche hizo un ruido y despertó a uno de los guardias que mantenían preso al misionero. El soldado corrió tras la niña y la alcanzó. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo y la golpeó con la culata del fusil hasta matarla. El misionero fue testigo del martirio desde la carbonera sin poder hacer nada. Expulsado de China, le contó la historia a Fulton Sheen, que se reafirmó en su compromiso de de dedicar una hora de oración a Jesús Sacramentado todos los días de su vida.

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