La mayor riqueza que puede haber es conocer a Jesucristo

  • On 20 de febrero de 2026

OMPRESS-MADRID (20-02-26) Las Obras Misionales Pontificias han podido entrevistar misionero en Japón, José Ramón Rubio Moldenhauer, sacerdote de la diócesis de Madrid. Lleva ya casi tres años en el país del sol naciente. En esta entrevista habla de sus inquietudes misioneras y del día a día en la misión.

“Desde que fui ordenado sacerdote ha habido una inquietud también en mi corazón que se concretaba en el deseo de conocer lugares de misión, lugares donde los cristianos fueran una minoría, donde los cristianos estuvieran perseguidos, donde la cultura fuera una cultura con raíces ajenas al cristianismo. Así que, desde que me ordené, mis vacaciones las usaba para conocer lugares de misión. Y eso me llevó fundamentalmente a Tierra Santa o a países de Oriente Medio. Incluso en ese deseo de acercarme a los cristianos árabes, aprendí también el árabe. Y de hecho, tengo muchos amigos sacerdotes en Israel, en Palestina, en Jordania, en Siria, en Irak y también el Señor me regaló el poder ir a Sudamérica. Estuve en Perú. Fue bonito ver también la herencia de la fe que ha dejado también España desde finales del siglo XVI.

También pude estar en Calcuta. Para mí fue muy importante, cuando era seminarista, la publicación de las cartas privadas que Santa Teresa de Calcuta dirigía a sus directores espirituales. Así pude conocer más de cerca la labor de las Misioneras de la Caridad y pude estar allí también. Fue una experiencia muy enriquecedora. También el Señor me concedió la gracia de poder viajar a China y a Japón. También a Tanzania, que fue la última experiencia misionera que pude vivir antes de empezar a discernir ya más profundamente, si realmente el Señor me estaría llamando a dejar mi tierra y marchar lejos.

Después de un tiempo, sobre todo con la experiencia misionera en Tanzania que viví, me decidí a hablar con el obispo. El obispo me dio permiso y desde hace dos años y medio pues estoy en Japón. Al final fue una decisión muy sencilla. Era el lugar donde menos cristianos había y donde menos sacerdotes había. Y allí decidí proponerle al obispo que pudiéramos hacer una labor misionera. La diócesis donde yo estoy es la diócesis de Osaka-Takamatsu, y tiene 20 millones de habitantes y, en general, no solo en la diócesis, sino en el país, los católicos son un 0,3% de la población. Así que el 0,3% de 20 millones son alrededor de 50.000 personas.

Lo primero que me encuentro, es la parroquia a la que fui, que es la catedral de Osaka, y me acogieron muy bien. Además, el párroco es un misionero portugués que también habla español y que lleva muchos años allí, que me ha acogido muy bien y con el que tengo muy buena relación. En el trato con la gente al principio no sabía hablar nada y me costaba, pero aún así, la gente hacía un esfuerzo por ayudarme, por hacerme entendible las cosas. He tenido una acogida muy buena desde que llegué.

Empecé a ir a la escuela y he estado dos años yendo a la escuela. Terminé hace tres meses y creo que he aprendido rápido la lengua. A los tres meses de llegar ya empecé a celebrar la misa. Era un poco más complicado que el suajili, porque el suajili se escribe con el alfabeto y el japonés no se escribe con el alfabeto. Tardé un poco más en poder tener soltura a la hora de leer, pero a los tres meses ya empecé a celebrar la misa, empecé a predicar, escribía la homilía y me la corregía un japonés y luego yo la leía. A los seis meses de llegar dije bueno, no puedo estar leyendo la homilía siempre. Así que escribía un esquema y con el esquema iba improvisando y ahora ya puedo improvisar en la homilía e incluso estoy dando charlas sobre la transmisión de la fe en la familia a los adultos en japonés. Estoy una hora hablando japonés.

Se acercan a la parroquia. Algunas personas no bautizadas que tienen curiosidad por el cristianismo y algunos piden el bautismo. Entonces pasan por un proceso catequético y luego reciben la iniciación cristiana, el bautismo, la confirmación y la Eucaristía. No es un proceso sencillo. Todavía no he hecho ningún catecumenado de adultos porque terminé la escuela hace muy poco y mi nivel de japonés tampoco era suficiente. Pero he podido hablar con alguna persona que sí que ha hecho ese camino. Les resulta complicado de entender. A veces, no siempre, les resulta también difícil el tema familiar. En esa fidelidad a la tradición, a las costumbres y a la cultura, que uno ha recibido de su familia que es sintoísta o su familia que es budista, o es budista y sintoísta, decir que se va a bautizar es una traición a la familia. Puede llegar a serlo. Eso a veces lleva consigo problemas. A veces rechazo. He conocido a una mujer que me decía que se había bautizado hace un año, pero que todavía no se lo había dicho a sus padres. Así algún japonés que se ha encontrado con Jesucristo y que verdaderamente quiere seguirlo y verdaderamente le ama, puede descubrir que el lugar en el que ha colocado el trabajo en su corazón no es el lugar que le corresponde, que la manera que tiene de pensar y de vivir el trabajo quizá no es la más adecuada; que el primer lugar le corresponde a Dios; que debajo de Dios están aquellas personas que nos aman y a las que amamos y que a lo mejor luego está ese lugar del trabajo. Si me he encontrado verdaderamente con Jesucristo, si quiero verdaderamente seguirle, si le amo verdaderamente, eso me lleva, a pesar de las dificultades, a anunciarle al que tengo a mi lado, porque es lo mejor que me ha pasado y además tengo la certeza de que no solamente es lo mejor para mí, sino que es lo mejor para él y para ella.

