OMPRESS-PERÚ (23-06-22) Cristina López García es una joven de Ciudad Real que llevaba años queriendo hacer una experiencia misionera, pero nunca era buen momento. Hoy colabora con los misioneros en Lima y Moyobamba, admirada por su nivel de sacrificio y, sobre todo, por su alegría. Con 28 años, el pasado mayo, tras quedarse inesperadamente sin trabajo, vio que providencialmente era el momento. Su misión está siendo muy amplia: desde colaborar con un comedor social, o con niños abandonados, hasta anunciar el Evangelio puerta a puerta. Esta experiencia le ha acercado con fuerza a Jesucristo, y anima a todos los jóvenes a hacerla al menos una vez en la vida.

P: ¿Qué te llevó a decidirte a hacer una experiencia misionera en Perú?

Pues en realidad, llevaba tiempo queriendo venir. Con 20 años hice un campamento misionero, donde había muchos misioneros de África y de América. Nos contaban su experiencia de cómo ayudaban a las personas. Y a mí eso me encantó porque dice Jesucristo: estuve en la cárcel y me visitasteis; estuve desnudo y me vestisteis. Entonces era una cosa que me atraía mucho. Me decía: ¿qué hago en mi vida? ¡No la estoy entregando así! Y era algo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer, porque era como una forma de seguir a Jesús.

P: Ahora tienes 28 años, así que llevas tiempo. ¿En qué momento decides que ha llegado el momento de hacerlo?

Pues porque en esa temporada (con 20 años) estaba terminando la carrera, luego el máster, luego el trabajo… Era como que no tenía tiempo. Justo en mayo no me renovaron el contrato. Llevaba tiempo rezando para ello, aunque quede mal decirlo, porque necesitaba salir, necesitaba pensar sobre mi vida, discernir un poco también vocacionalmente. Y es como cuando Dios te toca el corazón y te dice “este es el momento”, y lo vi súper claro. Fue muy providencial, porque en el trabajo era muy buena, era casi seguro que me iban a renovar… y no lo hicieron. Y me dije: es el momento, esto ha sido de Dios.

P: ¿Y por qué a Perú y no a otro sitio? ¿Con quién?

En realidad la idea inicial era irme a África. Pero me enteré que la delegación de Misiones de Toledo tenía misión aquí en Villa El Salvador (que está en Lima) y en Moyobamba (que está en la selva). Conozco la delegación porque he estado viviendo en Toledo durante cinco años y fue lo que más me animó a venirme aquí.

P: Llegaste en mayo. ¿Cuál fue tu primera impresión?

Lo primero, me impresionó lo chocante que es todo. Una llega con sus ideas, con todo lo que piensa que puede ser una misión o un país así. Y de repente me encontré con la pobreza máxima, porque la zona en la que estoy es de una pobreza impresionante, sobre todo a nivel cultural. Nada más llegar lo primero que me encontré es el choque con la realidad, se me rompieron los esquemas. El primer día lo que hice fue irme a ver la zona para quitarme un poco el miedo. Venía con miedo, porque al final pues estás en un país extranjero, estás sola. Me acogieron aquí los sacerdotes de Toledo.

P: ¿En qué ha consistido la misión?

La primera semana estuve colaborando por las mañanas con una olla vecinal. Es una casita donde señoras que tienen un poco de tiempo, que quieren ayudar a los demás dan de comer a familias que no tienen recursos económicos para salir adelante. Con dos soles –unos 50 céntimos de euro- come una familia durante un día. La primera semana estuve por las mañanas allí, cocinando y repartiendo la comida. Por las tardes he estado visitando enfermos con el Señor Amado, que es un señor de 78 años peruano que lleva desde los 18 visitando enfermos. Desde jovencito decidió que su forma de seguir a Jesucristo era visitando enfermos. Él está casado, entre sus hijos hay religiosas y sacerdotes. Y es impresionante, ha sido como conocer a un santo en vida. Impresiona cómo reza, cómo anima a los enfermos… Me ha ayudado muchísimo. En las siguientes semanas he estado en la casa-hogar del Sagrado Corazón, donde hay niños que han sido abandonados. Son niños muy complicados, porque la mayoría necesita tratamiento psiquiátrico. Las heridas que tienen algunos niños de pensar que no los quieren son muy grandes. Ha sido una experiencia también muy enriquecedora. Estoy feliz aquí, enseño a los niños matemáticas, juego con ellos al fútbol, les llevo al cole, los recojo… Y muy bien, porque los niños aceptan muy bien el cariño.

P: Has podido conocer aspectos muy diversos de la misión. ¿Has hecho también evangelización en sentido explícito?

