OMPRESS-ROMA (25-05-21) El Papa Francisco autorizaba los decretos que promueven las causas de santidad de siete siervos de Dios, entre ellos el reconocimiento de las virtudes heroicas de un agustino recoleto español, misionero en China, donde pasó treinta años. Vivió la tristeza de ser expulsado de China, como tantos otros misioneros que sufrieron la persecución en los años cincuenta del pasado siglo.

Mariano Gazpio Ezcurra nació en la villa de Puente la Reina, Navarra, el 18 de diciembre de 1899. Entró en el noviciado de Monteagudo e hizo su profesión religiosa el 23 de diciembre de 1915. Estudió tres años de teología en Marcilla y uno en Manila, Filipinas, donde fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1922, a donde había sido destinado en 1921. Después de tres años en Manila y Cavite, pasó en abril de 1924 a la misión de Kweiteh, Honan, en la China continental. Fue pasando por distintas misiones: Chenliku, Yucheng, Chutsi y la capital Kweiteh, la actual ciudad de Shangqiu. A lo largo de 28 años ejerció diversos cargos de responsabilidad: superior de misiones, superior religioso, vicario delegado y vicario general de la diócesis de Kweiteh. Como cuenta los agustinos recoletos, durante los años que estuvo como misionero en China se distinguió por su celo apostólico, por su profunda piedad y por el amor a los pobres. Algunos fieles chinos lo recuerdan todavía con veneración y se glorían de haber sido bautizados por el padre Mariano.

Con el comienzo de la persecución religiosa que se desató en los años 50, como muchos otros misioneros fue expulsado por el gobierno comunista a principios de 1952. Volvió a España y ese mismo año se le nombraba maestro de novicios y viceprior del convento de Monteagudo. Es el comienzo de una vida de comunidad y de dedicación a la formación de los religiosos de la Orden. Así, de1955 al 1958, fue prior del mismo convento, y en 1958 fue nombrado de nuevo maestro de novicios y reelegido para el trienio siguiente. Desde 1964 residió en Marcilla, los primeros seis años como viceprior. Todos los que le conocieron recuerdan que era muy devoto de la Eucaristía, del Sagrado Corazón de Jesús y, por supuesto, de la Virgen María. Además de las horas de rezo comunitario, pasaba otras muchas en el oratorio o en el coro haciendo oración personal. Su trato con Dios era continuo.

Los agustinos recoletos señalan cómo sobresalía por su humildad, caridad y espíritu de servicio. Era observante y fiel en el cumplimiento de sus deberes; sumamente delicado y caritativo en el trato con los demás. Su vida austera y ejemplar está grabada en la mente y en el corazón de los religiosos que convivieron con él en Monteagudo y Marcilla. Fue ejemplo vivo de humildad, de piedad, de espíritu de servicio. Todos lo recuerdan hoy como un religioso santo. Falleció 22 de septiembre de 1989 en el Hospital de Navarra, de paro cardiaco y su cuerpo descansa en el panteón de los agustinos recoletos en el cementerio de Marcilla, en su tierra navarra.