Compartir en el desierto la Cuaresma y el Ramadán
- On 16 de febrero de 2026
OMPRESS-PALESTINA (16-02-26) La Misionera Comboniana Lourdes García y sus hermanas de congregación pasaron un día especial en una aldea beduina en Khan al-Ahmar. Las misioneras, volcadas en los niños y sus madres, construyen relaciones de confianza con familias musulmanas, en una misión que se hace día a día. El SIR, el servicio de información religiosa de la Conferencia Episcopal Italiana, ha recogido el testimonio de esta misionera comboniana mexicana, y cómo durante estos encuentros, como en esta ocasión surgen diálogos espontáneos. Se habló de la Cuaresma y el Ramadán. El ayuno cristiano y el islámico se reconocen como caminos orientados a una oración más intensa y la solidaridad con los que menos tienen.
Los niños vivieron un día especial en el desierto, que en esta época empieza a florecer. Forman parte de la guardería comunitaria beduina Mihtawish. Viven en las aldeas de Khan al-Ahmar, al este de Jerusalén, ubicadas en la llamada Zona C de Cisjordania, bajo pleno control civil y militar israelí. La hermana comboniana Lourdes García, quien, junto con otras hermanas misioneras, trabaja a diario desde hace años en proyectos de educación, atención médica y apoyo para mujeres y niños beduinos, relató esta experiencia a SIR. “Nuestro compromiso”, explica, “se centra en construir relaciones de confianza con estas familias, todas musulmanas. Intentamos estar cerca de ellas, escuchando sus historias y respondiendo a sus necesidades. Una de ellas es el aprendizaje y la alfabetización de los niños”. Para ello, las religiosas apoyan cinco jardines de infancia beduinos, enseñando a los niños a leer y escribir, brindándoles asistencia y un entorno seguro.
“Este año, los días de lluvia han sido pocos pero intensos, y ahora la tierra árida comienza a florecer tímidamente, como si celebrara la vida en silencio”, dice la misionera. Con la llegada del buen tiempo, las maestras del jardín de infancia del pueblo sugirieron la caminata anual por el desierto. “Fue una petición que llegó con antelación, dado que el viaje al desierto suele tener lugar en primavera, no en invierno”, explica la hermana Lourdes. “Además, el 17 de febrero marca el comienzo del Ramadán, así que una fecha más adecuada habría sido después de su finalización, el 19 de marzo”. De nada sirvió, “el entusiasmo contagioso y la impaciencia de las madres… y los profesores nos animaron a salir sin esperar”, explica la hermana comboniana. “El clima es precioso, así que, llamadas por el desierto, partimos”. Este fue el segundo año que las madres de los niños participaron en el viaje.
“Mientras caminábamos”, revela la hermana Lourdes, “me dijeron, con sonrisas y complicidad, lo felices que estaban de salir, de vivir al menos un día diferente: un día sin lavar, sin cocinar, sin tareas domésticas. Un día para respirar. Por eso, este año decidieron hacer algo especial: comprar comida para el viaje. Dijeron: Queremos que este día también sea un día de descanso y relajación. Y así fue”.
El día transcurrió caminando, cantando, jugando y bailando, y las madres se divirtieron tanto como los niños. El desierto fue testigo de risas, pasos lentos, miradas de agradecimiento y un descanso que no siempre pueden permitirse. “Durante el viaje”, añade la hermana Lourdes, “surgió un momento sencillo pero profundo de compartir. Hablamos sobre cómo vivimos la Cuaresma, nuestra forma de ayunar, las diferencias y también las similitudes con el Ramadán. Juntas, llegamos a una conclusión que nos unió: El tiempo de ayuno nos lleva a un tiempo de oración más intenso y, por lo tanto, a una relación más cercana con Dios; un ayuno ofrecido también por quienes no lo tienen. Mientras hablábamos, escuché susurros sorprendidos: los cristianos también tienen un tiempo casi como el nuestro, dijeron las mujeres. Al final del viaje”, concluye, “regresé a casa con el corazón lleno. Agradecida a Dios por estos momentos sencillos pero profundamente sagrados de encuentro, diálogo interreligioso, respeto y humanidad compartida. En el silencio del desierto, Dios me recordó una vez más que la misión se construye en la vida diaria: caminando juntas, escuchándonos, compartiendo la vida con respeto. Donde hay encuentro, cuidado y fraternidad, Él ya está obrando”.

