OMPRESS-MONGOLIA (17-06-21) La hermana Lucía Bortolomasi, es una misionera de la Consolata que ha pasado 14 años en misión en Mongolia. En una entrevista concedida a las Obras Misionales Pontificias cuenta su vocación y el vivir como misionera en un país tan distinto por cultura y tradición. Ahora acaba de comenzar un periodo de servicio en la Dirección General del Instituto, en Nepi, Italia, en la Casa Generalicia de las misioneras que fundara el beato José Allamano.

P Sor Lucía comencemos por el principio: ¿cómo y cuándo se manifestó su vocación a la vida religiosa?

Tras terminar mis estudios y mientras trabajaba en una escuela infantil, dedicaba mi tiempo libre a varios servicios de la parroquia con el grupo de jóvenes y en otras mil actividades más. Sentía dentro de mí el deseo de entregarme a los demás, experimentaba que había recibido tanto de Dios, una familia que me amaba, la posibilidad de haber estudiado, encontrado un trabajo, un montón de amigos con los que compartía los mismos intereses, me encantaba el deporte, en fin, lo tenía todo en la vida, era muy feliz en la vida, pero seguía sintiendo dentro de mí que todo esto no me bastaba… me preguntaba cómo podía darle un verdadero sentido a mi vida. El Señor puso a mi lado a personas que me ayudaron a reflexionar, orar y descubrir que tal vez Dios no quería las mil cosas que seguía haciendo sino que deseaba el don de mi vida gastada para Él y para los demás.

P ¿Por qué misionera de la Consolata?

En mi pueblo estaban los Misioneros de la Consolata, con el grupo de jóvenes hacíamos muchas actividades con ellos y yo había experimentado su entusiasmo por la misión, en ir a los pueblos que nunca habían conocido al Señor. Esta alegría suya me había interpelando haciéndome pensar que yo también podía irme y anunciar a este Dios que ha venido para todos. Mientras tanto había conocido a una hermana misionera de la Consolata que había vuelto de Tanzania y poco después había muerto e inmediatamente me dije que iría en su lugar para ser misionera de la Consolata y a los pocos meses entré en el Instituto.

P Partes como misionera a Mongolia y junto a otras hermanas y hermanos fundaste la primera misión de tu congregación en este país asiático. ¿Cuándo tuvo lugar la fundación, cuántos eran ustedes, dónde vivían?

Participar en la apertura de una nueva misión es sin duda una gracia, un don gratuito. Así lo vivimos cuando en 2003 llegamos a Mongolia, misioneras y misioneros de la Consolata, juntos para un nuevo comienzo. Tras unos meses de conocimiento y preparación en el verano de 2003, tres misioneras y dos misioneros partieron hacia Ulán Bator. Una fuerte sensación de depender completamente de la Providencia: unos días antes de llegar todavía no sabíamos en dónde íbamos a vivir.

Al llegar, una bienvenida fraterna de la pequeña comunidad misionera de Mongolia; pero también el sentirse inmediatamente catapultados a un mundo completamente diferente, del que no teníamos las coordenadas para descifrarlo. Y así nos sumergimos en la nueva realidad, confiando en Dios y contando con la verdadera fraternidad, mucha reflexión juntos y mucha oración, para sostener el discernimiento que se requería cada día.

El primer paso fue el estudio del idioma. Para nosotros esto significó pasar tres años enteros en la escuela, volver a ser niños y derramar lágrimas de adultos, dada la complejidad del idioma mongol. Para recordarte que eres una extranjera no hay que esforzarse: la realidad a cada paso te lo echa en cara y te das cuenta de que solo la bondad de esta geste nos permite vivir en su país. Internet en los primeros años era un espejismo, vivíamos mucho el alejamiento de nuestros familiares y amigos. Pero quizás fue una ayuda para tratar de construir relaciones de verdadera fraternidad entre nosotros, para redescubrir a un Dios cercano, presente, que guía y fortalece tu vida. Mongolia nos ha obligado a enfrentarnos constantemente a nosotros mismos. Todo esto es muy fatigoso de vivir pero es una gracia que ha cambiado y enriquecido nuestras vidas.

Poco a poco te adentras en esa cultura, comienzas a reconocer sus valores fundamentales y esto te da la fuerza para seguir quedándote. Descubres que la misión es gratuita, aprendes que solo el amor de Dios hace que te quedes en ese lugar y que es normal que así sea, de lo contrario empezarías a pensar que eres el protagonista. Pero no y es una gracia: los mongoles vivieron muy bien incluso antes de tu llegada y seguirán haciéndolo después de que te vayas o hayas dado tu vida en su tierra, pero el Espíritu quiere servirse también de ti, con toda la carga de fragilidad que llevas contigo, para manifestar el rostro misericordioso de Dios. Estamos acostumbrados a pensar la misión en términos de hacer-hacer; la realidad de Mongolia nos enseña que lo importante es estar ahí, estar presente en medio de ese pueblo.

