OMPRESS-COLOMBIA (24-06-21) Los vicariatos apostólicos de Puerto Leguízamo-Solano, Colombia, y de San José del Amazonas, Perú, han integrado de misioneros de las dos Iglesias, que trabajan conjuntamente en las dos orillas del río Putumayo, que forma la frontera entre ambos países. Una experiencia prototipo, que responde al llamamiento del Sínodo de la Amazonía de superar fronteras y generar redes de apoyo entre Iglesias vecinas.

Para apostar por este trabajo con las comunidades en toda la cuenca del río Putumayo y en ambos lados, Mons. Joaquín Pinzón, obispo del Vicariato de Puerto Leguízamo-Solano, ha creado un nuevo puesto de misión en su jurisdicción, un territorio aproximadamente gemelo del puesto de misión peruano de Soplín Vargas, y ha encomendado su cuidado pastoral a Fernando Flórez, que pertenece a San José del Amazonas, Perú, y a Alejandro Sánchez, diácono diocesano de etnia murui que pertenece a Puerto Leguízamo, Colombia.

“Somos dos iglesias siamesas, peruana y colombiana, unidas por el alto Putumayo, en la aventura de trabajar juntas como una sola fuerza. Por nuestras venas corre la misma pasión misionera y el mismo sueño de ir plasmando una Iglesia con rostro amazónico y con rostro indígena”, manifestaba Mons. Pinzón, al periodista César Caro del Vicariato peruano de San José del Amazonas.

Frente a Soplín Vargas, en el lado peruano del alto Putumayo, está Puerto Leguízamo, capital de la orilla colombiana. Funciona como un pulmón económico para esta zona, la gente va y viene para comprar, visitar a los parientes o ir al médico. La moneda en ambas márgenes es el peso colombiano, muchas personas tienen las dos nacionalidades, todo está conectado, y la iglesia así lo ha entendido.

Desde hace algunos años estas dos jurisdicciones han ido estrechando lazos y concretando modos de colaboración a través de los Misioneros de la Consolata como hilo conductor: ellos tienen a su cargo el vicariato colombiano y están presentes en el vicariato peruano, donde está el misionero Fernando Flórez, colombiano y miembro de este instituto. Esa cercanía, junto con el convencimiento de que “el río no nos separa, sino que nos une” es la que ha ido haciendo fluir las buenas relaciones y el trabajo conjunto entre las dos iglesias.