OMPRESS-INDIA (1-07-21) Cuando tenía diez años, los padres de Sunjata la entregaron a un supuesto “agente”, para que le encontrara un trabajo digno “en la ciudad”. No fue así. Ahora las hermanas la acogen en una casa hogar, buscando sanar sus heridas. De hecho, Sunjata no es su nombre, porque es peligroso que se sepa su identidad, e incluso que se conozca la localización de la casa donde está acogida. No obstante, su historia es la de muchas niñas de Assam, el Estado indio rico en plantaciones de té. Como explican desde Missio Aachen, las Obras Misionales Pontificias de Alemania, en Assam, muchas de las personas que trabajan en las plantaciones son extremadamente pobres. Con una pobreza amarga, con familias que no saben cómo alimentar a sus hijos.

Por eso siguen confiando sus hijas a los denominados “agentes”, que les prometen que, a cambio de servir en alguna casa, las niñas, en la ciudad, podrán ir a la escuela. La mayoría de los padres quieren lo mejor para sus hijos. Algunos sospechan, sin embargo, que nunca volverán a ver a sus hijas, que serán maltratadas, explotadas o caerán en manos de traficantes… pero la necesidad aprieta. Fue lo que le ocurrió a Sunjata. Cuando tenía diez años, sus padres la entregaron a uno de estos agentes. Acabó siendo literalmente una esclava en un hogar rico. Trabajaba desde el amanecer hasta altas horas de la noche, los siete días de la semana. Si no hacía algo bien, la golpeaban. No recibía ropa, ni salario y, como castigo, no se le permitía salir de la casa. Sunjata soportó esta terrible vida durante cinco años hasta que logró escapar. Sin billete, se subió a un tren y fue detenida. Debido a que no se pudo encontrar a los padres de la niña, las autoridades se pusieron en contacto con la hermana Nisha y su comunidad.

Otro caso es el de Gauri. Ella misma se ofreció porque quería tener la oportunidad de trabajar en una casa en la ciudad. Al principio, le prometieron por su trabajo 500 rupias al mes, poco más de 5 euros. Cuando quiso volver con su familia después de dos años, recibió solo 2.000 rupias por el trabajo que había hecho, pero Gauri no sabe leer ni escribir y sin contrato no tiene nada con lo que reclamar.

Por ello, estas monjas son la salvación para chicas como Sunjata o como Gauri. Encuentran un refugio seguro, en una casa que han construido con la ayuda de las Obras Misionales Pontificias. Allí las hermanas cuidan con amor de estas niñas y mujeres traumatizadas. En este hogar reciben además apoyo legal y, en los casos peores, atención médica. Las preparan para que sean modistas, cocineras u otras profesiones y luego las ayudan a encontrar un trabajo seguro y remunerado. Las hermanas tratan, sobre todo, de que las niñas no se conviertan en víctimas de los traficantes de personas. Se trata de dar cariño a quienes, en muchos casos, sólo han visto la cara oscura de la vida.