OMPRESS-BRASIL (12-01-22) Los agustinos recoletos recuerdan a quien fuera el primer obispo de la Prelatura de Lábrea, en la Amazonia brasileña, Mons. Ignacio Martínez, un joven obispo burgalés – murió con 40 años – que marcó la labor misionera de esta prelatura, mientras con su poesía alababa a Dios y las maravillas naturales de la Amazonia.

En un libro digital en el que recogen imágenes de este misionero y poesías suyas escritas entre 1920 y 1940, los agustinos recoletos han querido destacar la labor de este pionero de la misión en Lábrea. Fue el primero de los cuatro obispos recoletos que han vivido la misión en esta remota zona de la Amazonia, que el río Purús serpentea. El actual obispo, el también misionero recoleto español Mons. Santiago Sánchez Sebastián, recuerda en la introducción del pequeño libro que “en la catedral de Lábrea, en la capilla del Santísimo, en el muro lateral derecho, casi escondido y desapercibido para quien no lo sabe, el pequeño sepulcro de monseñor Ignacio Martínez, con los pocos restos traídos del cementerio público, habla en susurro casi imperceptible de Esperanza y Resurrección”.

Como recoge el libro, Mons. Ignacio Martínez Madrid nació en Baños de Vadearados, Burgos, el 31 de julio de 1902. A los 13 años ingresó en el colegio que los agustinos recoletos tenían en Ágreda, Soria. Acabaría sus estudios teológicos ya en Brasil, en Riberão Preto, donde fue ordenado sacerdote en 1926. Ese mismo año se ofreció voluntario para la prelatura de Lábrea, que acababa de crearse y encomendarse a los agustinos recoletos un año antes. Allí realizó un apostolado misionero intenso. Los primeros años, a solas por las selvas y los ríos y, a los 28 años de edad, el año 1930, es nombrado administrador apostólico de la prelatura. Desde ese momento evangeliza con mayor celo aún el territorio misional que le ha sido encomendado, sin reparar en sacrificios. Experto conocedor de los ríos y las forestas a lo largo de los valles y afluentes del caudaloso y sinuoso Río Purús, va ganando para Cristo a sus moradores. En esa agotadora tarea misional muere abrasado de calenturas en un barranco de la selva el 16 de marzo de 1942, con 40 años de edad, cuando estaba haciendo la Visita Pastoral y el camino al Congreso Eucarístico nacional de Manaos. “Sin escatimar sacrificios salió al encuentro de las almas por parajes inhóspitos y solitarios durante meses y meses, sin apenas medios humanos, pero con una confianza ilimitada en la divina Providencia”, explica la biografía. Y añade que “tenía fama de santidad y de ser intrépido misionero, tanto dentro de su orden como en las prelaturas colindantes, en la archidiócesis de Manaos y en Belem do Pará. Esta valoración de su figura y de su actividad permanece todavía”.

Una de sus poesías recoge el optimismo y entrega a Dios que vivía este gran misionero recoleto:

¡Santo es vivir la vida misionando,

y el Purús navegando,

en procura de almas para Dios!

¡Lindo el vivir que marcha sonriendo,

a todos bendiciendo,

cual bendecía a todos el Señor!

Nada hay mejor que hacerse misionero,

apóstol verdadero,

intrépido soldado de la Cruz.

¡Nunca en nada mejor pudo emplearse

la vida y acabarse,

que luchando y muriendo por Jesús!

¡Amo, Señor, las almas que creasteis,

y a mí las confiasteis,

y la Sangre preciosa redimió!…

Dadme el don de deciros, sonriente:

¡Ninguna de mi gente,

ni una que vos me disteis se perdió!…

¿Para qué yo querré mi pobre vida,

si ella no es consumida,

como lámpara que arde en vuestro honor?