El misionero César Caro, administrador apostólico del Vicariato San José del Amazonas

  • On 9 de febrero de 2026

OMPRESS-ROMA (9-02-26) La Nunciatura Apostólica en Perú confirmaba que el Papa León XIV ha nombrado al padre César Luis Caro Puértolas, como Administrador Apostólico ad nutum Sanctae Sedis del Vicariato San José del Amazonas, tras la renuncia por motivos por salud de Monseñor José Javier Travieso. Nacido en Mérida, España, en 1970, fue ordenado sacerdote en el año 2000. Tras varios años de servicio pastoral como párroco en comunidades rurales de Mérida-Badajoz se hizo realidad su deseo de partir a la misión en 2014, cuando fue enviado a Perú, a la parroquia de Rodríguez de Mendoza, en la diócesis de Chachapoyas. Desde febrero de 2017 es misionero en el Vicariato San José del Amazonas, iniciando su servicio en el puesto de misión de Islandia, a orillas del río Yavarí. En marzo de 2020 fue nombrado vicario general y trasladado a Indiana, donde también ejerció como párroco. Desde febrero de 2022, reside en la sede administrativa del Vicariato, en Punchana-Iquitos.

Iglesia en Camino, la publicación semanal de la archidiócesis de Mérida-Badajoz, publicaba su testimonio sobre la audiencia con el Papa León XIV, el pasado 26 de enero:

“Estoy sentado en una estancia contigua a la Sala Clementina, en el Palacio Apostólico, ciudad del Vaticano, Roma. El silencio está apenas ribeteado por pasos lejanos y algunas tenues voces, tras las puertas ante mí. Respiro. La emoción que siento planea entre el asombro, la gratitud y sí, algo de nervios: en unos instantes voy a tener un encuentro personal con el papa León XIV.

Todavía no me lo creo: ¡me va a recibir el Papa en audiencia privada! ¿Cómo es posible? Si a eso solo acceden los cardenales, obispos, jefes de estado, embajadores, María Corina Machado y gente importante… Pues la explicación es simple: mi obispo, Mons. Javier Travieso, había solicitado audiencia y se la habían concedido el 26 de enero a las 9 de la mañana. Como él no pudo ir a Roma a la visita ad limina de los obispos del Perú, yo le reemplacé; y también en esta audiencia, a la que me permitieron ir en su lugar. El Papa mostró una gran generosidad en acoger a este pichiruchi.

Así que acá estoy, esperando nomás a que me digan que pase. La ceremonia de la audiencia exige una etiqueta que al parecer yo no cumplo: el Monseñor asistente me hace notar que no llevo sotana. Le explico que en mi selva no tanto la usamos por el calor, y al ver que hablo español, se relaja –es argentino–, conversamos y me apaciguo.

Por fin se abre la puerta y paso. Detrás está León, le estrecho la mano, me coloco a su lado y el fotógrafo nos saca varias fotos. Luego le entrego su regalo, un pequeño bufeo en madera de palisangre, un pedacito de Amazonía. Le llamo ‘Papa León’ y en seguida nos quedamos solos, sentados a ambos lados de su escritorio. Le expreso el saludo de muchas personas: mi obispo, los misioneros del Vicariato, mi familia, las agustinas de la avenida Brasil, las carmelitas de Fuente de Cantos, y tantísima gente que me ha encargado dar un abrazo al Papa de su parte. Cuando le he mencionado la reclamación por mi indumentaria: ‘No te preocupes, son las cosas de acá’.

‘¿Y cómo está Mons. Javier?’ –me dice. A partir de ahí, yo hablo mucho y él escucha mucho, intercalando de vez en cuando alguna pregunta. Y le cuento la situación del Vicariato y la Amazonía, los problemas que sufrimos (las economías ilegales, la deforestación, la pobreza extrema, las violaciones de los derechos humanos, la invasión de las dragas, etc.), cómo tratamos de acompañar a los pueblos indígenas, las necesidades que tenemos, que nos faltan misioneros, que la economía es inestable, las distancias enormes…

Así es este hombre: discreto, silencioso, prudente, experto en escuchar. Me pregunta acerca de mí: de dónde soy, si soy religioso o diocesano, cuántos años llevo en el Vicariato y en el Perú, en qué lugares he trabajado… Su mirada clara, apacible, perspicaz. Le recuerdo que nos conocimos en Indiana, algunas de las historias que van saliendo le arrancan sonrisas, y en un momento dado, a algo que yo digo él responde con un ‘Madre mía’. Jeje.

Sigo platicando hasta que de pronto me doy cuenta de que no le he preguntado cómo se encuentra él. – ‘¿Y usted cómo está?’ – ‘¿Tú cómo me ves?’ – ‘Yo le veo bastante bien; tranquilo’ – ‘Sí, estoy tranquilo. Casi cada día hago la oración de Juan XXIII, ¿la conoces? Dice: Señor, yo me voy a dormir. La Iglesia es tuya; cuida Tú de ella. Y duermo’.

El tiempo (¡25 minutos!) se ha pasado volando, me he sentido muy cómodo, sereno y confiado, he abierto mi corazón con total sinceridad. Antes de entrar, notaba a mi mamá sosegándome; al salir, también estaba ella, como aroma de satisfacción y felicidad. Y yo conmocionado, abrumado, agradecido, estremecido, maravillado.

El argentino se despidió: ‘Misionero, tiene usted una vocación muy bonita’. Cierto. Y es tuya, Señor. Cuida de ella. Así fue el lunes 26 de enero de 2026, un día que no olvidaré el resto de mi vida. Gracias, gracias, gracias”.

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