Hay una frase: “de tal palo, tal astilla”, que explica cómo hay hijos que se parecen mucho a sus padres. Y la familia de Luis Martin y Celia Guerin son un buen ejemplo de ello. Eran tan buenos, que sus hijas Marie, Pauline, Celine, Leonie y Teresa quisieron imitarles, sobre todo, en su amor a Jesús. La más pequeña acabaría siendo santa Teresita del Niño Jesús, patrona de las Misiones y sus padres se convertirían en los santos Luis y Celia, el primer matrimonio canonizado el mismo día.

De jóvenes, cuando todavía no se conocían, Luis y Celia habían pensado ser religiosos. Pero Dios tenía otros planes; quería que formaran una familia santa, como la de Jesús, en Nazaret. Y así fue como un día Luis y Celia salieron a pasear cada uno por su lado. Cruzando un puente, se conocieron, se enamoraron y, al poco tiempo… ¡se casaron!

Él era relojero y ella una excelente bordadora; tuvo tanto éxito haciendo bordados en su ciudad de Alençon, que Luis dejó su trabajo para ayudarla en la pequeña empresa que juntos regentaban en esa ciudad francesa.

La vida del matrimonio transcurría feliz entre el trabajo, el cuidado de los hijos que iban naciendo, la oración y su amor a los pobres. El éxito de la empresa de bordados no les había vuelto egoístas, sino al contrario: compartían lo que tenían con los pobres, a quienes trataban como uno más de la familia. Una vez que Celia paseaba con sus hijas, le pidió a un mendigo que bendijera a sus hijas; y se arrodillaron ante él como si fuera Jesús mismo.

Luis y Celia se querían mucho, y no podían estar el uno sin el otro. Por eso, cuando Celia se puso enferma, Luis lo pasó muy mal. Celia se preguntaba: ¿Cómo se arreglará Luis con las niñas cuando yo ya no esté? Al final, se dio cuenta de que lo mejor era confiar en el Señor. Tiempo después, una de sus hijas dijo que su madre debía estar muy contenta en el cielo, viendo cómo su padre dirigía tan bien “la barca” de la familia.

Tras la muerte de Celia, Luis y sus hijas fueron a vivir a “Les Buissonnets”, una bonita casa con jardín, cerca de Lisieux. La vida seguía su curso y las niñas continuaban estudiando. Igual que cuando vivía su madre, el domingo era el día más esperado de la semana. Por la mañana, todos iban a Misa, y por la tarde Luis solía hacer imitaciones cómicas para sus hijas. Otras veces, iba a pescar o a dar paseos por el campo y terminaban el día junto a una imagen de la Virgen para dar gracias.

Luis y Celia querían tanto a Jesús, que para sus hijas era natural hacerlo. Una vez, Teresita regaló a su padre un poema que decía: “Quiero imitarte, papaíto”. Y es que sus hijas pensaban: “si papá y mamá han sido tan buenos, ¿cómo será el Padre Dios?”. Poco a poco fueron descubriéndolo y las cinco quisieron entregarle toda su vida siendo monjas.

Luis apoyó a sus hijas y, aunque le costó tener que separarse de ellas, quería que fueran felices. Así que él mismo acompañó a tres de ellas hasta la puerta del convento; las otras dos esperaron un tiempo para poder cuidar de él cuando enfermó.

Luis había dicho una vez que para ir al cielo había que “sufrir algo por Jesús”. Tal vez eso le ayudó a afrontar la enfermedad que le llevaría primero a una silla de ruedas y, al final, afectaría también su mente. Fue una dura prueba para él y sus hijas, pero el “trampolín” definitivo para que Luis llegara al cielo y se reuniera de nuevo con su querida esposa.

Luis y Celia siempre quisieron ser una familia misionera. Inscribieron a cada una de sus hijas en la Infancia Misionera. Además, cada año daban un donativo para las misiones y soñaban con tener un hijo misionero. Aunque eso no pudo ser, su hija Teresita, la más pequeña, además de santa, sería nombrada patrona mundial de las Misiones.