OMPRESS-ROMA (15-09-21) El 15 de septiembre de 1952 fallecía el fundador de una de las cuatro Obras que integran las Obras Misionales Pontificias. Misionero en Birmania, fue uno de los grandes inspiradores de la toma de conciencia de la llamada universal de la misión: todos, obispos, sacerdotes o fieles bautizados son responsables de la misión.

Antes de ordenarse sacerdote, tras leer la revista “Le Missioni Cattoliche”, actualmente “Mundo y Misión”, en 1891 entró en el Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras y fue ordenado sacerdote en 1895. Partió hacia el este de Birmania, pero no pudo resistir ese clima tan húmedo y el calor-frío. Al igual que otros miembros de su familia, enfermó de tuberculosis. En 1905 regresó a Italia y se declaró “un misionero fracasado”. Peregrinó a Lourdes para pedir a la Virgen no la sanación sino enamorarse de Jesús para entregar toda su vida a la difusión del Reino de Dios. En 1909 Manna fue nombrado director de “Le Missioni Cattoliche”, la revista que había inspirado su vocación misionera. Desde este cargo de animación misionera promueve iniciativas como las “celadoras misioneras”, que en cada diócesis y parroquia promoverán en Italia las Obras de la Propagación de la Fe y de la Santa Infancia, que aún no eran pontificias. En 1916 Paolo Manna fundaba la Unión Misional del Clero, con la aprobación del Papa Benedicto XV, y en 1919 la revista “Italia Misionera” para las vocaciones misioneras. Estableció además “círculos misioneros” en los seminarios diocesanos, de los que procedían numerosas vocaciones para las misiones. En 1942 escribió “Los hermanos separados y nosotros”, que sacudió a la Iglesia italiana. En 1950, dos años antes de su muerte, escribió “Nuestras Iglesias y la propagación del Evangelio – Para la solución del problema misionero”, que inspiró la encíclica “Fidei Donum” (1957) del Papa Pío XII, que abría el camino de las misiones al clero diocesano. Manna afirma que todos los obispos y sacerdotes, los fieles bautizados, son responsables de la misión entre los no cristianos; el anuncio de Cristo no puede confiarse únicamente a las órdenes religiosas y a los institutos misioneros: “Movilicemos y organicemos a toda la Iglesia hacia las misiones; hagamos del apostolado para la difusión del Evangelio un deber de todos los que creen en Cristo”. El volumen propone que se creen “seminarios misioneros en todas las provincias eclesiásticas” para enviar a las misiones sacerdotes diocesanos y laicos.

En 1924 Manna fue elegido Superior General del PIME, cargo que ocupó hasta 1934: en 1927 partió para un largo viaje en las misiones y en casi dos años visitó una decena de países de Asia, Oceanía y Norteamérica, quedando impresionado por cómo las misiones, en ese momento, estaban casi aisladas de la vida de los pueblos; se contentaban con cuidar de los pobres y marginados, pero no tenían ninguna influencia sobre las clases cultas y las políticas nacionales. Por ello escribió un pro memoria provocativo a Propaganda Fide, “Observaciones sobre el método moderno de evangelización”; pide cambios revolucionarios en el “método de evangelización”: rechazar el occidentalismo, liberarse de la protección interesada de las potencias occidentales, educar a los sacerdotes locales según programas distintos de los utilizados en Occidente; fomentar una mayor participación de los indígenas al sacerdocio en las misiones, apoyar la misión de los catequistas, especialmente donde faltan sacerdotes; eliminar cualquier compromiso con el dinero y cualquier fe en el poder de los medios materiales.

Para la fundación de la Unión Misional contó con la ayuda decisiva de San Guido Maria Conforti, arzobispo de Parma y fundador de los misioneros javerianos, tiene como objetivo inflamar a los sacerdotes con el amor de Cristo y luego “encender en todo el pueblo cristiano una gran llama de celo apostólico por la conversión del mundo”. “La solución al problema misionero”, escribía, “está en el clero: si los sacerdotes son misioneros, el pueblo cristiano también lo será; si los sacerdotes no viven la pasión de llevar a Cristo a todos los hombres, el mundo cristiano no podrá hacer milagros… El espíritu misionero es ante todo una gran pasión por Jesucristo y su Iglesia”.