Sí. Han venido en estos días un grupo de siete jóvenes de Toledo para 20 días, y estoy ahora con ellos. Por las mañanas vamos juntos a la casa de Madre Teresa de Calcuta. Y por las tardes estamos haciendo misión, que consiste en llamar puerta a puerta, en grupos de 12 como los apóstoles. Invitamos a una celebración que tenemos por la noche. Está siendo impresionante, porque pues a veces te cierran la puerta, a veces te dicen de todo… Otras personas dicen “Bendito sea Dios, rezaba para que alguien viniese a visitarme, hablase conmigo sobre Jesucristo”. La parte de la misión es preciosa, porque realmente ves cómo personas que están alejadas se están acercando a Jesucristo, que tú como instrumento inútil simplemente lo único que haces es llamar a una puerta y dices “vengo a invitarte a una celebración esta tarde en la capilla”. Y muchos se llenan de felicidad y vienen a la celebración, que consiste en cantos de alabanza, en dar un testimonio sobre nuestra vida, en una charla para contar el kerigma. O sea, cada día se va contando un poquito sobre el kerigma y al final, el sacerdote va bendiciendo a las personas nuevas que han ido por primera vez a la capilla. Es precioso.

P: ¿Qué es lo que más te llama la atención de los misioneros?

Lo primero que me llama la atención es que son muy divertidos. Pienso que si no se lo toman con alegría y con sentido del humor es muy complicado estar aquí. También me llama la atención el nivel de sacrificio que tienen, porque no es fácil muchas veces. Cuando uno está fuera de España y ya lleva fuera de España años uno echa de menos muchas cosas. Entonces es impactante ese nivel de sacrificio, y la alegría con la que acogen a las personas, cómo se entregan en el día a día; es muy bonito. Me está encantando eso, ver en ellos la entrega que tienen con las personas, y su relación con Dios. Primero se llenan de Dios por la mañana y luego van y se lo entrega a todos aquellos que se acercan a ellos.

P: ¿Esta experiencia te está ayudando en la fe?

Me está ayudando mucho, porque en España, por ejemplo, mi círculo de amigos no son practicantes o no creen, y el contexto no te ayuda. Aquí lo que veo es que todo el mundo o la mayoría de las personas te acogen. Y es muy fácil ver a Jesucristo en cada uno de ellos. Por ejemplo, cuando estoy con los niños, siempre me viene la frase de Jesús de “haceos como niños”. Entonces estás cuidando a un niño y te viene Jesucristo a la cabeza. O cuando doy de comer a los pobres. Me ha tocado dar comer a niños que por ellos mismo no podían. Entonces, me estoy encontrando con Jesucristo de una forma muy real y porque en cada parte es como que se puede ver y se le puede sentir. Y sí, está siendo un encuentro con él muy fuerte. Y es verdad que tenía fe antes, pero ahora me la está aumentando muchísimo.

P: ¿Te has planteado repetir en el futuro, o incluso hacer una experiencia más larga?

Mi idea inicial era quedarme más tiempo, pero por varias cuestiones no podía alargarlo más. Es verdad que estoy mirando billetes de avión para poder quedarme una semana más. No sé qué pasará al final, pero mi idea sí que sería volver porque al final vivimos para Dios, y esto me está llenando de Él. Uno puede decir “¿cómo puedes estar allí en la pobreza, despojada de todo y estar tan feliz?” Es que al final esa es la forma en la que yo me he encontrado con Jesucristo de una forma más fuerte. Entonces sí que me encantaría volver, esa es mi idea.

P: ¿Tú recomiendas esta experiencia? ¿Crees que todo joven tendría que tener una experiencia misionera de verano al menos una vez en la vida?

Creo que aquí en España el problema que tenemos es que no valoramos lo que tenemos. Muchas veces queremos más, lo queremos todo, y lo queremos ya. No valoramos muchas veces la fe. Entonces creo que esta una forma muy bonita, lo primero, de desprenderse, de aprender a vivir con menos, que no hace falta tenerlo todo para ser feliz, muchas veces es lo que nos venden. Y es que no es así. Entonces creo que es una forma de primero valorar lo que tenemos. Segundo, es una oportunidad de crecer en la fe. Y tercero, como consecuencia de crecer en la fe, pues es una forma estar muy cerca de Jesucristo y poder llevarlo a los demás. O sea, es una forma también de llenarte y ver que tu fe tiene un sentido. Muchas veces en España yo me he planteado qué sentido tiene mi fe, porque me he estado moviendo en lugares que en donde no se cree en Dios. Y aquí es que es como que le da un sentido a todo. Entonces sí que lo recomiendo mucho, mucho.