OMPRESS-MOZAMBIQUE (20-10-21) La hermana Juliana Calvo, Sierva de María, escribe desde Nampula, Mozambique, agradeciendo el “perseverante servicio de animación misionera” de las Obras Misionales Pontificias, pero contando también la terrible situación que se ha vivido en el país en estos meses. La misionera zaragozana cuenta que el covid lo superaron bien hasta que llegó la variante sudafricana y entonces es cuando ha empezado a morir gente y “los hospitales no tienen condiciones y se aconseja aislarse en casa… ¿Aislarse un pobre en una cabaña donde viven todos apiñados? Se dice que ya han muerto bastantes médicos y enfermeros de los pocos que tenemos”. Un sufrimiento más en “esta maravillosa África”, en donde, añade, “hay tanta pobreza en medio de tanta riqueza”.

Cuenta como “nosotros que vivimos aquí, tenemos que comer pescado importado, y eso con 2.500 Km de costa. Mientras el carbón mineral es cargado en trenes de 100 o más vagones que lo transportan hasta el puerto de Nacala, cada 30 minutos”.

En la Provincia limítrofe de Nampula, Cabo Delgado, Pemba, hace unos años descubrieron gas natural, petróleo, diamantes, grafito, oro y “casi todo aquello que atrae la avaricia humana”. Fue entonces cuando empezaron “las incursiones terroristas en esa provincia, pues ellos mismos se llamaban yihadistas. Se decía primero que era un grupo de bandidos, ladrones. Llevaban ekatanas, como cimitarras, y mataban a los que encontraban haciéndolos pedazos”. A los jóvenes, explica la hermana Juliana, les ofrecían muchísimo dinero: “Para un joven que lucha todos los días para conseguir dos o tres euros trabajando o vendiendo leña, es fácil caer en la tentación. Y, después, cada mes 1000 euros”. Además, “también se habla de que hay son grupos mercenarios al servicio de las grandes multinacionales y de la droga, pues esta Provincia ha sido siempre un corredor de ella”.

Y esta violencia, añade, genera terribles consecuencias: “Ya son alrededor de 800.000 refugiados que han perdido todo para salvar la vida, esparcidos por la provincia de Nampula y Lichinga que cuentan cosas horribles. Aquí en Nampula, solo en una parroquia atienden a más de 9.000 refugiados. No se puede describir esta tragedia. Hay días que en la puerta tenemos 150 ó 200 personas con muchos niños. Guisamos pescado o carne y damos a todos hasta hartarse. Los niños, famélicos, después de comer se ponen a danzar Muchos de ellos llegan enfermos y ni saben dónde hay un hospital ni tienen dinero. También los curamos y les damos vitaminas y sulfato de hierro para las anemias… Hay muchos niños que han perdido a sus padres”.

La hermana Juliana relata varios casos donde se palpa la tragedia: “Una mamá llevaba dos niñas de año y medio y 4 añitos y no conseguía correr cargando a las dos cuando atacaron la aldea. Cogieron a la madre y la degollaron frente a sus dos niñitas y a las niñas las sentaron encima del cuerpo de su madre. Después de dos días un hombre de allí, que estaba escondido, se acercó a la aldea para ver cómo estaba y vio a las dos niñitas al lado del cuerpo de su madre degollada. Como las conocía se las llevó. Consiguió encontrar a la abuela y se las entregó. Las trajeron aquí casi muertas. Una de ellas con una anemia horrible, hinchado todo el cuerpo como una bola desde los pies a la cabeza y ni conseguía abrir los ojos…”.

Tras relatos incluso más terribles, la hermana Juliana se despide: “Os digo de verdad que os llevamos en nuestro corazón y pensamiento y sobre todo en la oración, en comunión con toda la Iglesia, para que un día, libres de las confusiones de este pobre mundo, celebremos la fiesta del amor eternamente. Aquí es todo tan frágil”.