UNA ASPIRACIÓN PRECIOSA

 

Sergio Requena (CEE)

Luis Manuel Suárez (CONFER)

Ana Cristina Ocaña (CEDIS)

José María Calderón (OMP)

Cada año tiene un “color” particular. Cada año, la Iglesia nos ayuda a percibir matices nuevos en nuestro seguimiento al Señor. Este 2022 la Iglesia está inmersa en un proceso precioso y profundo de sinodalidad. Así lo ha propuesto el papa Francisco para todas las comunidades cristianas, y así lo hemos recogido todas las Iglesias particulares e instituciones eclesiales. Por otro lado, no podemos olvidarnos de que estamos celebrando un Año Santo Compostelano y de que todos somos invitados a hacer ese camino de fe, al encuentro del Señor, con la mirada puesta en la meta.

Estas dos pautas nos han animado a elegir el lema “Deja tu huella, sé testigo” para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebra junto con la Jornada de Vocaciones Nativas. Las instituciones que preparamos estas jornadas (el departamento de Pastoral Vocacional de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios de la Conferencia Episcopal Española, el Área de Pastoral Juvenil Vocacional de la Conferencia Española de Religiosos, el departamento homólogo de la Conferencia Española de Institutos Seculares y las Obras Misionales Pontificias de España) nos unimos así a ambas propuestas de la Iglesia.

Al convocar este proceso sinodal, Francisco quiere que cada cristiano tome conciencia de su responsabilidad en y con la Iglesia. Los jóvenes, que están haciendo su camino, su proceso de vida, discerniendo lo que Dios quiere de ellos, deben saberse también parte de la Iglesia que peregrina por este mundo. Y se les pide que dejen huella, que no se conformen con subirse al carro, sino que se pongan a trabajar y a hacer de esa Iglesia —que es suya, que es de todos— un verdadero instrumento de salvación para los jóvenes de hoy. Que su vida no sea estéril, sino que iluminen con la luz de su fe y de su entrega el camino por el que avanzan. Así encenderán las sendas de nuestra tierra con el fuego del amor de Cristo que llevan en sus corazones.

Este Sínodo va a ser una oportunidad, si la sabemos aprovechar, para que descubramos que la Iglesia es lo que es también gracias a cada una, a cada uno de nosotros. Que Dios necesita que la vida de fe de cada uno de los bautizados —también, y quizás de modo particular, de cada uno de los jóvenes— vaya construyendo los caminos por donde debe ir avanzando. “Deja tu huella, sé testigo” es una llamada de atención sobre el hecho de que tu vida, tu esfuerzo, tu oración, tu deseo de ser santo y de ser apóstol no es indiferente: ¡la Iglesia depende de ti!

Hay otra circunstancia que motivará a muchos jóvenes a ponerse en camino este verano: el Año Santo Compostelano. La peregrinación a Santiago es una hermosa experiencia de fe, en la que se nos invita a poner la mirada a lo lejos, en el horizonte, para descubrir la presencia de Dios en el camino y aspirar a alcanzar la meta de la santidad. Ese camino —a veces arduo, que nos exige salir de nosotros mismos y nos permite, también, ser apoyo de nuestros hermanos— es el que cada cristiano ha de seguir. En él tendremos que descubrir qué es lo que Dios nos está pidiendo y poner a prueba nuestras fuerzas y nuestra capacidad de fiarnos de Él y de su cuidado. La vida cristiana es una vida vocacional, en la que cada uno debe ser capaz de enfrentarse consigo mismo y tomar decisiones fundamentales, profundas, que llenen el corazón y el alma, que dejen huella y nos hagan testigos de un amor más grande.

Sabernos parte de la Iglesia y protagonistas de su vida, ir caminando por este mundo hacia la meta, buscando el querer de Dios sobre cada uno de nosotros, es un proceso precioso y, en ocasiones, doloroso, porque hay que poner esfuerzo, renunciar a otras posibilidades, abandonar nuestras seguridades y, sobre todo, nuestra autosuficiencia, para fiarnos de Dios. Pero siempre vale la pena, porque somos conscientes de que, con Dios, ¡lo mejor está por llegar!

“Deja tu huella, sé testigo” es una aspiración preciosa para un joven creyente. Nos hace conscientes de que la Iglesia no es el grupo de amigos que se reúnen en la parroquia, en un movimiento o en una asociación. La Iglesia está extendida por todo el mundo, y mi aportación ha de llegar a todos los que seguimos a Cristo, estén donde estén. Por eso es lógico y bello que, a nuestra oración por las vocaciones en este Domingo del Buen Pastor, unamos también nuestra oración y nuestra ayuda para que los jóvenes de los territorios de misión, donde la Iglesia está todavía empezando, esos jóvenes que se plantean lo mismo que nosotros —dejar huella, ser testigos de Cristo y de su amor—, puedan cumplir con lo que Dios les está pidiendo. ¡Esto es ser Iglesia! ¡Esto es vivir en sinodalidad! Todos dependemos unos de otros y todos nos necesitamos, porque formamos un solo cuerpo, una sola familia.