OMPRESS-PAPÚA-NUEVA GUINEA (21-03-22) La hermana Adelaida se ocupa de la catequesis de los niños de familias que sobrevivieron al tsunami de 1998 y que todavía hoy viven hoy en campos de reasentamiento. Las Obras Misionales Pontificias llevan dos años trabajando con esta hermana y su comunidad, de la congregación filipina de Catequistas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús.

La gran mayoría de los habitantes de Papúa Nueva Guinea son cristianos. Los católicos, la denominación cristiana más numerosa, representan el 27% de los habitantes del país. La evangelización comenzó en 1882, con la llegada de tres Misioneros del Sagrado Corazón a la isla de Matupit. Es en una de las diócesis de Papúa, en Vanimo, junto al mar en el noreste del país, donde desarrollan su labor las hermanas, y fue aquí donde, en la tarde del 16 de julio de 1998, se sintió un terremoto de magnitud 7 y donde, poco después, una ola de más de 15 metros de altura golpeó la costa y se llevó aldeas, hogares y vidas. Dejó tras de sí 2.183 muertos, 500 desaparecidos y casi 10.000 personas sin hogar. 22 años después de la tragedia, muchas familias aún viven en campamentos y aldeas de reasentamiento, muchas veces en la mayor pobreza. Estas familias son objeto de especial atención por parte de la diócesis de Vanimo y los niños reciben catequesis y ayuda material y educativa de las hermanas.

Las Obras Misionales Pontificias de Francia han entrevistado a la hermana Adelaida de Lumen, que ha contado cómo llegó en 2016 a esta misión en Papúa Nueva Guinea: “Por supuesto, me contaron muchas historias de miedo sobre este país – es el país de los caníbales – pero a través de la oración, el Espíritu Santo me dio la fuerza para vencer mis miedos. Siempre mantengo la fe porque el Señor, que es el ‘dueño de la viña’, ¡siempre viene en ayuda de sus trabajadores! Rezo y espero que un día los niños a mi cargo se conviertan a su vez en misioneros, como debe serlo todo bautizado, y que se conviertan en fieles defensores de la fe católica en sus pueblos y comunidades. También espero que comprendan verdaderamente lo que significa compartir”. Y es que los niños del campo al que va a ayudar la hermana, el Banana Camp, son miembros de Infancia Misionera y se movilizan regularmente para orar y ayudarse unos a otros con pequeñas colectas.

La hermana se dirigió a las Obras Misionales Pontificias para poder ofrecer a cada niño una Biblia, “porque la Palabra de Dios es fundamental para crecer en la fe”, un rosario para que aprendan a rezar y lápices para que puedan expresarse. Con la ayuda de la Infancia Misionera, también pudo poner en marcha un pequeño programa de alimentos para aliviar también otras necesidades. ¡En resumen, estos niños necesitaban alimento espiritual tanto como alimento material!