OMPRESS-JAPÓN (12-07-22) El pasado 1 de julio la Conferencia Jesuita de Asia Pacífico presentaba el icono de uno de los primeros misioneros japoneses, el beato Pedro Kibe Kasui (1587-1639), beatificado con otros 187 mártires de Japón, el 24 de noviembre de 2008 en Nagasaki. El icono se exhibe en el Kibe Hall de la residencia jesuita de Tokio. La obra fue encargada por los jesuitas japoneses a un artista ruso, que ha utilizado elementos de la iconografía y el simbolismo tradicional japonés. Aleksandr Griaznov, el creador del icono, se ha servido para el mismo de un tablero de madera de tilo sostenido por dos tiras de madera de roble en la parte posterior. El halo del beato está hecho de pan de oro y está decorado con líneas talladas que representan rayos de luz. La figura del beato Kibe está pintada con pigmentos naturales mezclados con una emulsión de huevo y todo el icono está protegido con una capa de barniz de aceite de linaza.

Pedro Kibe nació en la isla de Kyushu, Japón, en 1587. Fue expulsado a Macao en 1614, junto con muchos otros cristianos, cuando Japón prohibió el cristianismo y lanzó una brutal persecución. En Macao estudió latín además de Teología, y tras finalizar sus estudios pidió entrar en la Compañía de Jesús. Su admisión fue rechazada por los jesuitas de Macao, quienes supuestamente tenían prejuicios contra los sacerdotes indígenas, lo que lo obligó a servir en la iglesia local durante ocho años. Decidió partir para Roma, donde por fin le permitirían convertirse en sacerdote jesuita. Viajó por los territorios portugueses de Malaca (Malasia) y Goa (India), antes de cruzar Persia, el Estrecho de Ormuz y Bagdad, a pie y por mar, convirtiéndose en el primer peregrino japonés en llegar a Jerusalén. En total, Kibe recorrió 5.955 km a lo largo de la Ruta de la Seda, un viaje que le llevaría tres años. Desde Jerusalén embarcó en un barco rumbo a Italia, llegando a Roma en mayo de 1620.

Fue ordenado sacerdote en noviembre de ese año, antes de ser aceptado como novicio jesuita. Estaba en Roma cuando otro misionero jesuita, Francisco Javier, el primer misionero en Japón, fue canonizado en 1622. Regresó a Japón en 1630 a la edad de 43 años, desafiando la persecución que se extendía por su país natal. Predicó el Evangelio y atendió a los cristianos locales en secreto durante casi nueve años. Fue detenido, al parecer, al ser traicionado por un cristiano que había renegado de su fe. Llevado a Edo, la capital imperial, el actual Tokio, sería encarcelado, interrogado y torturado. Sufrió el martirio el 4 de julio de 1639, colgado cabeza abajo con otros dos cristianos, y alanceado finalmente por uno de los guardias. El cardenal José Saraiva Martins, en nombre del Papa Benedicto XVI, lo beatificó junto a otros 187 mártires del Japón el 24 de noviembre de 2008, en presencia de más de 30.000 católicos en el estadio de Nagasaki.

La creación de este icono se enmarca en las celebraciones de Ignatius 500, la conmemoración del momento en que San Ignacio tomó la decisión de seguir a Cristo, un hecho que ha inspirado a tantos, un “Ver nuevas todas las cosas en Cristo”, como reza el lema de este aniversario. Una conmemoración que tuvo su inicio el 20 de mayo de 2021, 500 aniversario de la herida sufrida por Íñigo de Loyola en Pamplona, y finalizará el 31 de julio próximo, festividad de San Ignacio.

Aquí se puede ver el proceso de creación del icono del beato Pedro Kibe Kasui.