Viaje misionero: en Amor nadie le gana a Dios
- On 25 de febrero de 2026
OMPRESS-ALCALÁ (25-02-26) Albert Seguí participó este pasado verano en el viaje misionero para jóvenes organizado por la Delegación de Misiones de Alcalá a Ecuador. La experiencia, como tantas que viven chicas y chicos de su edad, en estos viajes y salidas misioneras, le ha tocado el corazón y le ha abierto los ojos. Este es el testimonio que comparten desde la Delegación de Misiones alcalaína.
“Este año, un grupo de cuatro amigos de Barcelona decidimos entregar nuestro verano al Señor y realizar un viaje misionero. Junto con otros cinco jóvenes de distintas partes de España, el Padre Juan y el Hermano Pablo, pusimos rumbo a Ecuador el 1 de agosto de 2025.
El día y medio previos que pasamos en Alcalá sirvieron para tomar conciencia de la importancia de lo que íbamos a hacer. No se trataba de una simple misión humanitaria: éramos signo de amor y esperanza para toda aquella gente que nos recibió con tanta sed de Dios.
Los primeros días los pasamos en Guayaquil, una ciudad cuyo ambiente está marcado por el desorden y la violencia. Es, seguramente, lo más semejante al concepto de caos que he conocido. Sin embargo, en medio de todo esto nos sorprendió la acogida de la comunidad de Siervos del Hogar de la Madre de la parroquia de Nuestra Señora de Loreto. Como un bastión de fe en medio de una barriada, esta parroquia fue el vivo ejemplo de comunidad misionera, cuya entrega y actividad frenética eran un testimonio de fe y perseverancia en el Señor.
Allí nos encomendaron dos tareas: ir puerta a puerta conociendo a los vecinos, hablándoles del Señor y de las actividades de la parroquia, invitándoles a acercarse y a participar, e ir a una escuela-comedor que tenían en una de las zonas más conflictivas, donde pudimos compartir nuestro tiempo con niños verdaderamente heridos y necesitados de amor.
Después de algunos días pusimos rumbo a la sierra de Ecuador, donde nos recibió un sacerdote diocesano, el P. Walter, que tenía a cargo una gran cantidad de comunidades rurales. Nos establecimos en el antiguo colegio diocesano y, de ahí, partimos cada día hacia un pueblo diferente, donde nos dedicábamos a visitar casa por casa a toda la comunidad, invitándoles a la Iglesia, donde por la tarde organizábamos juegos, catequesis y compartíamos la celebración de la Eucaristía.
Tras unos días en la Sierra tuvimos la gracia de poder visitar el santuario mariano de El Cajas, el más alto del mundo, situado en un enclave privilegiado a casi 4.000 metros de altura. Nos acercamos un poquito al Cielo y a Nuestra Madre, pidiéndole una verdadera entrega total en esta misión.
De ahí partimos para Barraganete, una comunidad perdida en la nada, tras casi tres horas de furgoneta por caminos de tierra rodeados de vegetación. Ahí estuvimos otro par de días haciendo también misión popular. Y, cuando creíamos que estábamos en el lugar más remoto en el que habíamos estado jamás, nos fuimos a un embarcadero, donde cogimos una canoa con la que remontamos el río durante dos horas, para llegar a una comunidad absolutamente abandonada, donde el sacerdote apenas llegaba una vez al año. A estas alturas del viaje ya nos sentíamos auténticos jesuitas en la película de «La Misión».
Acompañamos a la comunidad de «La Chivera» durante varios días, compartiendo comidas, deporte, visitando todas las casas, la escuela… e incluso montando en mula. Celebrábamos a diario la Eucaristía y compartimos testimonios y catequesis, animándolos a contraer matrimonio y a acudir a la confesión.
Nuestra siguiente parada fue Chone, donde ayudamos a organizar la VEMJ, una vigilia eucarística a la que acudieron más de 500 jóvenes de distintas partes de Ecuador, y donde la lluvia de gracias fue inmensa. Para hacerse una idea, el P. Juan no durmió en toda la noche: estuvo confesando sin parar durante horas y horas hasta bien entrada la mañana.
El último destino fue Río Chico. Ahí estuvimos acudiendo a distintas escuelas, haciendo convivencias con chicos y dando catequesis. Me sorprendió bastante la docilidad de algunos de los grupos y su disposición a escuchar en algunas ocasiones.
También tuvimos la oportunidad de visitar el colegio de las hermanas, donde murieron la Hna. Clare y las chicas, y hasta visitamos la casa de la abuela de Valeria, que nos contó historias sobre su vida antes de fallecer, e incluso visitamos las tumbas de las chicas para orar y pedir que nos ayuden a amar a Nuestra Madre y a nuestro Señor con la misma fuerza y entrega con la que ellas lo hicieron.
Pero más allá del ir y venir, del ajetreo y la gran aventura que sin duda ha sido este viaje, ha sido un magnífico tiempo de gracia.
En primer lugar, porque me ha obligado mucho a salir de mí mismo, a contar mi historia de conversión a mucha gente (algo que nunca había hecho y que me cuesta mucho), o a impartir catequesis improvisadas a grupos muy dispares, y cuando repasas estas cosas frente a otros y cuentas tu miseria, te das verdaderamente cuenta de todo lo que ha hecho el Señor en tu vida, de cómo te ha acompañado y de cuanto te ha regalado, muchas veces sin darte cuenta.
En segundo lugar, me ha impresionado mucho conocer la obra misionera de la Iglesia: ver como miles de santos han dado la vida en el más absoluto anonimato, sin ningún reconocimiento, sin más recompensa que la que recibirán en la otra vida. Encontrarme impresionantes iglesias y santuarios en cada pueblo de la sierra de Ecuador, a más de 3.000 metros de altura, y ver a tantas almas con una sed inmensa de Dios ha sido algo increíble.
Y por último, destacaría que darlo todo, incluso en el sentido de ceder el control de tu vida (cuantas horas duermes, donde lo haces, cuando y que comes, que actividades haces…), a alguien con autoridad que sabes que busca tu bien es algo increíblemente transformador, una verdadera dosis de humildad que si se hace de corazón es muy edificante, a la vez que te hace ver lo afortunado que eres por todo lo que has recibido (además ayuda a darse cuenta de que somos auténticos privilegiados y vivimos muy acomodados).
Podría decir muchísimo más, y me dejo grandes encuentros, anécdotas y personas por el camino, pero por más que lo cuente, solo hay una manera de descubrirlo. Si estáis con la duda, os animo a que le entreguéis un verano al Señor y os apuntéis a un viaje misionero, os aseguro que recibiréis mucho más de lo que podáis dar, porque en Amor nadie le gana a Dios.
Para participar en el próximo viaje misionero, la información en este enlace.

