POR PROPIA EXPERIENCIA

José María Calderón

Director de OMP en España

No hace mucho, en una entrevista, don Luis Arguello, obispo auxiliar de Valladolid y secretario general de la Conferencia Episcopal Española, decía que “se ha producido un repliegue por parte de los católicos”. Y planteaba que quizá esto fuera “el resultado de una inercia en la manera de vivir la fe”, refugiados “en el rincón de la privatización confortable” o “en la plaza del testimonio de unos valores compartidos con nuestros conciudadanos, pero sin presentar su fuente”. Así, incluso podríamos estar “renunciando a una propuesta cristiana, al pensar que la fe ofrece «motivación» o sentido para vivir, pero no un pensamiento y formas de vida propias”.

Pues sí: los cristianos, conscientes de la situación de injusticia, egoísmo y hedonismo en la que vivimos, nos hemos implicado en mostrar que la justicia, la armonía, la compasión, la solidaridad, la fraternidad, el perdón… no son nubes que pasan, y que son posibles y alcanzables. Es verdad, eso es lo que el Señor nos ha pedido cuando nos ha entregado las bienaventuranzas o nos ha enseñado a rezar el padrenuestro. Pero ¿no hemos dejado un poco de lado a Dios? ¿No hemos dado por hecho la presencia de Jesús, sin preocuparnos de su proclamación?

Sí, los valores del Reino son importantes, los valores del Evangelio son nuestra carta de presentación; pero ¿nos hemos olvidado de Quién nos los ha entregado? Como Juan Pablo II nos decía en Redemptoris missio, 44, “el anuncio tiene la prioridad permanente en la misión”; y recordaba a este propósito a otro Papa santo, Pablo VI: “La evangelización debe contener siempre una clara proclamación de que en Jesucristo se ofrece la salvación a todos los hombres” (Evangelii nuntiandi, 27).

La evangelización no es una simple transmisión de valores ni de conocimientos; no es una cuestión ideológica, ni se trata de un mero transformar las cosas porque nos parecen mejores. La evangelización nace de una experiencia personal, de un encuentro con Cristo, como repetía con frecuencia Benedicto XVI. El misionero lleva a los otros la relación personal que cambió su vida cuando dejó que Jesús formara parte de su corazón y de su ser. La evangelización es el deseo del encuentro de los hombres con Aquel que puede salvarles y hacerles nuevos. Ese encuentro es tan grande, tan “tumbativo”, que es capaz de transformar, no solo a la persona que lo tiene, sino a la sociedad en la que vive.

Por eso, el Domund de este año 2021 es una propuesta de volver a la raíz de nuestro ser misionero: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Del encuentro personal nace esa expresión de los apóstoles en el libro de los Hechos. El evangelizador es la persona que se ha dejado tocar por el dedo amoroso de Dios, capaz de reconstruir lo que en su vida estaba destruido. El misionero es aquel que ha reconocido a su Señor al partir el Pan y no puede, no quiere vivir ya sin gustarlo. El apóstol de Cristo es quien ha descubierto que Jesús es ese tesoro escondido, esa perla preciosa, ese amigo, compañero de viaje, por el que vale la pena dejarlo todo y entregarse. Sí, ellos entienden que no pueden dejar de hablar de lo que el Señor ha sido capaz de hacer en sus vidas.

Así podemos verlo en los evangelios. Al comienzo de la vida pública del Señor, cuando los apóstoles le conocían, invitaban a otros a tener también ese encuentro. No les contaban grandes discursos, no les hablaban de grandes propuestas. “¡Ven y verás!” era la invitación que hacían a sus amigos. Juan y Andrés le conocieron así (Jn 1,39), Felipe invita de este modo a Natanael (Jn 1,46)… “¡Venid y veréis!”. Sí, la evangelización es ayudar a que los hombres tengan ese encuentro con Dios, esa experiencia de compartir con Él la vida, los dones, la alegría, ¡la cruz!

Será por eso por lo que san Pablo VI hablaba de que hoy hacen falta más testigos. Será por eso, también, por lo que a quienes entregan la vida por Cristo, hasta derramar su sangre, ¡les llamamos “mártires”!, es decir, “testigos”. A los jóvenes, a los niños, a los que se preparan para los sacramentos, a los que nos oyen a los sacerdotes sermones muy emocionantes, hay que transmitirles el encuentro con el Señor, el que cambió nuestra vida, el que ha cambiado la sociedad y el que cambiará la vida de quienes nos escuchan y aguantan.

La misión no es otra cosa: ofrecer a los hombres, a la sociedad, a las culturas, el encuentro con el Señor de la historia y con el que es para todos… ¡amor!