Misionera de la Consolata: me comunicaba sobre todo con sonrisas y cariño
- On 16 de febrero de 2026
OMPRESS-MOZAMBIQUE (16-02-26) La familia de la Consolata publica el testimonio de una de sus religiosas, la hermana Elda, una religiosa tanzana destinada en Mozambique, que en su sencillez, muestra mucho del espíritu de San José Allamano, su fundador: “No cosas extraordinarias, sino extraordinarios en lo ordinario. Hagámonos santos sin estrépito”.
“Soy la hermana Elda Kanisia Msemwa, Misionera de la Consolata, tengo 36 años y nací en Tanzania. Tras una experiencia misionera en mi tierra natal, fui destinada a Mozambique, a donde llegué el 25 de marzo de 2023. Mi corazón era una mezcla de muchas emociones: estaba muy feliz por llegar a esta tierra, pero también sentía miedo, porque Mozambique atravesaba un período de inestabilidad y falta de paz, especialmente en la región norte del país. Pero tenía mucha fe. Fui recibida con gran alegría por las hermanas y por personas queridas, que me acogieron con sonrisas y sencillez. Esta bienvenida me hizo sentir inmediatamente como en casa. Al llegar, no podía hablar mucho porque no conocía el idioma. Me comunicaba sobre todo con sonrisas y cariño.
Durante unos meses, viví en Maputo, la capital del país, para aprender el idioma. Las hermanas me ayudaron a practicarlo, me animaron a hablar y me corrigieron con sencillez cuando cometía errores. En poco tiempo, pude entender algo y expresar lo que necesitaba decir. Fue una maravillosa experiencia de aprendizaje.
Mientras vivía en la capital, participé en la vida de la Iglesia. Lo que me alegró fue la sencillez de la vida, la buena acogida que hacía que todos se sintieran como en casa, la vibrante liturgia y la Iglesia abierta al ministerio, donde todos pueden servir, especialmente las mujeres y los laicos.
Tuve la gracia además de participar en el cuidado de las hermanas enfermas. Fue un momento de gracia poder presenciar los últimos momentos de sus vidas. Aprendí mucho de estas hermanas: fidelidad a su vocación y misión hasta el final, gran amor por las personas que les fueron confiadas, por la Consolata y por Cristo, incluso en momentos de dolor. Fue una situación que me desafió al comienzo de mi vida misionera.
Después de estudiar el idioma, me enviaron a Massinga, en la provincia de Inhambane, a 500 kilómetros de la capital, una ciudad densamente poblada. Al llegar, encontré una comunidad de cuatro hermanas. Durante un tiempo fuimos cinco, y ahora somos tres. La comunidad trabaja activamente en la parroquia, donde colaboramos con tres sacerdotes diocesanos: visitamos comunidades, familias, enfermos y otros grupos de personas. Participamos también en momentos de alegría, como bodas y cumpleaños, pero también en momentos difíciles, acompañando a quienes están de duelo y estando junto a la gente en tiempos de inestabilidad política. Los momentos de celebración son de gran valor porque la gente reconoce que la vida es un regalo de Dios, y la celebración es un momento para decir ‘Gracias’ juntos.
También trabajamos en una escuela y en un centro de acogida para niñas que vienen a estudiar a Massinga. Paso la mayor parte del tiempo con las niñas de nuestra casa: vienen de zonas rurales sin escuelas secundarias. Sus familias no pueden permitirse pagar la educación de sus hijas; por eso, como comunidad, las acogemos y hacemos que se sientan como en casa, permitiéndoles asistir a la escuela secundaria.
Después, algunas piden unirse a nuestra familia de la Consolata. El trabajo duro consiste en hacerlas sentir que son bienvenidas, amadas, apoyadas y valoradas, dándoles a cada una el espacio para crecer a su propio ritmo, escuchándolas y buscando responder a sus inquietudes. Me alegra mucho poder formar parte de la construcción de su futuro, y me llena de alegría ver a estas jóvenes crecer y transformar sus mentes y corazones.
Estar en misión siempre es una experiencia de aprendizaje: a través de estas chicas aprendo mucho. Me enseñaron mucho sobre el respeto a las personas: cuando saludas a un grupo, no es un saludo genérico, sino un saludo a cada persona, preguntar cómo está. Me pareció muy hermoso porque demuestra el valor de cada persona.
Doy gracias al Señor por darme la oportunidad de vivir y compartir mi vida con estas personas, que me ayudan a crecer tanto en mi vocación misionera. A lo largo de estos años, he aprendido que la misión no consiste solo en enseñar o hacer cosas. También es importante escuchar con el corazón, estar presente, hacer que cada persona se sienta bienvenida, escuchada y valorada. Aquí no contamos las horas, sino que dedicamos tiempo. Las personas me han enseñado a dedicar tiempo a todo lo que hago, porque a veces vamos de un lado a otro con prisas, olvidando el valor de cada persona”.

