OMPRESS-ROMA (30-06-21) En la solemnidad de San Pedro y San Pablo, el Papa recordaba ayer a “estos dos testigos de la fe”, que en el centro de sus vidas no estuvieron “sus capacidades”, sino “el encuentro con Cristo”, que los convirtió en apóstoles y ministros de liberación para los demás. El Papa Francisco lo resumía en un tuit que envió ayer por esta red social: “Pedro y Pablo no creyeron de boquilla, sino con obras. Pedro no habló de misión, era pescador de hombres, Pablo no escribió libros cultos, sino cartas vividas, mientras viajaba y daba testimonio”.

Palabras de su alocución en el ángelus de ayer, que centró en la respuesta a la pregunta del Evangelio “Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?”. El Papa Francisco señalaba que al Señor no le interesan las opiniones que tenemos de Él, “le interesa nuestro amor, si él está en nuestro corazón”. Pedro y Pablo se convirtieron en testigos porque dieron “el paso de la opinión a tener a Jesús en el corazón”. Pedro y Pablo “no eran admiradores, sino imitadores de Jesús. No eran espectadores, sino protagonistas del Evangelio. No creyeron de palabra, sino con obras. Pedro no habló de misión, vivió la misión, era pescador de hombres; Pablo no escribió libros cultos, sino cartas vividas, mientras viajaba y daba testimonio. Ambos gastaron su vida por el Señor y por sus hermanos. Y nos provocan. Porque corremos el riesgo de quedarnos en la primera pregunta: dar pareceres y opiniones, tener grandes ideas y decir bonitas palabras, pero nunca jugándonosla. Y Jesús quiere que nos la juguemos. ¡Cuántas veces, por ejemplo, decimos que nos gustaría una Iglesia más fiel al Evangelio, más cercana a la gente, más profética y misionera, pero luego, en la práctica, no hacemos nada! Es triste ver que muchos hablan, comentan y debaten, pero pocos dan testimonio. Los testigos no se pierden en palabras, sino que dan frutos. Los testigos no se quejan de los demás ni del mundo, empiezan por sí mismos. Nos recuerdan que Dios no ha de ser demostrado, sino mostrado, con el proprio testimonio; no anunciado con proclamas, sino testimoniado con el ejemplo. Esto se llama poner la vida en juego”.

En la homilía de la Misa, en la que, como es tradición, entregó el palio a los nuevos arzobispos metropolitanos de todo el mundo, explicaba que “la Iglesia mira a estos dos gigantes de la fe y ve a dos Apóstoles que liberaron la fuerza del Evangelio en el mundo, sólo porque antes fueron liberados por su encuentro con Cristo. Él no los juzgó, no los humilló, sino que compartió su vida con afecto y cercanía, apoyándolos con su propia oración y a veces reprendiéndolos para moverlos a que cambiaran. A Pedro, Jesús le dice con ternura: «He rogado por ti para que no pierdas tu fe» (Lc 22,32), a Pablo le pregunta: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4). Jesús hace lo mismo con nosotros: nos asegura su cercanía rezando por nosotros e intercediendo ante el Padre, y nos reprende con dulzura cuando nos equivocamos, para que podamos encontrar la fuerza de levantarnos y reanudar el camino”.