Carlo es un santo de este siglo. Era un chaval apasionado por los videojuegos, que decía que la santidad era para todos. A lo mejor tú también conoces a algún santo; igual te has cruzado por ahí, en la calle o en el cole, a alguien que está utilizando el mismo “kit de santo” que él. O tal vez tú mismo ya lo estés haciendo.

Carlo era un niño especial. Al menos, eso le decía todo el mundo a su madre. A los 3 años entraba en las iglesias para llevar flores a la Virgen y rezar a los santos. A los 7, aunque todavía no le tocaba, pidió hacer la Primera Comunión para “comerse a Jesús” y llevarle siempre dentro. Y es que, desde que su niñera polaca, Beata, le había hablado de Jesús, fue conociéndole e imitándole cada vez más.

Poco a poco fue haciéndose un “kit de santo” que contenía lo necesario para no equivocarse de autopista y coger la que lleva al cielo. En ese kit debía estar la Misa y el Rosario cada día, la Confesión cada semana, la lectura del Evangelio y de vidas de santos, y el servicio a los pobres. Como este kit está al alcance de todos, Carlo estaba seguro de que todo el mundo puede ser santo y llegar al cielo si lo quiere realmente.

Una de las cosas del kit con la que más disfrutaba Carlo era el servicio a los pobres. Eran sus preferidos y todos se hacían sus amigos. Con sus primeros ahorros le compró un saco de dormir a un mendigo; y a la señora que dormía en el banco de la plaza, Giusepina, le llevó un vestido que le había pedido a su madre. Él sabía los nombres de todos los pobres, ¿cómo no iba a saberlos si eran sus amigos?

Aunque Carlo pertenecía a una familia con mucho dinero, le gustaba la gente sencilla, como los porteros (no los de fútbol, sino los que cuidan las casas). En su barrio había muchos, que habían llegado de países pobres y que ahora tenían un trabajo. Cuando paseaba con su bici, los veía barriendo las calles y levantaba la mano para saludarles.

Todo esto no le impedía ser un chico muy normal, al que le gustaban los helados y la informática. En esto último era un auténtico crack (bueno, en comer helados, también, pero sabía que tenía que cortarse un poco). Un día tuvo una idea genial: pensó que podía unir sus conocimientos de informática y su amor a Jesús, y se le ocurrió hacer una exposición: tardó tres años en reunir 146 historias de todo el mundo sobre milagros de Jesús en la Eucaristía, pero al final quedó muy bien.

Cuando todo estaba listo y él muy ilusionado por poder inaugurar esa exposición, se puso muy enfermo. Aunque al comienzo parecía una simple gripe, luego se vio que la enfermedad era muy grave. Carlo se dio cuenta enseguida de que Jesús le llamaría muy pronto al cielo, pero estaba preparado y tranquilo, porque nunca se había desprendido de su kit. Pidió la Eucaristía, que él llamaba “autopista al cielo”, y la Unción de enfermos. Y a los pocos días murió, dejando en todos los que lo conocieron las ganas de ser como él.

Cuando se celebró su funeral, acudió tanta gente, entre ellos sus amigos los pobres, que muchos tuvieron que quedarse fuera de la iglesia. Pocos años después, la Iglesia certificó que Carlo había llegado muy lejos por esa autopista al cielo, y lo declaró “beato” en Asís. Este fue un regalo estupendo que Jesús le hizo a Carlo, porque asís era “su lugar preferido en el mundo”.