Un grupo de misioneras y el terremoto de Myanmar

  • On 2 de abril de 2025

OMPRESS-MYANMAR (2-04-25) La revista Popoli e Missione de las Obras Misionales Pontificias en Italia acaba de publicar un mensaje sobre la situación en Myanmar tras el terremoto del pasado viernes. Su procedencia, Nyaung Shwe, en el centro del país: “Aquí la iglesia se derrumbó… Tras muchos meses de trabajo para restaurarla, ya no está. La tierra parece seguir temblando”.

La comunicación no ha llegado a Popoli e Missione directamente de Mynamar. Quien lo envía es sor Rosanna Favero, de las Siervas Misioneras del Santísimo Sacramento en Filipinas. Las palabras son de sor Pansy, una de sus hermanas de congregación que sufrió el terremoto de magnitud 7,7 que azotó Myanmar. Las misioneras se encuentran en Nyaung Shwe, Estado de Shan. Pero también tienen misiones en Kwe Ngan y Howan, en el Estado de Kayah. “Aquí en Nyaung Shwe no tenemos electricidad ni agua. Por ahora la vamos a buscar al pozo de nuestros vecinos, pero ya nos han dicho que no tiene mucha agua. Por eso también nos encomendamos al Señor”.

La hermana Rosanna cuenta que cuando recibió el primer mensaje el pasado viernes tras el seísmo su corazón le dio un vuelco: “¿Cómo estáis?, les pregunté. ¿Y la gente? Luego, silencio. Las líneas telefónicas permanecieron en silencio, mientras la noticia del desastre y las primeras imágenes trágicas comenzaban a difundirse”.

El terremoto, tan devastador que ya se cuentan 2.000 fallecidos, llega a la antigua Birmania en un momento especialmente duro. Ya son cuatro los años de guerra civil, que ha sufrido la población, privada “de libertad, educación, seguridad y de sueños”, recuerda la hermana Rosanna. Las religiosas de Myanmar antes de la catástrofe querían ayudar a los refugiados, como ellas mismas contaban: “Es urgente fortalecer el cultivo de maíz, cacahuetes, girasoles y sésamo y, siempre que sea posible, aumentar la cría de animales: cerdos, pollos y vacas. Crear pequeñas granjas comunitarias en los campos de refugiados y fomentar el cultivo de setas, que pueden secarse y conservarse durante más tiempo”. En Nyaung Shwe las hermanas ya habían comenzado con esto, pero el terremoto lo ha destruido todo”.

“La hermana Pansy soñaba con fundar una escuela primaria dentro de un nuevo campo de refugiados”, continúa la misionera. “Pero ahora, esos sueños deben dar paso a las nuevas emergencias creadas por el terremoto”. El seísmo ha hecho aún más precaria la supervivencia en Myanmar: “¿Dónde podemos encontrar arroz, agua y artículos de primera necesidad ahora que las carreteras están destruidas, los puentes colapsados, el transporte interrumpido y los almacenes de arroz reducidos a escombros?”, se preguntan las Siervas del Santísimo Sacramento. “¿Cómo podemos hacer frente a las enfermedades que ya son numerosas en los campamentos y que ahora, con la falta de agua y medicinas, corren el riesgo de propagarse?”.

La hermana Rosanna explica en su mensaje que “en los últimos años, la guerra ha obligado a nuestras hermanas a suspender sus actividades educativas y de desarrollo, especialmente para las mujeres. Sus esperanzas han sido aplastadas por un régimen cruel e injusto que ha cerrado escuelas, negado derechos fundamentales, impedido el trabajo, la libertad de expresión e incluso el acceso a la atención médica. Pero el momento más duro llegó en noviembre de 2023. El convento, el albergue con más de 70 niñas y jóvenes, la escuela que acogía a familias refugiadas en momentos de necesidad, todo eso quedó abandonado. Los incesantes bombardeos y las órdenes de evacuación obligaron a nuestras nueve hermanas a huir, llevándose consigo a las niñas y a las personas más vulnerables, caminando con la multitud en busca de refugio”.

Tras meses de precariedad en campos de refugiados, habían encontrado tres lugares donde poder empezar de nuevo, el primero de ellos en Nyaung Shwe, donde tres de las hermanas consiguieron alquilar una casa para vivir con 38 niñas. “Sin embargo”, escribe la misionera, “incluso en el dolor, encuentran la fuerza para seguir adelante. Tienen la certeza de que pueden seguir siendo instrumentos de esperanza, consuelo y ayuda para su pueblo. A pesar de las extremas dificultades en los campos de refugiados, no se han dado por vencidas: siguen promoviendo la educación escolar, coordinando la asistencia médica y distribuyendo alimentos”.

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