Desde pequeño, José tuvo un gran amor a Jesús. Fue un hombre muy listo que, de niño, aprendió muy pronto a leer y escribir y, de mayor, dio a muchos la oportunidad de estudiar. Por eso hoy, además de ser santo, es el patrón de los maestros y de las escuelas cristianas.

José de Calasanz creció en un pueblo de Huesca con sus padres y sus siete hermanos. No es raro que, en alguien como él, que ya en el colegio recitaba de memoria las poesías a la Virgen que le enseñaba su madre y que quería tanto a Jesús, pronto naciera el deseo de ser sacerdote. Su padre, al principio, se opuso; pero José enfermó y sólo se curó cuando al fin le dio permiso para cumplir su sueño.

Siendo un niño tan listo, al que le gustaba estudiar, tampoco es extraño que quisiera seguir aprendiendo, incluso después de ser sacerdote. José hizo un doctorado en Barcelona y luego viajó a Roma con la esperanza de obtener más títulos y regresar a España con más “prestigio”. Pero en la capital de Italia… Dios le tenía preparada una sorpresa.

En aquella época, por las calles de Roma se veían muchos niños pobres deambulando sin tener nada que hacer ni a nadie que se ocupara de ellos. José se dio cuenta de que Dios no le había hecho sacerdote para tener muchas carreras o que le consideraran alguien importante, sino para ayudar al que sufre.

Un día, visitando la parroquia de santa Dorotea en el barrio del Trastevere, se quedó muy sorprendido. Vio que el párroco no se conformaba con enseñar a los niños el Catecismo un día a la semana, sino que tenía una escuelita donde todos los días les enseñaba a leer y contar, sin cobrarles nada.

Se le ocurrió que él también podría reorganizar la asociación de difusión del Catecismo a la que pertenecía, para crear en ella una pequeña escuelita donde los niños aprendieran a querer a Jesús, pero también a estudiar. Por aquel entonces, sólo iban a la escuela las personas adineradas, por eso esta escuela sería gratuita y abierta a cualquier niño, especialmente a los pobres. La llamó “Escuela pía”, porque “pía” significaba entonces “gratuita”. Así fue como el padre José comenzó a romper moldes.

Resultó ser un maestro estupendo. Estaba convencido de que era más importante prevenir que curar, así que desarrolló un método de enseñanza “preventivo”. Enseñaba a los niños el bien y la verdad y, si alguno hacía algo malo, en lugar de castigarle, le invitaba a confesarse; sabía que el poder de la gracia de Dios era la corrección más eficaz porque cambiaba el corazón, mientras que el castigo rara vez lo conseguía.

Con el tiempo, el padre José fue creando una comunidad de maestros que querían a los niños tanto como les quería él. Pero, como los pobres no estaban solo en Roma, sino en todo el mundo, los seguidores de Calasanz se hicieron misioneros y fundaron escuelas gratuitas en muchos países.

Pronto vinieron dificultades. Algunos les acusaron de falsedades y llegaron a convencer al Papa Inocencio X de que suprimiera la “obra Calasancia”. El padre José, que ya era un anciano de 91 años, aceptó con humildad la voluntad del Papa diciendo, como el santo Job: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó”. Y alentaba a sus compañeros diciéndoles: “Dejemos obrar a Dios”.

Y Dios lo hizo realmente bien, porque al final las cosas se solucionaron y la Congregación de los Escolapios pudo continuar con su obra. El mismo Papa que casi la disuelve, envió su bendición al padre José antes de morir e inició el proceso por el que llegaría a ser declarado santo.

Calasanz y Galileo

Nuestro misionerísimo fue amigo de sabios como Galileo, el gran físico matemático –no muy bien mirado por la Iglesia en aquella época-. Cuando Calasanz supo de su ceguera, dio permiso a dos sacerdotes para servir a Galileo como secretarios personales. Así, los “calasancios” y el genio se transmitieron mutuamente el amor por el saber y el servir.

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