OMPRESS-MADRID (7-03-22) Valentín García, Misionero Comboniano en Perú, escribe desde la periferia de Arequipa, reflexionando sobre la situación del país, tras la pandemia, y la importancia de la labor de los misioneros entre los “preferidos” de Dios.

“Llegué a Perú por primera vez a los 28 años y mi trabajo misionero en este país ha sido en dos periodos, alternados con un periodo de 11 años en Chile; en total 34 años en este continente americano. Después de bastantes años en la animación misionera, actualmente me encuentro en la pastoral en la periferia de la ciudad de Arequipa, en una zona de mucha inmigración procedente de los departamentos vecinos. En los meses más fuertes de la pandemia del coronavirus en Perú, la situación nos obligó a parar casi todas nuestras actividades pastorales presenciales, pero pudimos seguir con casi todos los actos litúrgicos on line, al igual que la mayoría de las parroquias y entidades religiosas aquí en Perú.

Esta situación de pandemia ha causado grandes estragos y mucho dolor especialmente en estos países, como Perú, que no estaban preparados para una enfermedad como esta, donde la precariedad, la informalidad y la pobreza causaron muchas muertes y con mucho dolor. Realmente a uno se le cae el alma a los pies, cuando vemos, in situ, la extrema pobreza y el sufrimiento de la gente por sobrevivir en medio de esta situación de pobreza que se agravó en los meses más duros de la pandemia.

Los últimos, ‘los descartados’, como los llama Francisco, deben ser ahora, con mayor motivo, los preferidos de los misioneros, especialmente de los misioneros ad gentes. Ante esta situación nueva de mayor pobreza que se está viviendo en Perú, pienso que nosotros los misioneros, debemos dar un paso adelante para reorientar nuestras actividades pastorales y nuestro compromiso de ayuda a todas esas gentes que lo han perdido casi todo: el empleo, los ahorros… y muchos viven de la solidaridad de los buenos cristianos y de organizaciones como Caritas, las diócesis y otras. Muchos se vieron obligados a regresar a sus lugares de origen en la sierra o en la selva buscando la sobrevivencia. Allí no encontraron mejor situación económica, solamente el reencuentro con algunos familiares.

En Perú, que ha celebrado año 2021 el bicentenario de su independencia, las perspectivas de mejor bienestar y de reducción de la pobreza que se habían trazado, parece que han quedado estancadas o en retroceso, sobre todo ahora en la incertidumbre política por la que está atravesando el país. Al final los que pierden son siempre los mismos: los pobres y los últimos.

Yo, personalmente pienso, que nosotros los misioneros tenemos un reto de mayor solidaridad con estos países de misión que intentan salir adelante, pero la situación interna no les deja. Ojalá que nuestra presencia siga siendo un servicio a la misión de la Iglesia con los más necesitados de Dios y de una vida más digna”.