OMPRESS-MÁLAGA (10-09-21) Desde la delegación de misiones de Málaga comparten el testimonio de Sergio González y Pilar Delgado de MIES, Misioneros de la Esperanza. Cuentan cómo fue vivir la misión en Chad como matrimonio y la experiencia de los cuatro años que allí pasaron.

“Somos Sergio y Pilar, enfermero y trabajadora social, respectivamente, matrimonio cristiano y padres de Pablo. Nos conocimos en una experiencia misionera en Ecuador y desde el principio tuvimos la certeza de que la misión debía formar parte de nuestra historia de amor. A pesar de la diversidad de experiencias solidarias, el deseo de entregarnos a los más pobres, más allá de nuestras fronteras nos mantenía inquietos. Así fue como nos encontramos con Mons. Miguel Ángel Sebastián, misionero comboniano español y Obispo en Chad, que buscaba laicos comprometidos para un nuevo Centro en la Diócesis de Laï al Sur de Chad, destinado a la acogida de niños de la calle.

El proyecto nos sobrepasaba por muchos motivos: el tipo de niños, las dimensiones del Centro, la respuesta que se esperaba de nosotros… Nuestra juventud e ilusión nos impulsaban a ir a cualquier rincón, pero nos faltaba experiencia, conocimiento de África, estabilidad como pareja, mil requisitos. A pesar de todo sentíamos la llamada de Dios con mucha fuerza.

El segundo día de estar en este país, el cura que nos recibió nos llevó a una vieja y sucia tienda en el centro de la ciudad de Kelo en la que había sardinas en conserva, tomate en lata, couscous, cebollas, maggi, aceitunas, vinagre e insecticida. Absolutamente nada más. El cura nos dijo: aquí hay de todo, comprad lo que queráis. ¿¡….!?

Al mes llegó el obispo de sus vacaciones por Europa, nos reunió y repartió responsabilidades para trabajar en el proyecto. De lo poco que conocíamos del país hasta el momento pocas cosas de las que este hombre dijo nos parecían alcanzables.

En unos meses comenzaron a llegar l@s niñ@s, los más vulnerables de Chad por haber sido rechazados, abandonados, vendidos o robados. Junto a cuatro familias chadianas formamos la gran comunidad de Bayaka, que ofrece un hogar, una escuela y da formación profesional a est@s chic@s para que lleguen a ser un día piezas de ese mundo nuevo con el que soñamos.

La realidad de Chad no es fácil, pues estamos hablando de uno de los países más empobrecidos del mundo. Aún quedan las huellas de una guerra reciente que no solo destrozó el país, sino que endureció las miradas y el corazón de sus gentes. La desconfianza, el miedo y la desilusión están presentes en la vida de los chadianos. Su situación geográfica, enclavada en el corazón de África, sus duras condiciones climatológicas y su gran proporción de desierto, hace difícil el trabajo en el campo y disminuyen las posibilidades de lograr avances.

Desde hace unos años se ha encontrado petróleo, y el país se sitúa en el punto de mira de las grandes compañías. Su bajo indicador de desarrollo y riqueza se refleja en la falta de hospitales y medicamentos, en el alto índice de mortalidad, en las numerosas madres que mueren cuando dan a luz, en escuelas construidas con paja, en la situación de vulnerabilidad de los menores, y muchas otras realidades que forman parte de la vida cotidiana de los chadianos.

Si tuviésemos que centrar en lo que queda de papel los cuatro años pasados en Chad, el proyecto educativo llevado a cabo en el Centro y las vivencias que a nivel individual o de pareja hemos tenido, diríamos que desde nuestra infancia en lugares separados y con educaciones distintas a través de diversos medios y personas Dios nos fue preparando para desear la misión a la que más tarde, y después de habernos unido, nos convocaba: querer estar con los más pobres de entre los pobres, yendo al rincón de la tierra donde los hombres no hubieran oído hablar del Amor de Dios, para dejar este mundo mejor que lo encontramos.

Para entrar al Centro primero tuvimos que poner a las bueyes a labrar las altas hierbas que habían crecido, coger brocha y pintura y organizar absolutamente todo detalle referido a diseñar un programa escolar y de formación profesional, cuestiones laborales, rentabilizar 16 hectáreas de cultivo y una granja, llevar la contabilidad y gestionar unos recursos materiales, relacionarnos con autoridades y la educación en un entorno familiar de unos chavales que habían hecho suyo el estilo de vida de la calle. Por momentos hemos sido padre-madre a la vez, profesores, costureros, carpinteros, granjeros, agricultores, enfermeros, ecónomos, jefes, trabajadores sociales…

Nuestra juventud y pasión por el proyecto nos han guiado a decir “sí” a todas las peticiones que se nos han hecho, llevándonos a la riqueza de explorar otras profesiones y desempeñar distintos roles. En poco tiempo vimos grandes logros en l@s niñ@s, en el Centro y en el entorno.

Aunque gritemos que nos ha tocado un lote de hermanos y nos apasiona nuestra misión-vocación, la realidad incluye también momentos de oscuridad. Los riesgos, las dificultades, el lento cambio de la realidad, nuestra incapacidad para algunas tareas o los malos ratos a veces nos han hecho tener la tentación de huir. Pues claro, no ha sido fácil el día a día en medio de una población tremendamente empobrecida y anulada para pensar o cambiar, en una sociedad donde los animales y las personas aún viven juntos y las actitudes de unos y otros casi que no se distinguen, donde las personas desconocen e ignoran que fuera de su país haya otras formas de vivir, donde la sanidad o la educación no llegan a todos y la gente aún tiene hambre.

Es en la desprotección de la noche donde hemos sentido la mano del Maestro diciéndonos “no temáis, soy yo”, “echad las redes en mi nombre”. Una fuerza que nos empuja a atrevernos a rezar la oración del Padrenuestro incluso en las peores condiciones, pues Dios no nos eligió por nuestra preparación, sino que nos preparó como elegidos suyos.

Tras esta experiencia en Bayaka, un total de 70 niñ@s, de los cuales 20 son niñas, han pasado por nuestras vidas. Justo antes de regresar a España, tuvimos la suerte de acompañar el proceso de autonomía personal de los chavales que salían del Centro y que en la actualidad viven en sus pueblos, estudian y trabajan el oficio que aprendieron y son plenamente capaces de ganarse la vida. Con frecuencia, nos hacen una llamada perdida y nos cuenta qué es de sus vidas. Un lento caminar entre la crisis que atraviesa el país y su ilusión por superarse. Desde nuestra casa en Málaga junto al mar, nos sentimos muy unidos a todo lo que viven, y tratamos de acompañarlos, viviendo la “otra cara” de este proyecto.

Esta ha sido nuestra realidad de cada día, nuestro ir muriendo en Él para encontrarLE a través de nuestro SERvir. Con más del ciento por uno de gracia recibida sólo podemos animaros a seguir la llamada de la misión, pues sólo el que arriesga encuentra. Con todo nuestro cariño, Sergio y Pili junto a Pablo, Dede y todos los niñ@s con los que hemos compartido la vida. EnganCHAD2 a la misión”.