Hace 25 años, Antonia Estrada (82 años) fundó la “Casa de los niños” (en ucraniano “Dim Ditey”), una guardería y un centro ecuménico de niños, para ofrecer actividades después de la escuela. Por ella han pasado miles de niños ucranianos de diversos credos hasta el jueves 24 de febrero. “A las 5:30 me llama Nastia, mi compañera de trabajo, diciéndome que están bombardeando al lado de su casa”, explica María Mayo, una zamorana de 72 años que ha pasado 10 años en la misión en Ucrania. “Enseguida bajan mis hermanas diciéndome que ha llamado el cónsul, advirtiendo de que ha cambiado completamente la situación, que no nos podemos quedar, que sí o sí hay que salir”, explica.

Por su parte, Antonia se puso a recoger a toda prisa la capilla. “Allí me encontré que teníamos muchas Eucaristías consagradas. Y me digo: ‘¡Dios mío! ¿Qué hago? No podemos consumir todo esto”, explica. Así que decidió envolver las formas con sumo cuidado y llevarlas con ellas. “Jesús nos acompañó sacramentalmente todo el camino”.

A partir de ahí comenzó lo que ellas denominan como un éxodo: llegaron a la embajada, donde había mucha confusión –había 137 españoles registrados, pero después aparecieron más de 300-. “La embajada ha hecho todos los esfuerzos por coger a inscritos y no inscritos”, explican. “Su trabajo ha sido impecable”. Las misioneras también destacan la labor de coordinación desde el Ministerio de Exteriores, y de la embajadora Silvia Cortés, a quien califican de “heroína”.

 

Éxodo a la frontera

Fue un viaje muy duro. Lo definen como “el camino con las botas puestas”, ya que desde el jueves hasta el domingo no se las pudieron quitar. Viajaron por caminos secundarios, a veces tenían que parar en los arcenes para dejar pasar ambulancias con heridos y material bélico; tuvieron que parar en un hospital para que le hicieran un catéter a uno de los miembros del convoy español… A veces tenían que dar una vuelta, o ir hacia atrás. “Uno puede pensar que los Geos se han equivocado, y no es así”, explica esta misionera, que no es la primera vez que se encuentra en una situación similar. “Estos policías se han portado maravillosamente”, explica María.

En el camino también han visto mucha solidaridad: en los parques la gente de los pueblos había puesto unas mesas para que los refugiados pudieran tomar algo caliente. “Hay gestos de buena voluntad de la gente común y corriente que somos todos, y ahí veías que somos hijos de Dios en camino, sin saber de guerras, buscando la paz”, afirma María.

A la inquietud de no quitarse de la mente a “sus niños” de Kiev, se sumaron las dificultades del viaje y las propias de la edad. Sin embargo, estas misioneras reconocen con dolor que ellas han sido unas privilegiadas. “Se me partía el alma de ver que yo podía salir y ver toda la gente que estaba allí esperando… Salimos como privilegiados –insiste- solo por ser europeos”, explica Antonia. A pesar de ir con todo el apoyo de la policía y de la embajada, tardaron más de 7 horas en cruzar la frontera, llena de gente. “Lucas, un niño de 6 años que viajaba con nosotras le dice a su padre: ‘¿pero habrá autobuses para todos?’… Imagina el dolor, porque nosotros sabíamos que no habrá autobuses para todos”.

 

Desgarro al abandonar la misión

“Quiero estar en Kiev, pero no puedo”, dice María con lágrimas en los ojos. “La embajada llevaba mucho tiempo diciéndonos que había que salir, pero siempre nos resistimos porque nunca hemos salido de la misión en ninguna parte”, explica. Curiosamente, estas tres misioneras vivieron juntas muchos años en República Democrática del Congo antes de Ucrania, y allí llegaron a vivir dos evacuaciones. En aquel entonces, las religiosas facilitaron refugio en la misión a los extranjeros de la zona, y coordinaron con los Geos la evacuación, pero ellas decidieron quedarse. Allí conocieron a Pelayo, el mismo Geo que se ha encargado de esta evacuación en Ucrania.

Sin embargo, esta vez se han visto obligadas a salir del país. “A nosotras nos han sacado yo creo que por lástima, por viejitas, ¿entiendes?”, explica María. “Queremos volver, pero no queremos ser una rémora”. Ambas misioneras explican que están en permanente contacto con las familias en Kiev, que por ahora se encuentran bien. Antonia y María afirman con contundencia que por ellas regresarían “ahora mismo”, aunque por ahora se conforman con ayudar desde aquí, coordinando posibles apoyos a los refugiados.

“Todos queremos la libertad y la paz de Ucrania”, afirma María. “Y también de todos los lugares del mundo donde hay tantas guerras encalladas de las que no se habla”.