OMPRESS-HUNGRÍA (14-09-21) El Papa Francisco ha acudido a Budapest, con motivo del Congreso Eucarístico que se ha celebrado en la capital húngara. Un matrimonio misionero del Camino Neocatecumenal, Amaya Francés y José María Palacios, hablan sobre la visita del Papa y cómo viven la misión en un país “post-ateo”.

“Soy Amaya. Estoy casada con Chema y tenemos ocho hijos, los dos últimos nacidos aquí. Somos una familia enviada por el Papa Francisco en 2015 a una Missio ad Gentes en Miskolc, Hungría. Hemos estado en Budapest viendo al Papa. El sábado hubo una eucaristía y una procesión con velas muy bonita por el centro de Budapest. Estaba todo muy bien organizado, baños, policía por todos los lados, pantallas cada pocos metros. Muy bien. El domingo la eucaristía empezó a las once. Primero el Papa Francisco recorrió el lugar con el papa móvil y pudimos verle dos veces. Teníamos al lado el hijo de una amiga, que tiene un mes, el Papa se paró, le cogió y le dio un beso. Todo muy bonito. El bebé se llama Leonardo. Mis hijos muy contentos, yo agotada y contenta. Lo que me llamó más la atención es que nadie gritaba al ver al Papa; yo nunca soy de esas personas que gritan pero me salió un viva el Papa del fondo del corazón y a mi marido también. A los húngaros yo creo que no les pareció muy bien, son muy callados, no gritan, nada que ver con los españoles cuando ven pasar al Papa. Yo tengo cuarenta años, el Papa que con más cariño recuerdo es Juan Pablo II, es el Papa de mi juventud y eso nunca se olvida. Sus palabras de ánimo y su ejemplo de fortaleza y fe siempre han estado conmigo y me ayudaron mucho todas las Jornadas Mundiales de la Juventud. Espero que mis hijos mayores guarden en el corazón las palabras que nos dijo Francisco.

En Hungría hay muchos protestantes, muchas iglesias católicas se las apropiaron cuando llegó el protestantismo. Y hay muchos, muchos ateos, gente sin bautizar fruto de la época comunista que sufrieron los húngaros. En aquella época estaba casi prohibido ir a la Iglesia y muy mal visto así que hay muchos abuelos sin bautizar. También llama la atención la cantidad de familias destruidas que hay. Si en España hay muchas, aquí más. Y muchos divorcios de personas muy mayores. Y no sólo gente de 60 ó 50 años, también mucha gente mayor de 70 años y más. Muchos hombres y mujeres adultos se han criado con su madre, sin hermanos y sin tener contacto con su padre, primos, tíos, abuelos… y eso se nota. No tienen referencias de matrimonios basados en la fe, una vida llena de alegría y esperanza, con sufrimientos, claro está, pero con la esperanza de saberse hijos de Dios. Esa certeza falta en este país y por eso estamos aquí. No hacemos gran cosa, tenemos una comunidad formada por tres familias húngaras, una italiana, un sacerdote húngaro, un seminarista húngaro, dos mujeres solteras húngaras y nosotros. En ella vivimos la fe y seguimos teniendo también nuestra comunidad de Burgos, que nos apoyan y rezan por nosotros. Con la cual estamos todos los veranos cuando vamos.

Nuestra vida es sencilla, trabajamos, llevamos a los hijos al cole y cuando podemos damos catequesis para invitar a la gente al Camino Neocatecumenal y también damos cursillos de novios. Muchos domingos salimos por las plazas a cantar y rezar laudes. Cuando vinimos por primera vez estudiamos húngaro apenas unos meses y ahora nos defendemos pero es un idioma difícil. Nuestros hijos lo hablan perfectamente y están bastante adaptados aunque echamos de menos a los abuelos, primos y hermanos. Eso es lo más difícil. No poder coger el coche e irte a comer a casa de los abuelos o a tomar un café con un hermano…

Nos han pasado muchas cosas en estos seis años. Hemos cambiados de casa dos veces, las casas de alquiler son muy caras pero el Señor nos ha regalado una casa muy bonita, es un poco del banco todavía pero, vaya, es nuestra también. Tardamos seis meses en que nos concedieran un préstamo. Sólo trabajaba mi marido, un sueldo muy, muy normalito, ocho hijos y extranjeros…

Mi marido estuvo limpiando el primer año un colegio, luego consiguió otro trabajo cortando piedra para hacer cocinas y baños, un trabajo muy duro donde aspiraba mucho polvo. Mi marido es ingeniero agrícola y tenía un buen trabajo antes de venir. Fue duro. Y por fin cambió de trabajo, ganando lo mismo pero un sitio mucho mejor. El instituto de los Jesuitas donde estudian los mayores. Después de todo el lío de la casa pensábamos ya descansar un poco en nuestra casa nueva con trabajo nuevo de Chema pero a los pocos días de dar a luz a nuestra última hija, el 3 de enero de 2020, me diagnosticaron un meningioma en la base del cráneo. El último embarazo había estado muy malita, con muchos vértigos y los ginecólogos me dijeron que era del embarazo. En octubre me quedé sorda de un oído y el otorrino me mandó una resonancia de la cabeza tras dar a luz. El meningioma era grande. Saqué el pasaporte de Sofía en una semana y con menos de un mes me fui a operar a España. Mi hermana cuidó de mi hija recién nacida casi un mes en Madrid, lo que más me costó es no ver a mi hija durante ese tiempo porque me operaron en Pamplona, donde yo nací y donde viven mis padres. Cuando estaba en la UCI saltó el primer caso de coronavirus en Navarra.

Me recuperé bastante bien, todavía me queda parte de tumor pero no crece y por el momento tengo revisiones cada seis meses. Tengo que llevar una vida más tranquila que antes porque la cabeza la tengo muy sensible. Me he quedado sorda y tengo algo de parálisis facial pero doy gracias a Dios por poder cuidar de mis hijos todos los días. Mi marido fue un pilar fuerte en esos tiempos y también la comunidad y la familia. Recibí la unción de enfermos un día antes del sacerdote que me casó, un regalo. La Iglesia toda ella es un regalo. Rezad por nosotros”.