Faustino era un niño valenciano muy alegre. Le gustaba el fútbol, la naturaleza y leer. Un niño normal al que sorprendió una grave enfermedad, que para él fue el mejor “método” para intentar cumplir su deseo de ser santo. Desde pequeño le gustaba rezar el Rosario, hablar con Jesús, y ayudar a los demás. Quienes le conocieron dicen que lo que le hizo tan excepcional fue que no era nada excepcional, sino un niño como todos.

Faustino era el chico más normal del mundo y se lo pasaba bien con casi todo. Sobre todo durante las vacaciones en Alicante, en la casa de sus abuelos. Allí se formaba todos los veranos una revolución de primos, hasta doce, que Faustino, conseguía algunas veces liderar. Le encantaba el fútbol y era forofo de Valencia CF. Cuando estaba en el cole, aprovechaba los recreos en el patio para empezar algún partido que siempre acababa antes de tiempo, por el “inoportuno” toque de la campana.

Cuanto tenía 13 años, Faustino hizo por primera vez los ejercicios espirituales que organizaba el colegio. Ir de ejercicios espirituales es como ir a un “gimnasio del espíritu”, donde Jesús es el entrenador que pone en forma el alma. Para él fueron muy importantes, porque en ellos se dio cuenta de que no quería ser médico como su padre, ni siquiera químico ‒como pensaba hasta entonces‒; quería ser sacerdote, y esto, según su palabra preferida, era “fenomenal”.

Faustino tenía un diario, que era como la radiografía de su corazón, porque allí se veía cómo Jesús iba entrando en su vida y llenándola de luz. Apuntaba todo tipo de cosas: “Hablé 10 minutos con Jesús, lo mismo del empate Zaragoza-Valencia, que de las Misiones…” Da igual lo que fuera, Jesús era su mejor amigo y se lo contaba todo. Por eso, un día anotó que se había levantado con dolores, y aunque él todavía no lo sabía, se había puesto muy enfermo.

Se pasó casi todo un año en cama, dolorido y con una medicación muy, muy fuerte, que le dejaba agotado. Le costaba mucho rezar y estudiar, pero seguía haciéndolo, porque no quería ser un “quejica”. En su diario seguía apuntando los triunfos del Valencia, pero ahora también las inyecciones que le ponían (¡un día llegó a 14!). A veces bromeaba con su caída de pelo: “lo mismo que se fue, vendrá”; pero otras se lo tomaba más en serio: “Tengo miedo, pero lo ofreceré por los pecadores”.

Después de un año de tratamiento, la medicación hizo efecto y Faustino volvió a llenarse de fuerza. Seguía pensando en hacerse sacerdote “para ayudar al prójimo que sufre”, y “quién sabe si Dios quiere que vaya de misionero”. La mejoría no duró mucho, y a finales de 1962 volvió a empeorar. Sus padres le pidieron al padre José María que se lo dijera a Faustino. Él aceptó sereno la gravedad de su enfermedad y dijo que se sentía “preparado” para morir. Es más, le resultó “maravilloso” recibir el sacramento de la unción siendo tan consciente de lo que le pasaba. Tres días antes de su muerte, Faustino mantenía la alegría interior. Nunca olvidó su propósito de llegar a ser santo, y creía que su enfermedad era “un buen método” para cumplirlo. Estaba listo para irse al cielo.

Sus amigos creen que Faustino ya está allí, y le han pedido al Papa que lo declare oficialmente. Y el Papa lo está estudiando. Tal vez dentro de poco, podamos rezarle como a un “santo” más; mientras tanto, muchas personas aseguran que ya han recibido su ayuda.

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