OMPRESS-CANARIAS (4-10-21) Se ha celebrado en la diócesis de Canarias, el envío misionero del sacerdote diocesano Antonio Viera Rodríguez en una misa presidida por el obispo diocesano, Mons. José Mazuelos, en la Parroquia de Santa Clara-Zarate.

Mons. Mazuelos, en la homilía de la Misa, señalaba que “tenemos que dar las gracias porque hay sacerdotes dispuestos a entregar su vida para seguir a Cristo. Somos una comunidad misionera, todos somos misioneros con Antonio… él será las manos y la voz de esta diócesis, en Venezuela”. Y como explicaban desde la Delegación Diocesana de Misiones canaria, es un día emocionante para la diócesis. Tras más de 15 años se ha vuelto a celebrar el envío de un sacerdote diocesano a la misión ad gentes, por eso, “damos las gracias al Señor por abrir el corazón de Antonio a la misión y al anuncio del Evangelio junto a los más desfavorecidos de Venezuela. Que su generosidad y su ejemplo testimonio sirva para que muchos sigan su ejemplo y la misión ad gentes crezca entre los sacerdotes y laicos de nuestra diócesis”.

También han compartido las palabras que Antonio dirigió a la comunidad reunida en la Parroquia Santa Clara para acompañarlo en este envío a la misión ad gentes: “Gracias a los hermanos y hermanas de camino, que comparten esta alegría conmigo. Especialmente a mi hermana, Ángela, que sé que no le resulta fácil. También, reconozco, que con cierto desgarro interior, pero que no me quita la paz y la serenidad, pues la llamada a la misión es más fuerte y tira de mi vida; y así, me educa en aquella pobreza evangélica que tan bellamente describió Pedro Casaldáliga: ‘No tener nada. No llevar nada. No poder nada. No pedir nada… Solamente el Evangelio…’. ¡Suplico esta gracia!

Como ustedes saben, marcho a Venezuela, a la diócesis de Acarigua-Araure, en el Estado Portuguesa, diócesis que ya siento como propia. Voy con mucha ilusión y deseando ponerme al servicio de aquella Iglesia que peregrina en Venezuela, tan golpeada; acompañar al pueblo empobrecido que cree, sufre y espera; para entregarles el único tesoro que llevo: Jesucristo, colaborando al conocimiento de Él y a la evangelización de los pobres.

Por último, un ruego, que he ido repitiendo en la despedida de las parroquias, pidan al Dueño de la mies que gaste mi vida con alegría, ilusión y entrega, sin condicionamiento alguno. Que sea un humilde y valiente servidor del Evangelio y del Reino. Yo rezaré por nuestra Iglesia diocesana y por nuestro presbiterio. Pues les llevo en el corazón. Que Él, el Señor, nos colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, para ‘construir un NOSOTROS cada vez más grande’. ¡Gracias de corazón!”.