URGEN MISIONEROS DE ESPERANZA, URGE LA MISIÓN DE LA COMPASIÓN

José Miguel González Martín

Delegado Diocesano de Misiones y Director Diocesano de OMP Salamanca

El Mensaje de Francisco para este Domund se presenta bajo un lema (Hch 4,20) tomado del “libro de cabecera de los discípulos misioneros” (n. 5). Hay que subrayar su contexto: estamos viviendo aún la pandemia, y la parálisis y desánimo puede afectarnos. El Domund 2021 es una oportunidad para reactivar nuestro espíritu misionero y poner a la luz la magnífica labor de tantos misioneros y misioneras que acompañan a quienes sufren esta y otras “pandemias” olvidadas.

Los que vivimos en situaciones más cómodas y protegidas no podemos acomodarnos y sobreprotegernos. Hemos de salir y contar lo que vemos y oímos que nuestros hermanos y hermanas realizan en otros lugares para anunciar el Reino y hacer crecer la Iglesia de Cristo. “En este tiempo de pandemia […] urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un lugar de encuentro, de cuidado y de promoción” (n. 6).

1. Qué hemos de contar

A veces nuestro anuncio brota más de la reflexión que de la experiencia, de la inteligencia más que del corazón. Hablamos “de algo”, pero no siempre “de Alguien”. El Papa nos invita a vivir personalmente la experiencia de Cristo, para después “contar de Él”, como los primeros apóstoles. Experiencia de amistad que deja una huella imborrable y nos impulsa a la misión. “Con Jesús hemos visto, oído y palpado que las cosas pueden ser diferentes” (n. 3). Solo así podremos hablar y contar de Él en primera persona, sin anunciarnos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor (cf. 2 Cor 4,5).

“Todo lo que hemos recibido, todo lo que el Señor nos ha ido concediendo, nos lo ha regalado para que lo pongamos en juego y se lo regalemos gratuitamente a los demás” (n. 7). Hemos de contar, pues, la misericordia de Dios vivida y experimentada en carne propia. “Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído” (n. 1).

2. Quiénes lo hemos de contar

La Iglesia es esencialmente misionera (cf. n. 8, citando EN 14) porque es sacramento de Cristo, porque encarna la presencia viva de Jesucristo, el Enviado del Padre, el primer misionero, luz de las gentes. La tarea de la misión nos corresponde a todos los que, por el bautismo, somos Iglesia, nos configuramos con Cristo y somos enviados por Él a ser sus testigos.

Despertar la conciencia misionera en todos los bautizados, invitar a cada uno a hacerse cargo y dar a conocer lo que lleva en el corazón, sigue siendo el desafío de todos los que, como misioneros o animadores de la misión, sentimos esta vocación más viva y latente. “Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera” (n. 10). “Aun los más débiles, limitados y heridos, pueden ser misioneros a su manera, porque siempre hay que permitir que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades” (n. 8, citando ChV 239).

3. A quiénes se lo hemos de contar

Jesucristo no excluyó a nadie de su invitación a la conversión y anuncio de la llegada del Reino, pero privilegió a los más pobres y descartados de la sociedad. “Nadie es ajeno, nadie puede sentirse extraño o lejano a este amor de compasión” (n. 1). Como Iglesia, debemos buscar las periferias geográficas y existenciales si queremos seguir siendo fieles al mandato de Cristo y tener relevancia en el mundo en que vivimos.

Francisco nos recuerda que el anuncio a los que están alejados es la tarea primordial de la Iglesia, que la causa misionera debe ser la primera, que es el mayor desafío para la Iglesia, que la salida misionera es el paradigma de toda obra eclesial (cf. EG 15). Por eso, no podemos quedarnos en espera pasiva en nuestros templos e instituciones: hace falta “pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (Aparecida 370). Sin olvidar que “hay periferias que están cerca de nosotros” (n. 10; cf. FT 97).

4. Por qué y para qué lo hemos de contar

“Dios ama nuestra humanidad”; “el mundo en el que vivimos y su necesidad de redención no le es ajena” (n. 1). A Dios le importamos de verdad. San Pablo responde magistralmente a “por qué” y “para qué” la misión (cf. RM 11): “Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4; cf. AG 7). Salvación entendida, siguiendo a Francisco, como plenitud en el amor (cf. n. 3, citando FT 68).

Hemos de sentir el encargo, y el “deber de amor”, de llevar a la plenitud de la verdad a todos, convencidos no solo de que es la voluntad de Dios, sino el mayor bien que podemos ofrecer a cada persona concreta. Es el mismo Cristo resucitado el que envió a sus discípulos (cf. Mt 28,19) y el que nos envía a nosotros a evangelizar, a ser testigos vivos de la gratuidad de Dios para con toda la humanidad; misioneros por mandato del Señor, pero también por gratitud para con su misericordia en cada uno de nosotros (cf. n. 3, citando su Mensaje, 21-5-2020).

Tras invitarnos a superar cualquier excusa para eludir nuestra tarea misionera, el Papa lanza una de las frases más contundentes de su Mensaje: “En el contexto actual urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo” (n. 6). Nuestro mundo necesita conocer a Dios, y Dios ha querido necesitar de nosotros para que nuestro mundo le conozca. Por eso, no debemos cansarnos nunca de contar lo que hemos visto y oído.