OMPRESS-KAZAJISTÁN (19-11-21) La hermana Claudia Graciela Lancheros, de las Misioneras de la Consolata, lleva casi dos años en Kazajistán. Colombiana, la misión la ha llevado a Tanzania y a Brasil antes de llegar a este país asiático, el noveno del mundo en extensión y con una Iglesia pequeña pero muy viva. Este es su testimonio de este tiempo de misión en Kazajistán.

“Deseo compartir lo que han sido mis primeros pasos en esta bella tierra de misión Kazajistán. Antes de partir a la misión, nuestro Instituto de las Hermanas Misioneras de la Consolata nos regaló un intenso tiempo de formación para profundizar la visión de la misión de nuestro instituto en Asia, que duró aproximadamente 6 meses. Esto incluyó un curso básico en el idioma ruso. Para mí, las palabras de Rut 1, 16, ‘Donde quiera que vayas, iré yo, donde quiera que te alojes, me alojaré, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios’, han sido palabras vivas que me ayudaron en este proceso de encuentro y compartir recíproco en Kazajistán.

Partí con alegría, apertura y confianza en el Señor quien nos mostraría los caminos a seguir con su pueblo. Salimos cuatro hermanas a finales de febrero del 2020, cuando ya se conocían algunos indicios sobre el COVID-19, aunque no conocíamos la gravedad de esta pandemia. Comenzamos nuestro camino hacia una nueva realidad con este trasfondo desafiante, pero con tanta fe, porque la misión es de Dios y así vivíamos cada día como una oportunidad.

Llegamos a Kazajistán el 28 de febrero a las 12.50 p.m. Fuimos recibidas en el aeropuerto por el P. Simon Grzywinski, un sacerdote polaco que es nuestro párroco en Yanashar, y el P. Gregorio Pérez, un sacerdote español. Agradecemos la cálida bienvenida que nos brindaron la Iglesia local y la gente.

La primera vez que fuimos a Yanashar, fuimos recibidos por dos simpáticas ‘abuelitas’ de la comunidad: Nina y Galia. Luego llegaron algunos niños y una veintena de adultos para la Santa Misa que presidió monseñor José Luis Mumbiela Sierra, obispo de Almaty (español). Después de la Misa compartimos una comida que había sido preparada por la comunidad; un ‘poquito de chai’ (té) que siempre es acompañado con diferentes tipos de comidas distribuidas en pequeños platos: patatas cocidas, carne en salsa de tomate, pescado frito, pan, ensalada y otros platos pequeños con diferentes galletas y dulces. El té es una bebida común para la gente en Kazajistán. Al final de la reunión, todos se fueron a casa con una bolsita con comida. Aquí a la gente le gusta compartir y dar la bienvenida a un invitado es un signo de bendición para la familia. Para cada reunión hay comida preparada por ellos con tanta generosidad. Muchas veces, incluso en este momento de crisis, siempre que pasamos por las casas de algunas familias de católicos, ortodoxos o musulmanes, nos dan lo mejor que tienen de tiempo, comida y acogida.

La providencia muchas veces visita a nuestra comunidad, la gente nos comparte productos y comidas locales que ellos preparan y en especial cuando recuerdan a sus familiares difuntos u otras fiestas. Yanashar es un pueblo sencillo, hermoso y silencioso. Es una tierra agrícola con hermosos lugares y la gente se dedica a la agricultura y actividad bovina.

Desde nuestra cocina podemos ver las altas montañas con cumbres nevadas. Nuestro pueblo tiene aproximadamente unos 4.300 habitantes, la mayoría de los cuales son agricultores. Las familias aquí son numerosas. Nos ha impactado el valor de la familia, su unidad, su diversidad, su respeto y acogida. Poco a poco hemos ido visitando las pequeñas comunidades del entorno, en pueblos como Daulet, Nura, Amangeldi, Talgar, Isik y Basargeldi. Después de los saludos comunes aprendimos en ruso ‘sea alabado Jesucristo…’, que se usa mucho aquí. Generalmente en las primeras reuniones nos pedían cantar una canción y cantábamos ‘E Mama Bikira Maria Consolata’. Un canto en Swahili, ya que nuestra comunidad está compuesta por dos hermanas colombianas, una de Mozambique y una de Kenia. Aprecian mucho la diversidad de idiomas y culturas y el hecho de que hemos venido a vivir con ellos. Con las misioneras africanas muchos quieren hacerse fotos, pues nunca han vivido con nadie de color.

Al visitar a una familia, es posible que escuche ‘mi abuela fue deportada aquí desde Polonia, desde Ucrania… yo vengo de Corea, de Rusia…’. El 1 de mayo se celebra el día de la unidad con el fin de poner en valor la diversidad de los pueblos y recordar la historia de la presencia de unas 130 etnias en este país. Creo que este hecho les ha dado los valores de acoger las diversidades, generosidad, apertura, hospitalidad; pero también es un desafío a nivel de identidad.

Vivíamos en cuarentena continua, con breves períodos de descanso, como se vivía en todo el mundo. A pesar de las dificultades pudimos tener momentos para rezar juntos, y tuvimos algunos pequeños encuentros con los jóvenes al aire libre, siguiendo las medidas de seguridad. Los niños más pequeños se colaban por entre las rejas de la parroquia para jugar en el patio. Actualmente estamos poniendo unos columpios y una pista de fútbol, con la esperanza de que cuando terminen todas las cuarentenas los niños puedan disfrutarlos.

Después de un año y medio, puedo entender algo de ruso, pero tengo dificultad para hablar el idioma. Este es un desafío para los misioneros, que entrando en un pueblo, el primer paso es la lengua, pero creo en el lenguaje de la fraternidad y la cercanía. Un ejemplo de estos bellos encuentros lingüísticos fue con una niña que quería hablar conmigo y ella estaba haciendo todo lo posible para hacerme entender, pero yo no podía entenderla. Intentó comunicarse mediante señas, pero todavía yo no la entendía. Ella repitió una frase cinco veces antes de irse y yo traté de memorizarla para luego averiguar el significado, mi intuición decía que se cansó de que no la entendiera y por eso se fue, pero no tuve tiempo de buscar en el diccionario cuando la niña regresó con una hermosa sonrisa y me mostró un poco de plastilina con la cual me hizo diferentes figuras y me enseñó algunas palabras. Empezamos a reír y a moldear algunas cosas juntas y reflexioné que la misión está hecha de estos bellos encuentros fraternos.

Solo puedo agradecer a Dios que nos ha bendecido con el don de esta misión y le pido que siga guiándonos por la vía del diálogo, la escucha y el compartir fraterno para que nuestra presencia sea signo de hospitalidad y consuelo, como ellos lo hacen con nosotros”.