OMPRESS-MOZAMBIQUE (4-05-22) La hermana Carla Mora, misionera en Mozambique, cuenta cómo vive que, dice, “es bella y vale la pena cuando se entrega al servicio de los más pobres y abandonados”. La misma vida que han llevado muchas misioneras combonianas en el siglo y medio de su fundación que se cumple este año.

“Soy Carla Mora, de Costa Rica y escribo desde Mozambique, donde me encuentro, por la Gracia de Dios desde hace casi 15 años, prestando mi servicio a Dios como misionera en esta tierra.

Cuando era muy joven movida por Dios decidí seguir a Jesús como hermana Misionera Comboniana en el espíritu y el carisma de Daniel Comboni, un hombre apasionado por Dios y por la misión. Su ejemplo fue un gran motivo de inspiración que me guio y me condujo hasta hoy. Abrazar esta vida no ha sido fácil porque, como ustedes saben, seguir a Jesús implica renuncia, adhesión, fidelidad y sobre todo fe en Él que me llamó. Como hermana vivo mi vocación a luz de la siguiente frase: ‘Tú me sedujiste, Señor y yo me deje seducir’ (Jr 20, 7). Digo esto porque vivo a disposición de Jesús, a pesar de mis fragilidades y debilidades intento dejarme guiar por su voz y por lo que Él quiere de mí. Es una fuerza interior difícil de explicar pero que a mí me ayuda cada día a donarme generosamente con alegría y amor.

Mi vocación como Misionera Comboniana en Mozambique ha estado marcada por varios momentos unos buenos y otros no tan buenos pero que, con Jesús, adquieren un sentido o significado diferente. Lo que caracteriza mi vida como misionera a lo largo de estos años es el servicio y entrega a las personas que encuentro en el hospital, como también el trabajo pastoral en la parroquia de Mangunde, concretamente con los jóvenes que viven en los internados por motivos de estudio. Además soy enfermera obstetra y esto lo considero un gran don que Jesús me ha hecho, porque a través de esta profesión he podido llegar donde nunca imaginé y con la ayuda de Dios hacer cosas que nunca pensé. Me gusta mucho lo que hago y aquí soy feliz. Sí, soy feliz en mi trabajo, con mis compañeros y con los pacientes que me encuentro todos los días. En ellos veo la esperanza de este pueblo. Cada día que vivo confirmo lo grandes y admirables que son su fuerza, capacidad y tenacidad para hacerle frente a la vida. Reconozco en ellos la presencia de Dios y me siento invitada a transmitirles ese mismo amor que yo recibí y recibo cada día.

Lo que vivo por aquí es que nuestra vida está en manos de Dios. El trabajo que yo realizo es, en la mayoría de los casos, ayudando a las mujeres en el momento del parto, ayudando a los bebés a nacer. ¡Y os digo de verdad que aquí presenciamos realmente milagros! No tenemos todas las condiciones necesarias para ayudar a los bebés y las madres… a veces las situaciones se pueden volver dramáticas, pero otras veces tocamos la mano de Dios que nos asiste. A nuestro hospital también llegan enfermos de SIDA o tuberculosos, a veces en malas condiciones, pero con la medicación muchos se salvan.

Jesús dijo a sus discípulos… ‘Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos’ (Jn 15, 13). Yo vivo y hago experiencia de estas palabras; ellas están conmigo siempre en cada momento del día o de la noche, dan fuerza y motivación a mi ser hermana misionera y enfermera, estando disponible a las necesidades de las personas que Jesús puso a mi lado y, sobre todo, de los enfermos y de las mujeres que van a dar a luz.

Nuestra vida es bella y vale la pena cuando se entrega al servicio de los más pobres y abandonados. Hoy hago también mías las palabras de Daniel Comboni: ‘El día y la noche, el sol y la lluvia, me hallarán igualmente y siempre atento a vuestras necesidades espirituales; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el anciano, el amo y el criado, siempre tendrán el mismo acceso a mi corazón. Vuestro bien será el mío y vuestras penas también serán las mías. Yo acepto hacer causa común con cada uno de vosotros, y el más feliz de mis días será aquel en que pueda dar la vida por vosotros’”.