OMPRESS-PERÚ (1-04-22) El franciscano Juan Oliver Climent es obispo del vicariato apostólico de Requena, en plena selva amazónica peruana. Históricamente, esta zona debe a los misioneros – españoles en su mayoría –el conocimiento de la Buena Noticia, y la fundación de las ciudades, la educación y la atención sanitaria. En una zona extensísima, del tamaño de Andalucía, anegada por ríos, seis sacerdotes y 20 religiosas buscan llevar el Evangelio hasta lo más lejano de la selva. Como es uno de 1.117 territorios de misión del mundo, Requena recibe cada año el apoyo de Obras Misionales Pontificias, en especial del Domund e Infancia Misionera.

En esta entrevista, Mons. Juan Oliver, franciscano, como todos los vicarios que le han precedido desde que se creara el vicariato en 1956, cuenta cómo es Requena y la labor de las misioneras y misioneros que, incansablemente, lo recorren llevando la Palabra de Dios.

P: ¿Cómo es Requena?

Requena es una región amazónica en el Perú, en la zona nororiental. El vicariato en concreto de Requena comprende dos provincias del departamento de Loreto, y tiene una extensión muy enorme de 82.000 kilómetros cuadrados. Todo este territorio está a orillas de un río imponente que se llama el río Ucayali. Muy cerca, un poco antes de llegar a Iquitos, nosotros estamos al sur, con el río Marañón forma el río Amazonas. Aparte del río Ucayali existen muchos otros ríos, porque en esta región es selva baja. Es decir, es una zona que no tiene ningún tipo de comunicación que no sea la fluvial. Cuando llegan determinadas épocas del año, el agua sube hasta 6 ó 10 metros, con lo cual más del 70% de la superficie queda prácticamente inundada.

P: En una Iglesia local, con tantas dificultades de comunicación, ¿se puede construir comunidad? ¿De qué medios se velen?

La población que nosotros tenemos es muy reducida, seguramente no llegan a 180.000 habitantes. Pero la dispersión en un territorio tan grande, ya se puede comprender cuál es. Lo propio de la selva es que existan caseríos, algunos pequeñísimos, otros un poco más grandes… Nosotros calculamos que hay unos 350 caseríos, aparte de las ciudades más importantes. Entonces se puede comprender que crear ahí comunidad es muy difícil. Es un territorio que normalmente no tiene luz, que no tiene vías de comunicación… Pero evidentemente algo vamos mejorando en todo esto, y desde ahí nos están ayudando bastante, incluso en este tiempo de pandemia. Hemos suplido con las redes lo que no hemos podido hacer visitando. Respecto a crear comunidad entre nosotros los misioneros y misioneras que estamos allí, nos reunimos únicamente una vez al año. Solo una vez al año porque no es posible tener una relación más frecuente. Casi todos nos reunimos en una Asamblea al finalizar el mes de febrero, que es cuando viene el principio del curso escolar. Pero actualmente hace 3 años que no tenemos esta asamblea, y lo suplimos por reuniones por zoom, y por una comunicación más frecuente por teléfono. Porque los lugares donde sí tenemos parroquia suele haber una conexión un poco mejor. Y bueno, vamos poco a poco caminando juntos.

P: El vicariato de Requena se creó en 1956, ¿cómo es la presencia de la Iglesia?

Sí, fue fruto de una desmembración. De una prefectura muy grande se crearon tres vicariatos: San Ramón, Pucallpa y Requena. En marzo hemos celebrado el aniversario. La presencia de la Iglesia en estos lugares prácticamente coincide con los orígenes de los pueblos. Porque muchos de los pueblos fueron fundados por los mismos religiosos. Yo creo que la presencia de la Iglesia puede ser muy pobre en cuanto al número de los que estamos, pero sí resulta muy significativa en todo lo que se vive. Es una población ya muy mezclada, fruto de muchas migraciones que ha habido desde finales del siglo XIX, es decir, la época del caucho, y después. Hay una gran variedad de procedencias, europeas, incluso asiáticas, y por supuesto sudamericanas. De hecho, poblaciones indígenas como tal solo tenemos dos núcleos pequeños, uno al norte, los matsés; y otro cerca de Pucallpa, qué es un territorio de shipibos.

P: ¿Y qué aporta el Evangelio, el anuncio de Jesucristo, a la vida de estas personas?

Pues yo diría que es precisamente la tarea de evangelización la que ha contribuido no solo a la formación de los pueblos, sino a la formación de las personas. Ha contribuido en la educación, es decir en la transmisión del saber y la formación de escuelas. Es muy importante también la tarea sanitaria. Los pueblos son pueblos bastante jóvenes. Requena por ejemplo se fundó en 1907, es muy reciente. Pero sí hay un importante sustrato religioso, cristiano, católico y franciscano en la gente de nuestro vicariato. Todos allí agradecen, valoran y quieren la presencia de la Iglesia allí. Ellos se sienten miembros de esta Iglesia, aunque ciertamente ahora hay muchas otras corrientes de tipo religioso, que son también muy influyentes: las sectas.

