OMPRESS-ETIOPÍA (14-03-22) Es lo que afirman los obispos etíopes en un comunicado hecho público la semana pasada. “Desde el día que estalló la guerra, la Iglesia Católica en Etiopía no ha permanecido en silencio. La Iglesia ha emitido constantemente declaraciones públicas denunciando la guerra, la pérdida de vidas, el desplazamiento, la destrucción de bienes materiales y todas las consecuencias de la guerra”. Y es que los obispos no han dejado de elevar su voz ante el conflicto que estallaba en noviembre de 2020 en la región Tigray, en la frontera con Sudán y Eritrea. La guerra no ha parado desde entonces, ha provocado la pérdida de muchas vidas, miles de personas se han visto obligadas a huir de sus hogares y tierras para buscar seguridad, y ha causado una inmensa destrucción.

“Como obispos, hemos expresado en reiteradas ocasiones nuestro dolor al ver a la gente sufrir, quedarse sin alimentos”, por lo que la Iglesia de Etiopía se ha movilizado, junto a las Iglesias hermanas de otras partes del mundo, para ayudar a las poblaciones afectadas por la guerra en los estados de “Tigray, Amhara, Oromia, Afar y Benishangul Gumuz, proporcionando alimentos y artículos de primera necesidad”.

Pero advertían que “si la guerra no es eliminada de la historia de Etiopía por nosotros, los etíopes, será la guerra la que nos sacará de la historia”, y renovaban su llamamiento “a todas las partes implicadas en el conflicto de nuestro país para que abandonen las armas” e inicien un verdadero diálogo “por el interés de la gente, para permitirles vivir en paz”.

El pasado 7 de marzo la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, afirmó que seguía “recibiendo denuncias de violaciones graves y masivas de los derechos humanos en el marco del conflicto que azota a la regiones de Afar y Amhara, así como en Tigray”. Según la funcionaria de la ONU, entre el 22 de noviembre y el 28 de febrero, más de 300 civiles fueron asesinados en una serie de bombardeos aéreos en el norte del país.