OMPRESS-LA RIOJA (24-09-21) Josefina Martínez Canovas es una Misionera de Nuestra Señora de África, las conocidas Hermanas Blancas. Con 49 años “bregando” en la misión, ha participado en Logroño en una actividad denominada “Biblioteca Humana”, en la que ha presentado su “libro”. Se trata de un espacio en el que vecinos y vecinas de Logroño, de diferentes orígenes y culturas ofrecen su historia de vida como libros abiertos. La idea, explica la misionera, es compartir vivencias personales durante 15 minutos, con varias personas, para romper estereotipos, acercar realidades y mejorar la convivencia a través del dialogo. Se busca favorecer el encuentro y el conocimiento mutuo como herramienta para desmontar prejuicios. Como pasa con los libros, las bibliotecas humanas nos enseñan que a las personas no hay que juzgarlas solo por su portada. La actividad, se realizó en la plaza del Ayuntamiento de Logroño el pasado 4 de septiembre y, el “libro” de Josefina llevaba como título: “A la búsqueda de una vida plena”:

“Siempre he pensado que la vida es el mayor regalo que recibimos. Desde mi adolescencia he estado habitada por el deseo de tener una vida útil, que sirviera, que dejara poso. Yo no quería pasar por la vida así, sin más. Al mismo tiempo me hacía muchas preguntas: ¿Cómo hacer para que mi vida sea útil y deje trazas? ¿Por qué y para qué vivimos? ¿Cómo encontrar el sentido de la vida? Miraba a la sociedad y veía mucha superficialidad. Estaban los que triunfan y los que se quedan al borde del camino. ¿Debía haber dos clases de personas? Me preguntaba: ¿Es que los valores que la sociedad nos presenta lo son realmente?

A los 18 años, me hablaron de un encuentro de jóvenes católicas que duraría 5 días. En aquellos tiempos yo trabajaba y estudiaba. Mi patrón no estaba de acuerdo que me ausentara porque había trabajo, viendo que yo insistía me dijo que si participaba a ese encuentro perdería mi puesto. Yo le dije que iba a participar. Este encuentro fue determinante en mi vida. Tuve el gran don de descubrir a Jesús como alguien personal y cercano que me amaba y caminaba conmigo. Para El yo era única, así como cada persona a mi alrededor. A partir de esta experiencia, mi vida cambio, se llenó de sentido y nació el deseo de compartir con los demás la riqueza recibida. Tres años más tarde, acabé mis estudios y entré en las Hermanas Blancas, misioneras de África para empezar la formación y ser enviada a África.

Primer amor: el Congo Democrático, Kalemie en el Katanga. Recuerdo la impresión que viví al poner mis pies en el país. A mi llegada a Lubumbashi hicimos escala de una noche y fui alojada en el colegio de los Salesianos. Mi habitación daba sobre un gran patio de recreo. Abrí la ventana y mis ojos se quedaron atónitos al ver una masa de alumnos todos negros. Los miraba a ellos y me miraba a mí y me veía yo sola de mi especie… fue un gran choque que me desestabilizó. Felizmente como traía retraso de sueño, me metí en la cama y me dormí hasta el amanecer, que vinieron a decirme que había que salir rápido porque el avión esperaba.

Kalemie era un lugar muy bonito. Al lado del lago Tanganika. Ya en la comunidad, empecé a aprender una de las 4 lenguas nacionales hablada en la región: Swahili, al mismo tiempo enseñaba en nuestro colegio de chicas ‘Regina Pacis’ y en el Ateneo del Lago, que era mayormente de chicos. Mis alumnos provenían de tres religiones: Animismo, Islam y Cristianismo. Vivíamos en un barrio popular, llamado Katanga-Kivu, en medio de la población. Nuestros vecinos eran gente sencilla y acogedora. Familias con muchos jóvenes y niños. De manera particular recuerdo a Bernadette, Mama Sakina y Baba Kayumba.

Cada mañana, cuando bajaba a pie al trabajo a las 6 y media me cruzaba con mujeres que volvían con el niño en la espalda y canastas a la cabeza llenas de pescado o verduras para vender en el mercado. Me sonreían y me decían ¡Yambo!, es el saludo de la mañana. Poco a poco iban añadiendo saludos: ‘!Habari gani!’ ¿Qué noticias? Los saludos se alargaban…

Teníamos sed de conocer la manera de ser de la gente. En el barrio, por las noches nos sentábamos a tomar el fresco con los vecinos para escucharlos contar cuentos e ir conociendo sus costumbres y su cultura. Qué pueblo tan valiente, acogedor y abierto al extranjero! Eran los tiempos de Mobutu Sese Seko, no era fácil. Había que ser muy prudente con lo que se decía. Mi vecino, cuando hablábamos de esto, me decía: ‘Hay que dejar pasar las cosas, su vida no es eterna’.

Otra manera de conocerlos era visitándolos. A la gente le encantaba que le hicieran visitas. Antes de irte, tienes que pedir el camino y te lo conceden solo a la tercera vez que lo pides. Luego te acompañan un tramo del camino hacia tu casa. Es así, eso no se discute. Un día, con uno de mis alumnos fuimos a visitar a su abuela que vivía lejos de la ciudad, su casa era pobre, pobre. Al momento de marcharme vino con un pato que criaba y me lo puso en las manos. Al decirle que no, que para ella, su nieto me dijo: tienes que tomarlo, ella te lo ofrece como agradecimiento a tu venida. Ya veis, aun siendo pobre, la abuela también tenía algo valioso que ofrecerme.

Viví con este pueblo 8 años y no he vuelto a visitarlo, pero, cuál no sería mi sorpresa cuando muchos años después, al cambiar de avión en Paris, en el aeropuerto Charles de Gaulle, alguien me llama por mi nombre. Me vuelvo y era uno de mis alumnos que también hacía trasbordo. Nos saludamos con mucha alegría y me dijo que ahora era el director de una gran empresa del país.

Mis descubrimientos: Tratándolos, iba descubriendo que en el fondo, todas las personas nos parecemos. Necesitamos respeto, consideración, aprecio; todos pasamos por momentos de alegría y de pena; experimentamos el miedo y el coraje. Finalmente eran como yo, pero con cultura diferente que tenía que descubrir, para comprenderlos mejor. Descubría que cada cultura tiene valores y contravalores que se desvelan en el encuentro con culturas diferentes. Me interpelaba su resiliencia, su osadía, para jugarse la vida en busca de algo mejor, su alegría en las penas y su valentía en las dificultades. El valor que le daban a la persona y a las relaciones interpersonales me enriqueció, su sentido de la acogida y su solidaridad. Había sin embargo prácticas que me entristecían: el trato a la mujer que enviudaba, a las estériles, las sospechas sobre los otros cuando ocurre una desgracia en la familia…

Llegamos a querernos mucho. Cuando después de 8 años me anunciaron que iba a cambiar de país, fue muy duro. Con ellos había empezado mi iniciación a lo diferente. Les estaba muy agradecida por todo lo que me habían aportado. Siempre he sido una buscadora de plenitud. Esta vida plena que buscaba, ¿la he encontrado? Puedo decir que sí, a condición de seguirla buscando cada día”.