OMPRESS-VITORIA (6-10-21) Es lo que apunta Mons. Juan Carlos Elizalde, Obispo de Vitoria, una diócesis “eminentemente misionera”, en la carta dirigida a los fieles vitorianos con motivo de la Jornada del Domund del próximo 24 de octubre, que une Eucaristía y misión, ofrecimiento y envío.

“La misión responde a una dinámica eucarística. La Eucaristía dominical, centro y culmen de la comunidad cristiana, obedece a este esquema: convocados, saciados y enviados. Una persona enviada en misión, antes ha sido convocada y antes ha sido saciada de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre.

1.- Convocados. El Señor nos convoca, toma la iniciativa y se encuentra con nosotros personal y comunitariamente. Así lo expresa el papa Francisco en el mensaje de este año que iré citando: ‘La historia de la evangelización comienza con una búsqueda apasionada del Señor que llama y quiere entablar con cada persona, allí donde se encuentra, un diálogo de amistad. Los apóstoles son los primeros en dar cuenta de eso, hasta recuerdan el día y la hora en que fueron encontrados: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1, 39). La amistad con el Señor, verlo curar a los enfermos, comer con los pecadores, alimentar a los hambrientos, acercarse a los excluidos, tocar a los impuros, identificarse con los necesitados, invitar a las bienaventuranzas, enseñar de una manera nueva y llena de autoridad, deja una huella imborrable, capaz de suscitar el asombro, y una alegría expansiva y gratuita que no se puede contener.’ n. 2 La misión es una consecuencia: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20) La Eucaristía y más la Eucaristía de cada domingo, nos hace tomar conciencia de que pertenecemos a un pueblo que es la Iglesia y de que nos convoca el Señor que tiene algo que decirnos. No hay misioneros ni misioneras sin la Eucaristía. La seducción, el atractivo del Señor y de su Palabra es previo a la misión.

2.- Saciados. Somos saciados con su Palabra, con su Cuerpo y con su Sangre. Su Palabra responde a las necesidades de nuestro corazón porque ‘La Palabra se hizo Carne.’ Juan 1. La Palabra es para ti y la Palabra habla de ti. La Eucaristía es el lugar donde más resuena su Palabra en la comunidad cristiana. ‘Pero nosotros «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor, pues no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús» (2 Co 4, 5). Por eso sentimos resonar en nuestras comunidades y hogares la Palabra de vida que se hace eco en nuestros corazones y nos dice: «No está aquí: ¡ha resucitado!» (Lc 24, 6); Palabra de esperanza que rompe todo determinismo y, para aquellos que se dejan tocar, regala la libertad y la audacia necesarias para ponerse de pie y buscar creativamente todas las maneras posibles de vivir la compasión, ese ‘sacramental’ de la cercanía de Dios con nosotros que no abandona a nadie al borde del camino.’ Mensaje papa Francisco n. 6. En este curso pastoral nuestra Diócesis estrena la segunda línea de acción de su Plan de Evangelización: ‘La transmisión del mensaje de Jesús. Un pueblo que evangeliza.’ La Eucaristía y la Eucaristía dominical es el momento y el foro privilegiado de la Palabra. El pueblo, la comunidad, se vertebran desde la Palabra en la Eucaristía. Ahí fueron seducidos nuestros misioneros y misioneras. Y la Palabra que se proclama, se adensa de tal forma que se hace Cuerpo y Sangre en la Mesa Eucarística. Nuestros misioneros y misioneras se siguen alimentando de esta mesa. Sólo porque de ahí surge su fuerza, pueden perseverar en Misiones. Y sólo si nosotros nos alimentamos de ahí podemos ser misioneros en nuestras dificultades. ‘En este tiempo de pandemia, ante la tentación de enmascarar y justificar la indiferencia y la apatía en nombre del sano distanciamiento social, urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un lugar de encuentro, de cuidado y de promoción. «Lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20), la misericordia con la que hemos sido tratados, se transforma en el punto de referencia y de credibilidad que nos permite recuperar la pasión compartida por crear una comunidad de pertenencia y solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes.’

3.- Enviados. Así termina la Eucaristía: podéis ir en paz. La Eucaristía culmina en misión, envío y comunicación de nuestra experiencia. ‘Al igual que los apóstoles y los primeros cristianos, también nosotros decimos con todas nuestras fuerzas: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Todo lo que hemos recibido, todo lo que el Señor nos ha ido concediendo, nos lo ha regalado para que lo pongamos en juego y se lo regalemos gratuitamente a los demás. Como los apóstoles que han visto, oído y tocado la salvación de Jesús, así nosotros hoy podemos palpar la carne sufriente y gloriosa de Cristo en la historia de cada día y animarnos a compartir con todos un destino de esperanza, esa nota indiscutible que nace de sabernos acompañados por el Señor. Los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos: la misión evangelizadora de la Iglesia expresa su implicación total y pública en la transformación del mundo y en la custodia de la creación.’ n.7.

El envío misionero no es un apéndice optativo para algunos cristianos: es sello de identidad evangélica. ‘Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: «Ella existe para evangelizar» (S. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14). Nuestra vida de fe se debilita, pierde profecía y capacidad de asombro y gratitud en el aislamiento personal o encerrándose en pequeños grupos; por su propia dinámica exige una creciente apertura capaz de llegar y abrazar a todos. Los primeros cristianos, lejos de ser seducidos para recluirse en una élite, fueron atraídos por el Señor y por la vida nueva que ofrecía para ir entre las gentes y testimoniar lo que habían visto y oído: el Reino de Dios está cerca.’ n.8 Nuestros misioneros y misioneras han sido enviados desde la Eucaristía. Sin ella tampoco nosotros somos misioneros. Perteneceríamos solo a una ONG como dice machaconamente el Papa.

Nuestra Diócesis es eminentemente misionera. Son cientos los diocesanos laicos, sacerdotes, consagrados, religiosos y religiosas, que viven la misión lejos de las fronteras de la Diócesis, dispersos en los cincos continentes. Hay un signo reciente muy esperanzador. Tres sacerdotes en estos cuatro últimos años, dos de ellos en estos últimos meses, se han reincorporado a Misiones Diocesanas Vascas en Ecuador, a la diócesis de Portoviejo. Juan Ramón Etxebarría y José Antonio Chávarri en San Isidro y JuantxoDonés en Cojimíes, están prolongando nuestra Diócesis. Desde aquí somos misioneros con ellos. Y no sólo metafóricamente. Hay un puente tendido para intercambiar misioneros laicos, consagrados y sacerdotes; y también jóvenes, maduros o mayores. ‘En la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra cada año el penúltimo domingo de octubre, recordamos agradecidamente a todas esas personas que, con su testimonio de vida, nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y alegres del Evangelio. Recordamos especialmente a quienes fueron capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición. Contemplar su testimonio misionero nos anima a ser valientes y a pedir con insistencia «al dueño que envíe trabajadores para su cosecha» (Lc 10, 2), porque somos conscientes de que la vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión.’ A la Virgen de Estíbaliz, a la Virgen Blanca, le encomendamos la misión en nuestra tierra y hasta los confines del mundo. A Santa Josefa y al Beato Pedro de Asúa, nuestras vocaciones misioneras. Y a todos mi afecto y mi bendición”.