En Japón es muy complicado, más que en España. Recuerdo que don Carlos Osoro, cuando era obispo de Madrid –se lo he escuchado como unas tres veces–, acompañó a una señora que fundó una orden religiosa. Esa mujer, cuando hizo las constituciones de la Orden, quiso explícitamente, porque era una orden que tenía un carisma muy marcado por la pobreza, que en sus constituciones apareciese que la mayor pobreza que puede haber en el mundo es no conocer a Jesucristo. Y sinceramente, así lo creo. Y de las mayores riquezas que pueda haber en el mundo, sino la mayor, la mayor riqueza que puede haber, es conocer verdaderamente a Jesucristo, seguirle verdaderamente y amarle verdaderamente. Desde esa perspectiva hay una pobreza enorme en Japón y que problemas muy serios de la sociedad japonesa como el índice de natalidad tan bajo que tiene, el índice tan alto de suicidios que tiene, especialmente entre los jóvenes, si se conoce verdaderamente a Jesucristo, si se le sigue verdaderamente y se le ama verdaderamente, puede ayudar a dar una esperanza a aquellos que la han perdido en la vida y a incentivar la generosidad y a entender la paternidad y la maternidad como una de las mayores bendiciones que se puede vivir.

Voy haciendo amigos, ya llevo dos años y medio en la parroquia y la gente me va conociendo. Yo voy conociendo a la gente, hago un esfuerzo por estar sentado en el confesionario, que es algo que estrecha los lazos de comunión con la gente y da lugar a relaciones de paternidad espiritual muy bonitas. Y empiezo también a proponer actividades en la parroquia que también fomentan la amistad entre la gente. Así que voy haciendo amistad. De eso tengo varias anécdotas. Una es que cuando yo estaba en la escuela, el 99,9% de mis compañeros eran no bautizados. Y no solo eso, sino que no tenían ni idea del cristianismo. Y un día estábamos hablando en la clase sobre el matrimonio en un pequeño grupo, y había un chico coreano, un chico de Taiwán, un chico de Tailandia, y yo. Entonces todos esos países son de mayoría budista. Y ellos me decían: ¿tú celebras matrimonios? Sí, yo como sacerdote celebro matrimonios. Pero en ese momento pensé que ellos tienen la idea de un sacerdote budista, podríamos decir de un monje budista, que a lo mejor es el que hace también las ceremonias de los entierros, de las bodas y tal. Pero tanto en el sintoísmo como en el budismo, la imagen que se tiene de la figura sacerdotal es de una persona que hace ceremonias. Ya está. Yo les decía: celebro matrimonios, claro, pero también hablo mucho con los matrimonios, acompaño y ayudo a los matrimonios. Cuando pasan por problemas, ellos vienen a hablar conmigo, yo les escucho, Yo les puedo acompañar y ayudar. Y estaban un poco sorprendidos porque la idea que ellos tenían de un sacerdocio, pues era simple y llanamente rituales. Momentos importantes de la vida y punto. Me parece importante el transmitirles que la figura sacerdotal en el cristianismo tiene mucho que ver con el acompañamiento, la escucha y la ayuda.

Efectivamente me siento mucho más cómodo aquí que allí. No solamente por la lengua, sino porque aquí es donde vive mi familia, mis amigos, mis compañeros sacerdotes, porque aquí es donde yo me he formado como sacerdote, con una espiritualidad sacerdotal y una manera pastoral también de ejercer el ministerio. Pero vivo esto como una vocación, con la certeza de que aquello a lo que el Señor me llama es donde se juega la plenitud de mi felicidad. Y para eso, es fundamental la vida de oración. Necesito todos los días ponerme delante del Señor y rezar y dedicar un tiempo largo a la oración. Gracias a eso, creo que cualquier dificultad que pueda tener la vamos solventando.

Una de las cosas que voy descubriendo conforme paso más tiempo fuera de España y también fuera de Madrid, es que tomo más conciencia de la riqueza de la Iglesia en España y de la Iglesia en Madrid, del Tesoro que es la Iglesia aquí en España y en concreto la Diócesis de Madrid. La riqueza de carismas, de realidades eclesiales, de celo por la salvación de las almas, iniciativas misioneras y evangelizadoras. Es un gran tesoro. Que a veces me da la sensación de que los que están aquí están más pendientes de las críticas y de lo que se hace mal, que no de poner de manifiesto el gran tesoro que es. Vas a otros lugares y descubres que, en ese sentido del que he hablado anteriormente, hay una pobreza. Y también por eso tiene sentido la misión en estos lugares. Así que le doy muchas gracias a Dios por la Iglesia de España.

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