OMPRESS-ZAMBIA (26-10-21) Es lo que hizo la misionera comboniana Patrizia Di Clemente. El club de artes marciales lo abrió esta religiosa italiana en Lusaka, para ayudar a superar sus traumas a chicas víctimas de violencia y abuso. En declaraciones al SIR, la agencia de noticias de la Conferencia Episcopal Italiana explicaba que “si algo es bueno y realmente necesario, siempre hay una forma de hacerlo realidad”. Y es que, añade, “cuando llegué a Lusaka en 2008, me di cuenta enseguida de que la situación de las jóvenes sin padres – entre ellas también había niñas de 13 y 14 años – era realmente drástica con respecto al problema de los abusos”. Recuerda que “me habían confiado un grupo de 90 niñas huérfanas, que venían de los pueblos, y pensé que necesitaban defenderse”.

Estas jóvenes sin familia habían pasado “bajo la protección” de tíos, abuelos, familiares que las contrataban como sirvientas en hogares, “donde muchas veces podían correr el riesgo de ser víctimas de abusos, manipulaciones e incluso explotación y violencia”, recuerda la misionera comboniana.

Nacida en 1978, la hermana Patrizia es de Bérgamo y estudió ciencias de la educación. “Se me ocurrió que podía abrir un club de judo solo para ellas”, dice. Este arte marcial tiene “sus propias reglas y una filosofía subyacente muy hermosa: la concentración, el equilibrio y la autoestima ayudan a superar los obstáculos”. “A veces una niña pequeña puede derribar a un chico grande, esto le da fuerza, se convierte en una fuente de autoestima”.

Hasta entonces, las hermanas combonianas habían organizado cursos de corte y costura y alfabetización: pero “pensamos que para las jóvenes sin madre y sin padre era igualmente importante que supieran defenderse”. Y así, “un día, un voluntario italiano de 19 años vino en una misión y pidió que se le permitiera tener una experiencia de verano de un mes. Cuando llegó descubrí que era un judoka”, recuerda sor Patrizia. En ese momento se hizo: “Comenzamos con un curso piloto, tomando prestados tatamis de los franciscanos que ya estaban enseñando un curso avanzado de judo en Zambia”.

Las artes marciales “trabajan mucho en la disciplina, de hecho luego abrimos los cursos también a niños con discapacidad, sordos, mudos y ciegos y les funcionó también”. Sor Patrizia se puso en contacto con la “Asociación de Judo de Zambia” que ofreció a las misioneras uniformes y también el tatami, el suelo de para cubrir todo el gimnasio. Gracias a la práctica del judo muchas jóvenes han sacado a relucir sus cualidades y sus talentos, han encontrado el camino y se han redimido para su futuro.

“Nada más llegar a África”, recuerda sor Patrizia, “comencé a estudiar el idioma local, viví meses de inmersión total para entender la cultura y las tradiciones”. Hubo ritos de paso y ritos de iniciación para aprender el significado de la muerte y el nacimiento, los hechos que marcan las etapas de la vida y que implican a toda la comunidad. La hermana habla del esfuerzo realizado y de toda la creatividad puesta en marcha para integrar los ritos de iniciación tradicionales con las enseñanzas evangélicas. “Habíamos invitado a la misión a ancianos y sabios que se encargan de acompañar a los más pequeños en los ritos de paso. A menudo los ‘guardianes’ eran los guardianes de las niñas sin padres, pero también se arriesgaban a manipularlas”, recuerda. Así que decidimos introducir las dos primeras etapas de la iniciación utilizando aspectos de la naturaleza y la creación, edulcoradas por prácticas más físicas, para transmitir a las mujeres buenos valores para sus vidas”. Acompañarlas en esto fue la misión de las misioneras: “Antes de dejar que las niñas se sometieran al rito, nos sometíamos nosotras mismas con nuestras hermanas. Preparamos la sala, con estatuillas de barro, esculturas y pinturas que narraban las fases de la vida de una persona según los valores de la tribu. Todo parte de la relación con Dios, con la creación, del respeto a uno mismo y a los demás”.