OMPRESS-BURUNDI (19-04-22) El padre Kosema Masei, nacido en Futuna, una isla del sur del Pacífico, es uno de los padres maristas que, tras 23 años de ausencia, ha abierto la nueva misión de su congregación en Burundi. La terrible situación que atravesó el país en los años noventa les obligó a abandonarlo.

La primera etapa de la presencia marista en Burundi se remonta al año 1967, cinco años después de la independencia del país. El pionero de esta etapa fue el padre Paolo Treccani, proveniente de Brescia, Italia. Se instaló en la parroquia de Mivo, en la diócesis de Ngozi, al norte del país, y fue párroco y animador de vocaciones durante varias décadas. Las Misioneras Maristas ya estaban presentes en Burundi, con fundaciones en Rwarangabo, también en la diócesis de Ngozi, y en el centro de esta ciudad. La segunda ola de la llegada de los Padres Maristas data de 1990, con el P. Alain Forissier y, en 1994, con el P. Xavier Bechetoille. Durante los años 1993 a 1998 el país atravesó una crisis sociopolítica sin precedentes que puso en peligro la seguridad de millares de ciudadanos y que obligó a los padres a abandonar el país.

Aquellos misioneros marcaron a los cristianos de Burundi por su vida sencilla y la apertura a todos sin excepción. Paolo Treccani abandonó el país en 1996 mientras que Alain y Xavier lo harían en 1998, dejando tras de sí fraternidades Maristas, el Centro Juvenil “Wallis” y a muchos jóvenes del Instituto Tanganyika, donde daban clases y llevaban adelante su labor pastoral entre profesores y alumnos. En febrero de 2021, la congregación decidió volver a Burundi. Y así, el 12 de septiembre del pasado año, fiesta patronal de la Sociedad de María, se establecía una nueva comunidad marista en San José de Musaga, en la ciudad de Bujumbura. La comunidad la conforman el padre Kosema Masei, junto a los sacerdotes africanos Déo Bararishize y Modeste Azounéde. El padre Masei cuenta los inicios de este retorno de la Sociedad de María al corazón de África:

“Soy un padre marista originario de la isla de Futuna (Oceanía) el lugar donde murió martirizado san Pedro Chanel y estoy viviendo mi segundo año en África. Empecé en Yaundé (Camerún) en septiembre del 2020. No puedo esconder que la enorme distancia que separa el continente africano de Oceanía se hace sentir de cuando en cuando, pero ya era consciente de esta realidad antes de venir aquí. Somos tres maristas en la comunidad de San José de Musaga (Bujumbura), que había sido cerrada hacia el final de los años noventa. Antes de llegar a África ya me imaginaba que sufriría un ‘choque cultural’ tanto a nivel del modo de vida como de la lengua o del clima, todo tan diferente de lo que yo había vivido hasta ahora.

Tomo como ejemplo la lengua. El año pasado en Yaundé no sufrí mucho pues todos hablaban el francés o el inglés, lenguas que yo domino bastante bien, pero aquí en Bujumbura tengo que aprender el Kirundi que es la lengua hablada pro la mayoría de la gente. Esto no es fácil, pero comprendo que es importante para nuestra misión y hago un esfuerzo suplementario.

En Oceanía y particularmente en las islas en que ya he trabajado como sacerdote, o antes como seminarista, la presencia de la policía o el ejército haciendo controles en las carreteras, muestra bien que hay problemas. Aquí en Burundi es lo mismo. Esto da una imagen de un país frágil, cosa cierta después de todo lo que ha sufrido a lo largo de su historia. En Bujumbura estamos en un barrio conocido por la violencia y otras cosas negativas. Los jóvenes de hoy han nacido y crecido durante el periodo de crisis, lo cual les ha llevado a refugiarse en el alcohol, la droga y otros. Nosotros queremos aportar nuestra contribución marista para ayudar a estos jóvenes de Musaga. Para ello necesitaríamos de la ayuda económica de nuestros bienhechores. El dinero siempre es un desafío en cierto sentido. Un misionero no africano, es para la gente, un hombre rico. Y es que nuestros hermanos anteriores eran europeos y recibían ayuda económica de sus familias y amigos. Pero nosotros somos dos africanos y uno de Oceanía y el Distrito de África carece de recursos suficientes para ayudarnos en los proyectos sociales y educativos.

Pero como todo reto, esto nos pide ser pacientes y perseverantes. Confío en que, Dios mediante, con la ayuda de los amigos bienhechores podremos responder mejor a la misión entre estas gentes pobres y necesitadas.

Termino diciendo que, a pesar de la penuria y los retos de que he hablado, estoy contento de la experiencia vivida en Yaundé y de lo que estoy viviendo aquí en Bujumbura. La reapertura de esta comunidad después de veintitrés años manifiesta bien que el Distrito de los Padres Maristas de África tiene dinamismo y coraje. Y todo esto a pesar de la pandemia que estamos viviendo cada día”.