OMPRESS-UCRANIA (28-02-22) “La gente de Járkov ha estado viviendo con miedo, ansiedad y pánico desde el comienzo de la guerra”, dice Mons. Vasyl Tuchapets, exarca de Járkov de la Iglesia greco-católica ucraniana. “Se esconden incluso cuando no hay peligro real”. En declaraciones publicadas ayer por SIR, la agencia de noticias de la Conferencia Episcopal Italiana, explicaba que “estamos en el cuarto día de la guerra en Ucrania y la situación en Járkov es particularmente peligrosa”, dice el obispo. Esta ciudad es muy importante para Ucrania y está geográficamente cerca de la frontera rusa, que está a unos 30 kilómetros de aquí. Desde el primer día, las tropas rusas ya estaban en las afueras de Járkov. “Como Iglesia, no dejamos de orar todos los días. Celebramos la Santa Liturgia todos los días y todos pueden participar en ella. Aquellos que no puedan participar físicamente, participan a través de transmisiones online. En este momento, la presencia de la Iglesia es muy necesaria. Las confesiones, las conversaciones espirituales ayudan a las personas a salir de un estado de crisis psicológica”.

En todo el país, donde es posible, las iglesias permanecen abiertas para acoger a las personas. También en Járkov – dice Mons. Tuchapets – “nuestra iglesia siempre está abierta. La gente puede esconderse aquí durante los ataques o bombardeos. También contamos con un templo interno, donde es posible mantenerse a salvo en momentos de alta presión”. “Nuestra Iglesia aquí trata de ayudar espiritualmente a las personas, apoyarlas y ayudarlas durante la guerra para preservar la paz interior y la esperanza no para ellos mismos sino para Dios. Para mantener la fe en Dios”, continúa el obispo. “Los sacerdotes de nuestro Exarcado celebran hoy la Santa Liturgia en los templos abiertos”.

El Papa Francisco, ayer en el Ángelus, insistía en pedir la paz, como ha hecho de palabra y obra en la última semana: “En estos días hemos sido turbados por algo trágico: la guerra. Numerosas veces hemos rezado para que no se emprendiera este camino. No dejemos de orar, es más, supliquemos a Dios con mayor intensidad. Por eso renuevo a todos la invitación a vivir el 2 de marzo, Miércoles de Ceniza, un día de oración y ayuno por la paz en Ucrania; una jornada para estar cerca de los sufrimientos del pueblo ucraniano, para sentirnos todos hermanos e implorar a Dios el final de la guerra. Quien hace la guerra olvida a la humanidad. No parte de la gente, no mira la vida concreta de las personas, sino que antepone a todo los intereses de parte y de poder. Confía en la lógica diabólica y perversa de las armas, que es la más alejada de la voluntad de Dios. Y se distancia de la gente común, que desea la paz, y que en todo conflicto es -la gente común- la verdadera víctima que paga sobre su propia piel las locuras de la guerra. Pienso en los ancianos, en cuantos buscan refugio en estas horas, en las mamás que huyen con sus niños… Son hermanos y hermanas para los que es urgente abrir corredores humanitarios y que deben ser acogidos”.

El superior general de los misioneros redentoristas, el padre Michael Brehl, C.Ss.R., comunicaba que tanto los religiosos como las Hermanas Misioneras del Santísimo Redentor, “permanecen cerca de las personas entre las que servimos y, de hecho, están recibiendo refugiados en nuestros hogares e iglesias para compartir lo que podamos con ellos. Estos refugiados incluyen tanto a niños como a personas mayores”. Y señalaba, como ocurre con todo lo que está ocurriendo en Ucrania, que “la situación es muy inestable y cambia hora a hora”.