P ¿Cómo se recibió el primer “anuncio”?

Convertirse en cristiano en un país budista no es fácil. Al menos no es nada obvio, de hecho, a menudo representa una razón de aislamiento social. Es precisamente por el testimonio de estas personas que los misioneros nos sentimos enriquecidos y ayudados a crecer en el seguimiento de Cristo. Acompañar la fe naciente de las personas que hacen este camino requiere de nosotros la máxima seriedad y profundidad, es una experiencia única, es un don íntimamente ligado a la vocación ad gentes. Es presenciar el milagro continuo de la Gracia. Cada día nos damos cuenta de que la misión es de Dios, que es Él quien toca los corazones y que somos simples instrumentos en sus manos.

P Un encuentro, una persona, un rostro que se te ha quedado grabado.

He grabado en mi corazón muchos rostros, muchos encuentros, pero me gustaría contarles la historia de Oghi, una de las primeras mujeres que conocí cuando llegué a Mongolia. Una mujer que nació sin manos ni piernas debido a un medicamento que tomó su madre durante su embarazo. Una mujer valiente y emprendedora que nunca se ha encerrado en sí misma, sino que ha hecho de su vida un regalo para los demás. Con una determinación fuera de lo común, logró independizarse: vive sola y es capaz de realizar prácticamente todas las acciones cotidianas de cualquier persona, a pesar de tener solo dos muñones en lugar de manos y prótesis en lugar de piernas. Acogió con gran entusiasmo la fe en Cristo, como una experiencia de libertad aún más profunda, la de sentirse hija amada de Dios. Y su oración siempre rebosa de alabanza y agradecimiento por el don de la vida.

P Hoy la misión en Mongolia continúa y uno de sus hermanos de congregación, el padre Giorgio Marengo, también pionero de esta misión, es ahora obispo en este país: ¿cuántos son ahora y cómo está estructurado?

La misión en Mongolia avanza con entusiasmo, son cuatro misioneros y siete misioneras divididos en dos presencias, una en la capital, al norte de la gran periferia urbana, en un barrio bastante difícil por los problemas sociales y la marginación, donde se desarrolla un servicio social; y presencia en Arvaiheer, a 400 km de la capital, en la que se acompaña a la pequeña comunidad cristiana y nos involucramos en una humanización integral.

En 2014 se dieron los primeros pasos en el campo del diálogo interreligioso en Karakórum, la antigua capital del inmenso imperio mongol, cuna del budismo local y lugar simbólico en la historia de este país. Aquí, se están estableciendo relaciones de amistad y colaboración con las autoridades locales. Estos contactos han abierto las puertas a una presencia muy pequeña y discreta, centrada en el diálogo y la búsqueda; hoy la “Casa de la Amistad” es un pequeño centro de encuentro e intercambio, donde aún no existe una comunidad estable, pero que nos permite seguir varias iniciativas desde la no lejana Arvaiheer.

Nos sentimos honrados de que el Papa haya nombrado a uno de nosotros, al P. Giorgio Marengo, para ser el guía de la pequeña Iglesia en Mongolia y deseamos de todo corazón hacerle sentir nuestra cercanía y la certeza de que caminamos con él.

P Hermana Lucía, extraña Mongolia, ¿cree que volverá tarde o temprano?

Extraño muchísimo Mongolia, vivir la misión en aquella tierra del cielo azul ha sido para mí un hermoso regalo de Dios, una gran riqueza para mi vida, por la que nunca dejaré de dar gracias. Espero que, después de estos años de servicio interno al Instituto, pueda volver con el pueblo de Mongolia, a quien amo con todo mi corazón. Y que me ha ayudado a vivir las cosas esenciales de la vida y a dejar todo lo que no es importante. Un proverbio mongol lo dice de forma muy poética: “las nubes pasan, el cielo permanece”.

P ¿Cuál crees que es el desafío más urgente para un misionero?

La misión vivida en Mongolia me ha marcado profundamente, me desenterró, me ha socavado, desquiciando mis seguridades humanas para dejar más lugar a la humildad y a la Gracia. Creo que uno de los desafíos más urgentes para una misionera es dejarse cambiar el corazón, dejar caer todas las propias certezas y dejar espacio a Dios para poder acercarnos a la gente con el mismo amor con el que experimentamos ser amados por Él y ser esa simple y pequeña presencia de consuelo en medio del pueblo al que somos enviados.