P: ¿Qué han aportado los misioneros españoles en su zona, especialmente los franciscanos a los que está encomendado el vicariato?

Cuando se hicieron los “repartos” de los territorios de misión en el Perú, la Iglesia confió a las órdenes religiosas todo – jesuitas, agustinos, dominicos y franciscanos principalmente – esos extensísimos territorios de la selva. Y a los franciscanos les correspondió casi la mayor parte de los territorios en un principio. Los misioneros de entonces casi todos provenían de España, no solo de los franciscanos, sino también de los demás. Limitándome a la parte de nuestro vicariato, fueron franciscanos quienes fundaron las principales ciudades. Por ejemplo Contamana, que tiene unos 200 años de existencia, debe su formación a un franciscano que se llamaba Buenaventura Márquez, catalán. Requena debe su fundación al padre Agustín López Pardo, un burgalés, hace 114 años. Y muchos otros, porque casi todos los religiosos que han vivido por allí han sido procedentes de España.

P: Una importante figura es el padre Nicolás Giner.

La figura del padre Nicolás Giner es muy entrañable para mí por muchas razones. Una porque somos paisanos, cuando estaba en el seminario oí hablar de él. Él murió en el año 1949 en Buenos Aires, en el leprosario Baldomero Sommer, porque él estuvo allí 5 años como leproso. Su figura es muy curiosa, es un hombre que llevó la cultura y el desarrollo a aquella parte de la selva. Salió de España cuando tenía 18 años, y nunca más regresó, estamos hablando del 1870. Él llegó a Requena en el año 1924 y llevó las escuelas. Hizo estudios de medicina, fue el primer médico de allí. Es impresionante la cantidad de cosas, de progreso que llevó, hasta luz eléctrica en aquel tiempo. En 1945 se le diagnosticó lepra, y entonces no había otra forma. A muchos de ellos se les aislaba, a él se le busco este leprosario en Buenos Aires, que es donde está enterrado. Como algo anecdótico, a Requena ciudad se le llama la Atenas del Ucayali y se debe a él. No el nombre en sí, sino la razón de por qué es nombrada así. Creó una escuela, que fue el origen prácticamente de toda la educación de gran parte de la selva, el colegio Agustín López Pardo, como luego se llamó. En la educación fue muy importante su obra de formar profesores nativos propios de la zona para la zona. El primer pedagógico, como se llama allí (escuela para profesores) es fundación de él, escuela de varones y de mujeres, que tiene su origen allá por antes del año 30.

P: ¿Cómo se sostiene una Iglesia en medio de la selva? Debe de ser costosísimo visitar las comunidades por los ríos… ¿Qué papel juegan las Obras Misionales Pontificias?

No podemos limitarnos únicamente al aspecto económico, aunque evidentemente es importante. Porque la Iglesia, la misión, se sostiene sobre todo por las personas. Y eso creo que hay que decirlo así. Nosotros mantenemos siempre un contacto estrecho, porque pertenecemos precisamente a obras misionales de la Iglesia. Nosotros no tenemos medios propios como tales, o los tenemos muy escasos. No daría para que nosotros sobreviviéramos. Incluso con los medios que tenemos. Al menos hasta ahora hacemos grandes esfuerzos por hacer, yo quisiera una iglesia que fuera autosostenible en muchas cosas, pero ciertamente no lo logramos. Entonces, Obras Misionales Pontificias e Infancia Misionera a nosotros, como a toda la Iglesia como decías antes, nos dan una aportación cada año que se llama subsidios ordinarios. Si no todo, nos ayudan a poder llevar adelante tareas. Por ejemplo, en Infancia Misionera, con lo que recibimos tenemos una actividad para cuatro parroquias dedicada a los niños. Y de Obras Misionales Pontificias como tal, el subsidio que nosotros recibimos sirve para muchas cosas: mantenimiento de las misiones, de los misioneros y misioneras, de la formación de los laicos para las comunidades, de los catequistas… Es decir, nosotros tratamos de utilizar bien los recursos que se nos dan para poder atender las necesidades de la misión. Lo recibimos, y agradecemos mucho cada año esa colaboración que OMP nos da.

P: Mirando hacia el futuro, ¿cuáles son los desafíos a los que os enfrentáis? ¿Hay secularización allí?

A mí espontáneamente lo primero que me sale como el gran desafío es la escasez de religiosos y religiosas. Eso es lo más importante, y lo que más se nota. Nosotros somos muy pocos. Somos seis sacerdotes y unas 20 religiosas para un territorio tan grande… Pues evidentemente no somos nadie. Hay que contar con la edad nuestra, con la salud… La dificultad está en que vengan a compartir la misión con nosotros desde otros lugares. Esto evidentemente es uno de los retos más importantes. El otro que comentaba son las sectas, y muchos movimientos religiosos en todas partes, por muchas razones que creo que son comprensibles. Pero luego también está la cultura globalizante que vivimos, sobre todo en la juventud se nota mucho. Yo creo que es de los grandes desafíos, la nueva evangelización para jóvenes, ante esta cultura que a todos nos está llegando y allí también.